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Discusión sobre: Derrida, texto y contexto.

 

iberoideas Derrida, texto y contexto.   2008-04-11 20:10:03.0
   

Respuestas

Luis García Comentario a "Firma, acontecimiento, contexto"
2008-04-11 20:16:47.0
   Comentario a J. Derrida, “Firma, acontecimiento, contexto” (en Márgenes de la filosofía, Cátedra, Madrid, 1998)

I. El texto de Derrida que comentamos fue su presentación en un congreso internacional, de 1971, cuyo tema era la “comunicación”. Esta indicación preliminar no es externa al tema desplegado en el texto, que puede ser considerado una crítica inmanente a la teoría austiniana de los actos de habla. Incluimos este texto en nuestro seminario porque a la vez que responde a algunas de las preguntas que venimos planteando desde una matriz muy influyente del pensamiento francés contemporáneo como es la deconstrucción, permite un diálogo polémico directo con aquellos teóricos ya presentados aquí que basan sus planteos teóricos en los speech acts de Austin, esto es, Skinner y Pocock.
Como en otros textos, Derrida pone en acto su tan característica lectura deconstructiva para abordar el problema del “performativo” (aunque nosotros, por razones de espacio, no llegaremos a la polémica explícita con Austin sino sólo a sus presupuestos). Con esto quiero decir que moviliza no una crítica que asesta sus martillazos desde fuera, sino una lectura insidiosamente prolija que busca las fisuras, los puntos ciegos, por los que el propio texto se desmorona internamente, desde sus propios e inadvertidos presupuestos. En el caso de este texto, el nombre de ese dispositivo de desmontaje interno va a ser, principalmente, el de iteración (que cumplirá la misma función “suplementaria” que en otros textos llevan otros nombres, como différance, marca, khora, etc.)
Este texto, además, tiene un interés particular para nosotros. Pues traza un muy sugestivo doble movimiento que pone en cuestión la distinción entre “textualismo” y “contextualismo”. Por un lado, plantea la prioridad de una “teoría general” de la escritura por sobre toda consideración acerca de los contextos. Aquí pareceríamos estar ante pasajes que avalarían la frecuente reducción de la deconstrucción a un textualismo miope a la heterogeneidad de lo real, pasajes que se instalan en un registro explícitamente “trascendental”, con la pretensión de una “teoría general”, e incluso en una dimensión a priori. Pero por otro lado, esta prioridad tiene el efecto capital de enviarnos desde una muy detenida consideración del propio sistema significante (y desde las aporías de la teoría tradicional de la escritura) hacia un más allá de sí, hacia una exterioridad constitutiva del propio texto, que sin embargo no es un metafísico “otro” cuasi místico, como a veces se señala, sino, concretamente, los mismos contextos, sólo que ya desprovistos de las prerrogativas que se les otorgaban desde la teoría del “performativo”. Esto resulta muy relevante para nosotros pues nos permite pensar en la posibilidad de articular los planteos de las diversas tradiciones en un programa coherente. Es como si en su lectura deconstructiva, Derrida dejara intacto el reclamo contextualista de Austin (y a través suyo, de la escuela de Cambridge), aunque operando un sutil deslizamiento de su propio núcleo que nos permite asumir aquel reclamo contextualista sin la ceguera a sus propios puntos ciegos que él mismo involucraba.

II. El texto comienza con una serie de interrogaciones que tienden a poner en cuestión la naturalidad de la idea de “comunicación”. La estrategia derridiana de cuestionamiento nos lleva a anclar esta supuesta naturalidad de la comunicación en una poco cuestionada idea del “contexto”, supuesto garante del tráfico comunicativo. Y allí va a situar su principal interés: en la pregunta por la determinabilidad de ese “contexto”. Y de entrada nos anticipa que su intervención procurará mostrar que nunca está asegurada la determinación de un tal “contexto” (con el cual estaban tan comprometidos los planteos de Skinner y Pocock). De allí, su interés por mostrar dos cuestiones centrales: en primer lugar, la insuficiencia teórica del concepto ordinario de contexto (lingüístico o no lingüístico), y en segundo lugar, la necesidad de una generalización y un desplazamiento del peculiar concepto derridiano de “escritura”.
A partir de esta expresión inicial de sus objetivos, Derrida se aboca a una explicitación de su propia concepción de la “escritura”, pero, como siempre, a partir de la fina lectura de otro. En este caso, de la clásica definición de Condillac. De ella destaca la idea de la escritura como comunicación, como extensión del campo de una comunicación locutoria o gestual, que presupondría un espacio homogéneo y continuo de sentido. La representación sería el dispositivo que llevaría de la cosa al habla y del habla a la escritura, determinando así, para la teoría tradicional de la escritura, (a) la simplicidad del origen, (b) la continuidad de toda derivación, y (c) la homogeneidad de todos los órdenes. En este esquema metafísicamente suturado por el concepto de representación, Derrida destaca la aparición de ciertos motivos aparentemente secundarios (“suplementarios”) que sin embargo van a ir cobrando cada vez mayor relevancia en su lectura. Se trata de la cuestión de la ausencia, emergiendo del propio esquema condillaciano del origen de la escritura: por un lado, la ausencia del destinatario, apenas mencionada por Condillac como rasgo de la escritura que pretendería comunicar algo a personas ausentes (Condillac no saca todas las consecuencias de esto, y además no menciona siquiera la ausencia del propio emisor, como luego veremos); y por otro lado, la regulación de esta ausencia como progresiva extenuación de la presencia, esto es, la continua modificación (y no ruptura) ontológica de la presencia inicial en el proceso que va de la patencia de la cosa hasta la escritura, a través del habla.
Ante esta versión clásica de la teoría de la escritura, Derrida va a plantear su típico gesto deconstructivo: en vez de encapsular la anomalía (en este caso, la ausencia) en el territorio de la excepcionalidad, de lo meramente accidental, la situará como el abismo en que se desfonda la propia normalidad (un dispositivo con que lee tanto a los lugartenientes de lo normal, como Condillac, como los románticos de lo anormal, como el primer Foucault: de lo que se trata es de esa contaminación normal/anormal que está a la base del funcionamiento de toda normalidad). Es así que plantea dos hipótesis: en primer lugar, que la ausencia en el campo de la escritura ha de ser de un “tipo original” (aquí podría suscitarse la ambigüedad de si Derrida quiere decir “peculiar”, o más bien “originario”); en segundo lugar, que tal noción de escritura puede ser generalizable a una teoría del lenguaje en general, operando así un “desplazamiento general”.
La ausencia, en la escritura, es doble y es estructural: es en primer lugar, la escritura se adelanta en ausencia del destinatario. Pero esta ausencia de destinatario no es ninguna “modificación de la presencia” sino una ausencia absoluta, como condición de posibilidad del funcionamiento del sistema de la escritura: no es sólo que el que escribe se dirija a “personas ausentes”, sino que la propia escritura tiene que poder ella misma ser repetible, con una prescindencia a priori de toda consideración de su destinatario. De aquí extrae Derrida la figura, central en su texto, de la iterabilidad (presentándola con una dudosa y muy heideggeriana apelación etimológica que remitiría iter al sánscrito itara, que significaría “otro”, de manera que desplegará en lo que sigue una lógica que liga repetición y alteridad): para que un texto sea tal tiene que poder ser repetible más allá de la muerte del destinatario. Y esta “muerte” es la que indica, para Derrida, que no hay ninguna “modificación de la presencia”, sino una ruptura que da lugar a una ausencia absoluta que escande la pretendida continuidad gradual del sentido. Esta ruptura conduce a Derrida a “la destrucción radical, al mismo tiempo, de todo contexto como protocolo de código”, consecuencia de haber afirmado que la escritura debe poder siempre exceder el anclaje o el entorno peculiar del “destinatario”, ya ausente. La iterabilidad estructural destruye así, la posibilidad de fijar un contexto que determine el sentido de una escritura.
En segundo lugar, esta ausencia estructural es también ausencia del emisor, ni siquiera mencionada por Condillac. Escribir, dice Derrida, es construir una máquina productora a su vez, que la futura desaparición del emisor no impedirá que siga funcionando y dándose a leer. La escritura, en tanto estructura iterativa, repetible, citable, se separa así de toda responsabilidad de una conciencia intencional que la ampararía, y deambula huérfana en su legibilidad productora de efectos carentes de la autoridad determinante de su “padre”. Rota la determinabilidad del “contexto”, se rompe ahora la posibilidad de fijar ese conjunto de presencias que organizarían el momento de su inscripción, la “intención” del autor.
De estos rasgos nucleares de toda escritura se siguen al menos cuatro consecuencias fundamentales: 1) la ruptura con el horizonte de la comunicación como comunicación de las conciencias, o de la presencia, o como transporte lingüístico o semántico de un querer-decir, de una intención (es interesante ver el modo en que la deconstrucción puede ser situada entre los críticos de una concepción instrumental del lenguaje, sólo que con estrategias bien distintas a las de la hermenéutica); 2) la sustracción de toda escritura del horizonte semántico o hermenéutico que estalla en esta idea de escritura; 3) la necesidad de distinguir entre la mera “polisemia”, que apenas indicaría la idea de una riqueza o complejidad semántica, y la diseminación, que alude a la propia estructura (trascendental y ya no empírica) del suplemento o la iteración, y que Derrida equipara a su concepto de “escritura”; 4) la puesta en cuestión del concepto de contexto, sea real o lingüístico, del que la escritura así entendida hace imposibles la determinación teórica o la saturación empírica.
La radicalidad de la operación de Derrida se completa cuando plantea una generalización de este concepto de escritura, cuyos rasgos y aporías serían válidos no sólo para todo lenguaje en cuanto tal, sino incluso para todo el campo de lo que la filosofía llamaría experiencia, incluso la experiencia del ser: la llamada “presencia”, dice Derrida. (Vemos así que debemos ser muy cuidadosos al pretender extraer de la deconstrucción algunos aspectos para construir un programa de historia intelectual, pues sus planteos demarcan un vasto programa de crítica de la metafísica occidental como metafísica de la presencia que no podríamos soslayar reduciéndolo a una teoría literaria). La siguiente cita despliega este procedimiento de generalización de la escritura: “Esta posibilidad estructural de ser separado del referente o del significado (por tanto, de la comunicación y de su contexto) me parece que hace de toda marca, aunque sea oral, un grafema en general, es decir, como ya hemos visto, la permanencia no-presente de una marca diferencial separada de su pretendida ‘producción’ u origen. Y yo extendería esta ley incluso a toda ‘experiencia’ en general si aceptamos que no hay experiencia de la presencia pura, sino sólo cadenas de marcas diferenciales” (359).
Es a partir de este despliegue que Derrida aborda frontalmente la teoría de Austin. Pero me apuro, antes de que este comentario se extienda demasiado, a centrar la atención en el siguiente vuelco de Derrida, acaso el más radical de todos en este texto: esta imposibilidad estructural de determinar un contexto, esta no-saturación estructural de todo contexto, no significa que una marca pudiese valer sin su contexto, sino más bien que ella involucra la proliferación no regulable de los propios contextos: “Todo signo, lingüístico o no lingüístico (…), puede ser citado, puesto entre comillas; por ello puede romper con todo contexto dado, engendrar al infinito nuevos contextos, de manera absolutamente no saturable. Esto no supone que la marca valga fuera del contexto, sino al contrario, que no hay más que contextos sin ningún centro de anclaje absoluto.” (361-362) Vemos entonces el modo en que la estrategia de Derrida no apuntaba a una afirmación de la autonomía textual sobre todo contexto de producción o recepción, no apuntaba a ningún “textualismo”, sino precisamente a todo lo contrario, a romper con todo textualismo, aunque sin recaer en el fetichismo de los contextos que nos llevaría a pensar que, si no el texto, el contexto sí sería un fondo de sentido estable y confiable. Ni el texto ni el contexto son garantes últimos de un significado que no es contingentemente rico y complejo (como la polisemia objeto de la hermenéutica), sino estructuralmente indecidible e intrínsecamente aporético.
La importancia de esta indicación derridiana de que no se está negando el contexto sino precisamente todo lo contrario, podemos constatarla en la aparición del mismo gesto crítico en un trabajo paralelo al que comentamos, “Sobrevivir: líneas al borde”, de 1979 (en H. Bloom et all., Deconstrucción y crítica, Siglo XXI, México, 2003), en la que encontramos una afirmación que parece validar nuestra lectura: “ningún significado puede ser fijado fuera de su contexto, pero ningún contexto permite la saturación. A lo que aquí me refiero no es la riqueza sustancial, la fertilidad semántica [lo que en el texto comentado sería la polisemia –LG], sino más bien a la estructura: la estructura de lo restante o de la iteración [o la diseminación –LG].” (84)

III. Para terminar, sugiero algunos posibles puntos de discusión:
1) Resultaría interesante desmenuzar analíticamente los diversos aspectos que hacen de la lectura deconstructiva una crítica de la tradición hermenéutica alemana (en su crítica de la idea de comunicación, de la idea de “polisemia”, de la idea de sujeto, etc.) tanto como de la tradición wittgensteniana de Cambridge (fundamentalmente en su crítica de la prioridad performativa del habla sobre la escritura y su consecuente doble crítica del “contexto” y de la “intención”, tan centrales en Skinner, como ya vimos).
2) Sería importante evaluar a su vez si, a pesar de esas críticas, puede articularse, o no, cierta perspectiva deconstructiva con aquellas otras dos tradiciones. Aquí, la paradójica exclusión/inclusión del contexto en el texto comentado resulta una pista auspiciosa (que a su vez nos permite evitar ciertas usuales reducciones de la deconstrucción a mero “pantextualismo”). O también, habría de analizarse el modo en que el “torbellino deconstructivo” convive en investigadores como los de la “escuela de Padua” (sobre todo en Chignola o Esposito), con cierta recuperación de la historia conceptual alemana.
3) Habría a su vez que evaluar la efectiva posibilidad de articular la deconstrucción derridiana y la arqueología foucaultiana en una supuesta tradición “francesa”, digamos así, “postestructuralista”. Pues aunque en ambos casos encontremos un fuerte interés por la discontinuidad, una fuerte crítica a las filosofías de la conciencia, una superación de los sistemas cerrados del estructuralismo, etc., en un marco deconstructivo sería imposible plantear la estabilidad interna de un sistema de reglas como las “epistemes” de Foucault.
4) Por último, habría que pensar qué tipo de noción de la temporalidad o historicidad se puede derivar del planteo de la deconstrucción. Pues se trata sin dudas de un concepto trascendental de la historicidad (Derrida usa repetidas veces el término trascendental, seguramente de modo no ingenuo respecto a su resonancia kantiana), pensada en términos “estructurales”, como ya vimos, e incluso como “estructura a priori” (368). Todo esto nos remite a un registro kantiano de condiciones de posibilidad de historias, sorpresivamente próximo al de la Historik koselleckiana. Y nos aleja claramente de concepciones materiales de la historicidad de los procesos culturales (como las de la larga tradición que de R. Williams llega hasta R. Chartier).

Luis.


Verónica Comentarios al texto de Luis García y de Derrida. Elías Palti
2008-04-26 01:13:56.0
   Quisiera retomar los puntos señalados por Luis García respecto de la relevancia del texto de Derrida para rever las teorías en el campo de la historia intelectual; en particular, las posturas de la Escuela de Cambridge, pero no sólo ella. Voy a repasar brevemente las consecuencias de los señalamientos de Derrida respecto de la teoría skinneriana. Con su énfasis en la intencionalidad del autor, Skinner, en realidad, lleva hasta sus últimas consecuencias el supuesto implícito en la teoría de Austin. Como señala Derrida, la comunicabilidad tiene como premisa la transparencia (inmediatez) del sentido del accionar. De lo contrario, toda comunicación presupondría una interpretación. Esto es, precisamente lo que garantizaría la repetibilidad del sentido. Pero, por otro lado, como Derrida muestra, la propia teoría de Austin, en la medida en que desplaza el foco del análisis de la dimensión constatativa del lenguaje a la performativa, vuelve esto imposible. Todo acto de habla es, por definición, singular e irrepetible. El sentido, a diferencia del significado, no puede trasponerse más allá de su contexto particular de enunciación. No puede re-producirse. Ahora bien, si consideramos la propia interpretación desde la perspectiva de la teoría de los actos de habla de Austin, es decir, como constituyendo ella misma un performativo, su sentido sería, por lo tanto, siempre diverso del original (la firma del autor); el desfase entre uno y otro resultaría inevitable. La paradoja es que sólo la posibilidad de este desafasaje (la posibilidad de todo acto lingüístico de trasponer su contexto original de enunciación) es lo que permite la comunicación y, al mismo tiempo, la frustra. Esto es también aquello que Skinner no puede aceptar, su límite último, lo que lo lleva a aferrarse a una noción que es, sin embargo, claramente insostenible, como sus críticos reiteradamente le señalaron. En efecto, si rechazamos la idea de la transparencia para los sujetos del sentido del accionar, es decir, si descentramos la noción de intencionalidad, toda comunicación, todo acto de habla, conlleva una diseminación del sentido. Esta indescirnibilidad de comunicación e interpretación (que toda comunicación suponga una interpretación e, inversamente, que toda interpretación sea un acto de comunicación, un preformativo) es, en definitiva, lo que Derrida designa como la imposible saturación del contexto. Minado el supuesto de la transparencia del sentido, dislocada la intencionalidad como soporte de la comunicabilidad, la única forma de salvar la misma como una empresa hermenéutica (y es aquí donde entre Koselleck) es reducir la diseminación a polisemia, es decir, la posible fijación parcial del sentido. Es decir, como señala Koselleck, ningún concepto porta un sentido unívoco, pero la diversidad de significados depositados en él pueden desglosarse y determinarse mediante un análisis histórico-conceptual. El punto más grave, sin embargo, para toda teoría histórico-intelectual es que esta misma estructura de la iterabilidad se vería reduplicada aplicándose, a su vez, a la propia empresa historiográfica. Es decir, toda interpretación histórica sería también, ella misma, un acto de comunicación, y, por lo tanto, singular e irrepetible, por definición, que toma su sentido de su propio contexto comunicativo particular. En última instancia, retomando la terminología de Derrida, es esta imposible saturación del contexto la que abriría las formaciones conceptuales a la temporalidad (hace imposible fijar su contenido semántico), pero, al mismo tiempo, plantea una serie de paradojas que revelan, en última instancia, la naturaleza profundamente problemática de la empresa histórico-intelectual. Elías Palti


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