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Discusión sobre: Foucault: La arqueología del saber

 

iberoideas Foucault: La arqueología del saber   2008-01-02 19:00:22.0
   

Respuestas

Carla
2008-01-02 19:03:18.0
   La arqueología del saber. Michel Foucault.
Presentación: Introducción, Arqueología e historia de las ideas y Conclusión

Una exposición del texto de Foucault que trabajamos podría hacerse, y quizás este sea el mejor modo, repitiendo algunas de sus palabras, algunas de esas frases que condensan magistralmente el amplio campo de búsqueda e interrogaciones que abre el autor. En particular, recordaremos aquí una que forma parte de la Conclusión de La arqueología del saber. Allí Foucault afirma: “se trata de hacer aparecer las formas discursivas en su complejidad y en su espesor; mostrar que hablar es hacer algo, algo distinto a expresar lo que se piensa, traducir lo que se sabe, distinto a poner en juego las estructuras de una lengua; mostrar que agregar un enunciado a una serie preexistente de enunciados es hacer un gesto complicado y costoso, que implica unas condiciones (y no sólo una situación, un contexto, unos motivos) y que comporta unas reglas (diferentes de las leyes lógicas, lingüísticas de contradicción)...” (p. 351).
Esta definición da cuenta de la variedad de elementos que constituyen un tipo de análisis histórico especial, el de la arqueología. Contra las advertencias del mismo Foucault nos vemos tentados ya a definir este campo. La arqueología no es una ciencia, sino simplemente la delimitación de un dominio de trabajo: el de los enunciados, sus regularidades y sus series. La arqueología es un dominio de conocimiento que se estructura a partir de una negación, la negación de la historia continua –ya se trate de historia a secas o de historia de las ideas-, historia que, entendida así, no es sino “el correlato indispensable de la función fundadora del sujeto” (p. 20), el principal enemigo del pensamiento foucaultiano.
Es en este sentido que la arqueología debe asentarse sobre un supuesto, el de la discontinuidad. Noción paradójica, dice Foucault, instrumento y objeto de la investigación. Atender a la discontinuidad como primer principio, supone para Foucault recordar a dos maestros: Bachelard y Canguilhem. El primero, postulando un tipo nuevo de racionalidad, racionalidad continuamente construida y reconstruida. El segundo, dando lugar a la historia de los conceptos como historia de las reglas de uso de dichos conceptos, sujetando las descripciones históricas a la actualidad del saber que origina su permanente cambio. A esto se le suma la consideración de los sistemas de enunciados como unidades arquitectónicas construidas de acuerdo a un orden y coherencia interna, consideración que es posible gracias a los aportes de Guéroult.
Pensado de esta manera, Foucault se distingue radicalmente de las búsquedas orientadas a advertir los rastros de la tradición, a marcar influencias o continuidades. Al contrario, su atención, al menos en un primer momento, se posa sobre la dispersión y las interrupciones. El material de trabajo de la arqueología se reconoce como la multiplicidad de acontecimientos que aparecen en el espacio discursivo. El enunciado mismo es tenido como acontecimiento. Foucault identifica ambos términos , y su consideración arqueológica implica atender al interior de los discursos, descubriendo allí las condiciones de existencia de los enunciados, sus límites y sus relaciones. Su consideración implica reconocer un sistema de discursividad con posibilidades e imposibilidades, aquello que a menudo Foucault denomina “archivo”.
Sin pensar entonces en el autor, sus condiciones, sus motivaciones o sus intenciones, y sin postular la necesidad de una interpretación histórica –que conduciría a la postulación o suposición de alguna filosofía de la historia- el arqueólogo foucaultiano se ocupa de los enunciados. Un enunciado es para nuestro autor la modalidad de existencia propia de un conjunto de signos (frases o proposiciones), “modalidad que le permite estar en relación con un dominio de objetos, prescribir una posición definida a todo sujeto posible, estar situado entre otras actuaciones verbales, estar dotado en fin de una materialidad repetible” (p.180). Aquello que persigue el arqueólogo es el reconocimiento de las reglas que permiten articular diferentes enunciados conformando así un discurso. Un enunciado no es una unidad aislable que se ordena horizontalmente en relación con otros elementos, razón por la cual no es susceptible de análisis lógico o gramatical, sino que se constituye como un espacio de coexitencia de conjuntos significantes (p. 183), llamando la atención las condiciones en las que se presentan. No se atiende entonces ni a una estructura fija, ni a un más allá del lenguaje del que éste estaría dando pistas. El enunciado así entendido reclama, dice Foucault, una “conversión de la mirada”, un “demorarse sobre el momento (...) que determina su existencia singular y limitada” (188), detenerse en el lenguaje mismo.
Es sólo partiendo de estas condiciones que el arqueólogo reconoce las reglas, los esquemas a partir de los cuales pueden ligarse los enunciados conformando un discurso. Al arqueólogo foucaultiano le interesa reconocer las reglas por las que los diferentes elementos de un discurso pueden reaparecer, reconocer sus condiciones de existencia. Y en este sentido, el arqueólogo trabaja con practicas discursivas, entendiendo practica discursiva como “un conjunto de reglas anónimas, históricas, siempre determinadas en el tiempo y el espacio, que han definido en una época dada, y para un área social, económica, geográfica o lingüística dada, las condiciones de ejercicio de la función enunciativa” (p. 198).
Los esquemas que se persiguen, digámoslo una vez más, no constituyen reglas fijas, sino que se reconocen en su misma dispersión, se construyen a partir de las regularidades observadas. Foucault habla de lo “preconceptual” para referirse a estos esquemas: “la organización de un conjunto de reglas, en la práctica del discurso (...) puede estar determinada en el elemento de la historia (...), lo “preconceptual” descrito así, en lugar de dibujar un horizonte que viniera del fondo de la historia y se mantuviera a través de ella, es, por el contrario, el nivel más “superficial” (al nivel de los discursos), el conjunto de reglas que en él se encuentra efectivamente aplicadas”. Y más adelante agrega: “las reglas de formación tienen su lugar no en la “mentalidad” o en la conciencia de los individuos sino en el discurso mismo” (pp. 101-102). Sólo de esta forma puede pensarse aquí la unidad, primero como serie de enunciados, luego como series de serie o cuadro (episteme). Es en este sentido Foucault recurre al “a priori histórico”: un conjunto de reglas que están comprendidas en aquello mismo que reglan, en su desciframiento se condensa el trabajo arqueológico.

A partir de lo dicho, y suponiendo que esto sea en algo fiel al planteo que Foucault ofrece en el texto trabajado, quedan algunas cuestiones por pensar, algunas cuestiones que, sin embargo seguramente se aclararían a la luz de las obras posteriores de Foucault, a la luz de sus desarrollos en relación con la genealogía. Ateniéndonos a la arqueología como propuesta de lectura histórica digamos al menos que resulta llamativa la escasa tematización del cambio y la transformación. Si bien es cierto que Foucault dedica un capítulo a esta cuestión (“El cambio y las transformaciones”), capítulo que no hemos tratado aquí, me animaría a decir que ese abordaje es escaso en relación con su insistencia en la necesidad de reconocer esquemas discursivos; y que, al menos en los capítulos que escogimos para esta presentación, si bien la discontinuidad parecer ser el elemento fundamental al momento de caracterizar el material y modo de trabajo del arqueólogo, no pasa lo mismo en el momento de reconocer sus resultados y el estatus de los mismos.
Creo que esto tomará otro cariz después de revisar el texto de Derrida. Ligando con éste los aportes de Foucault quizás podamos reconocer las principales características de una escuela francesa centrada en la crítica del sujeto y destacar sus diferencias con las otras corrientes vistas hasta el momento.


Carla Comentario de Elías Palti
2008-04-02 19:40:37.0
   Quisiera retomar el comentario preciso y sugerente de Carla Galfione para destacar, muy brevemente, un punto que me parece de importancia en Foucault para repensar la historia intelectual. Como señala, una cuestión que aparece centralmente en La Arqueología del saber es su intento de desprenderse del marbete de ?estructuralista? que le quedó desde Las palabras y las cosas. Por un lado, al igual que el estructuralismo, Foucault enfatizaría las discontinuidades en la historia intelectual. Para él, ningún objeto cultural, ninguna forma de pensamiento existe por fuera de aquellos regímenes de saber que constituyen sus propias condiciones de articulación. Éstos son discretos y singulares. De este modo, quiebra el supuesto propio de la historia de ideas de que las mismas se desplieguen en un terreno homogéneo. Los epistemes son entidades plenamente históricas; los enunciados no pueden desprenderse de la matriz conceptual en que se vuelven articulables ni trasponerse a otras sin desnaturalizarlos. Desde esta perspectiva, no tendría sentido hablar, por ejemplo, del ?proyecto incompleto de la Ilustración?. Conllevaría, simplemente, un anacronismo. La Ilustración, como todo orden de discurso, constituye, básicamente, un modo característico de construcción de enunciados, el cual tiene fundamentos históricos y epistemológicos precisos. Sin embargo, por otro lado, esto no significaría, para Foucault, que todo enunciado sea un mero ?efecto de estructura?. Esto es, en definitiva, lo que señala cuando afirma que los epistemes hay que entenderlos como ?centros de dispersión?. Aun cuando todo enunciado responda necesariamente a ciertas reglas de construcción, no se encuentra contenido en ellas. Los epistemes combinan, en forma paradójica, necesidad en cuanto a los modos de articulación y contingencia en cuanto a sus resultados. De este modo, quiebra el supuesto que el estructuralismo hereda de la tradición de historia de ideas de que los modelos de pensamiento constituirían sistemas axiomáticos, lógicamente articulados. En dicho caso, en la medida en que ningún enunciado puede rebelarse contra lo que constituyen sus propias condiciones discursivas de posibilidad sin destruirse, los resultados estarían necesariamente ya contenidos en las premisas (lo que vuelve a la historia intelectual una sucesión ―o eventual superposición― de modelos o tipos ideales perfectamente definibles a priori). Éstos, para Foucault, no constituyen entidades consistentes. Un mismo régimen de saber, las mismas reglas de construcción, pueden, de hecho, dar lugar a enunciados infinitamente variados, e incluso contradictorios entre sí. Por lo que sólo pueden reconstruirse en el propio sistema de su despliegue y sus desfases. Los epistemes serían al mismo tiempo determinados e indeterminados, a la vez cerrados (inconmensurables entre sí) y abiertos (infinitamente variables). Esta reformulación tendría repercusiones historiográficas fundamentales, puesto que pone en cuestión el conjunto de categorías en que toda historia de ideas se funda. Ésta explica, en fin, por qué, no sólo no puede legítimamente hablarse en el presente de un proyecto inacabado de la Ilustración, por qué ello supone un absurdo desde el punto de vista histórico-conceptual, sino que tampoco habría forma de definir los horizontes de pensamiento tales como la Ilustración, o el Romanticismo, el Liberalismo, etc. en función de los cuales toda la historia de ideas se despliega. Cualquier definición al respecto, cualquier serie enunciados o principios con que pretenda fijarse su contenido, estaría condenada de antemano al fracaso, del mismo modo que no podríamos nunca definir un lenguaje, como el español, según ningún conjunto de máximas que pudieran listarse. Y este segundo aspecto explica el primero. El anacronismo implícito en la expresión habermasiana supone primero la reducción de un tipo de discurso a un conjunto de enunciados de los que puedan así extraerse consecuencias políticas o ideológicas definidas, es decir, conlleva previamente una operación decididamente arbitraria de recortar, entre la infinita variedad de modos en que puede articularse el discurso ilustrado, cuál es el ?verdadero?, relegando así a todo aquello que dentro de sus marcos se aparta, sin embargo, del patrón preestablecido (que suele ser, normalmente, casi todo, dada la naturaleza misma de todo régimen de saber) a meras inconsecuencias que no harían a su núcleo doctrinario. En suma, el planteo de Foucault supone la redefinición del propio objeto de la historia intelectual, trasladando el foco de análisis hacia un plano de realidad simbólica que yace más allá de las ?ideas?, esa ?región media? que, según dice, permite atribuir verdad o falsedad a un enunciado, que no es ni el de las palabras no el de las cosas sino el que las pone juntas unas con otras. Elías Palti


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