logo foro ibero-ideas
institucionalforomisceláneaanunciosreseñascontáctenos



Discusión sobre: Koselleck: experiencia y expectativa

 

iberoideas Koselleck: experiencia y expectativa   2007-10-10 02:56:38.0
   

Respuestas

Luis García comentario
2007-10-10 03:00:58.0
   

Comentario a Reinhart Koselleck,

 

“«Espacio de experiencia» y «Horizonte de expectativa», dos categorías históricas”,

 

capítulo 14 de Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Paidós, Bs. As., 1993.

 

 

Síntesis

 

El presente artículo forma parte de la tercera sección del libro, titulada “Sobre la semántica del cambio histórico de la experiencia”. Dispuesto como último capítulo, podemos sugerir que se exponen allí consideraciones con cierta pretensión de balance final del itinerario del libro. Si este libro se proponía determinar la especificidad del “tiempo histórico” frente a la mera cronología, tal como se plantea en la introducción, este capítulo resulta decisivo para responder a esa cuestión.

 

El desarrollo consta de tres momentos: en primer lugar hallamos una “observación metodológica” en la que se plantea la hipótesis de la centralidad de las categorías de “experiencia” y “expectativa” en orden a tematizar la especificidad del “tiempo histórico”, en la medida en que entrecruzan el pasado y el futuro (I). En segundo lugar, se señala el estatuto metahistórico de las mentadas categorías, especificándolas como “espacio de experiencia” y “horizonte de expectativas”, y señalando el carácter no simétrico de sus relaciones (II). Por último, se pone de manifiesto el cambio histórico en la coordinación entre ambas categorías, explorando el rendimiento histórico de las mismas con el objetivo fundamental de dar cuenta del surgimiento la modernidad (Neuzeit) en tanto que tiempo nuevo (neue Zeit). Desde que las expectativas se han ido alejando cada vez más de las experiencias, el “abismo” entre pasado y futuro plantea la específicamente moderna “tensión desgarradora” que suscita la praxis política como exigencia de dar una respuesta a esa tensión (III).

 

 

Desarrollo

 

I. Más precisamente, la “observación metódica preliminar” distingue entre los conceptos ligados a las fuentes y las categorías científicas del conocimiento. “La historia de los conceptos es la que mide e investiga esta diferencia o convergencia entre conceptos antiguos y categorías actuales del conocimiento. Hasta aquí, por diferentes que sean sus métodos propios y prescindiendo de su riqueza empírica, la historia de los conceptos es una especie de propedéutica para una teoría científica de la historia –conduce a la metodología histórica [Villacañas y Oncinas vierten no “metodología histórica” sino Histórica]” (334). Así, este artículo viene a situarse en el linde en el que la historia conceptual tiende a convertirse, por su propia naturaleza, en Histórica, esto es, en la teoría de la temporalidad que reclamaba en el tercer momento del artículo “Historia conceptual e historia social”, antes analizado en este seminario.

 

En efecto, experiencia y expectativa pertenecen al dominio formal de las categorías actuales del conocimiento. Su absoluta generalidad les impide perfilar las historias mismas. Por el contrario, su rol estructural es el de “establecer las condiciones de las historias posibles” (335), de manera que su extrema generalidad (“no existe ninguna historia que no haya sido constituida mediante las experiencias y esperanzas de personas que actúan o sufren”), se ve compensada por la “absoluta necesidad de su uso”. Esto las convierte en metacategorías que en cuanto tales “indican la condición humana universal; si así se quiere, remiten a un dato antropológico previo, sin el cual la historia no es ni posible, ni siquiera concebible” (336).

 

En el marco de esta trascendentalización cuasi kantiana del problema del conocimiento histórico, Koselleck plantea su primera tesis: “la experiencia y la expectativa son dos categorías adecuadas para tematizar el tiempo histórico por entrecruzar el pasado y el futuro.” Pero el rendimiento de estas categorías no es meramente teórico-epistemológico, pues, como inmediatamente continúa el autor, “Las categorías son adecuadas para intentar descubrir el tiempo histórico también en el campo de la investigación empírica, pues enriquecidas en su contenido, dirigen las unidades concretas de acción en la ejecución del movimiento social o político” (337).

 

Para clarificar esta tesis central, Koselleck desarrollará dos cuestiones centrales: primeramente el carácter metahistórico-antropológico de las categorías mentadas en tanto condición trascendental de historias posibles, y luego su eficacia para dar cuenta de la transformación histórica, y en particular, de la gran transformación representada por la irrupción de un “tiempo nuevo” en la modernidad.

 

 

II. Para explicar el significado metahistórico de las categorías, Koselleck ensayará algunas definiciones. La experiencia puede ser definida como “un pasado presente”, mientras que la expectativa “es futuro hecho presente”. Sin embargo esto no significa que se trate de conceptos simétricos complementarios, pues si el pasado siempre aparece completo y unificado, el futuro siempre nos aparece fragmentario e inasible. De allí que Koselleck precise las categorías como “espacio de experiencia” y “horizonte de expectativa”. Pues mientras el carácter “espacial” del pasado da la pauta de que la experiencia está reunida formando una totalidad en la que están simultáneamente presentes muchos estratos de tiempos anteriores, el “horizonte” indica esa línea que no podemos experimentar, pero que señala la dirección tras la cual se abre un nuevo espacio de experiencia. Esta asimetría determina tanto la imposibilidad de deducir totalmente la expectativa a partir de la experiencia, cuanto la insensatez de no basar la expectativa en la experiencia. En la tensión entre estos modos de ser desiguales surge la especificidad del “tiempo histórico”, coordinando nuestras dos dimensiones de una forma nueva en cada ocasión.

 

 

III. Por último, en el apartado más extenso del artículo, Koselleck pondrá en juego la eficacia histórica de las dos categorías tematizadas nada menos que para dar cuenta de la emergencia de la modernidad. En el comienzo del apartado, se enuncia: “Mi tesis es que en la época moderna va aumentando progresivamente la diferencia entre experiencia y expectativa, o, más exactamente, que sólo se puede concebir la modernidad como un tiempo nuevo desde que las expectativas se han ido alejando cada vez más de las experiencias hechas”. En el mundo campesino premoderno, la relación entre experiencia pasada y expectativa de futuro tendía a una coordinación armónica en la que las esperanzas se nutrían de las experiencias de las generaciones pasadas, determinando el curso lento y regenerativo del tiempo natural. En cualquier caso, “la ruptura entre la experiencia habida hasta entonces y una expectativa aún por descubrir no rompía el mundo de la vida que habían de heredar” (344). Por su parte, el cristianismo no trastoca esta experiencia de la temporalidad, pues si bien las expectativas por él desatadas señalaban más allá de toda experiencia conocida, en la medida en que ese más allá no se refería a este mundo, esa fractura no estaba en condiciones de generar el tipo de tensiones específico del “tiempo histórico”: “en la oposición entre expectativa cristiana y experiencia terrenal, ambas permanecían referidas la una a la otra sin llegar a refutarse” (345).

 

            Sólo a partir del Renacimiento y la Reforma, con la creciente movilización de los medios de poder en el mundo de la política y el giro copernicano y las invenciones técnicas en el mundo del espíritu, comienza a quebrarse la relación entre experiencia y expectativa. A lo que se asistía era al proceso de temporalización del objetivo cristiano de la perfección que culminará a fines del siglo XVIII conceptuado en términos de “progreso”. Este proceso involucra transformaciones tanto para el horizonte de expectativas, que desde entonces incluye un coeficiente de modificación que progresa con el tiempo, cuanto para el espacio de experiencia, que desde entonces se tensiona en la “contemporaneidad de lo anacrónico” tanto como en el “anacronismo de lo contemporáneo”. Acaso no sea inadecuado aquí utilizar el término de asincronía, no utilizado por Koselleck, que indica esta simultaneidad explosiva entre lo viejo y lo nuevo en un presente crítico.

 

            Todos estos motivos se articulan en Kant, en quien la temporalización de la perfectibilidad en la noción de progreso se liga a la afirmación del carácter único y total de la historia: “Si la historia entera es única, también el futuro ha de ser diferente respecto del pasado” (348). El progreso y la unicidad de la historia, desatados por la Revolución Francesa y teorizados por Kant, remiten a la circunstancia común de que ninguna expectativa se puede derivar ya suficientemente de la experiencia del pasado, a la vez que se produce una dinámica de diversos estratos temporales para el mismo tiempo. “Se sabía y se sabe desde entonces que se vive en un tiempo de paso [Sattelzeit? LG] que distingue de forma temporalmente distinta la diferencia entre experiencia y expectativa” (350), alimentando un potencial utópico excedente que caracterizará el agitado dinamismo socio-político moderno.

 

            Finalmente, señala Koselleck, hay un indicador infalible de que esta diferencia sólo se conserva modificándose continuamente: la aceleración. El abismo entre pasado y futuro no sólo se va haciendo mayor, sino que produce una modificación cada vez más rápida de los ritmos y lapsos del mundo de la vida.

 

            A partir de estos elementos, Koselleck analizará suscintamente el desarrollo de ciertos conceptos clave (“federación”, “constitución”, “república”), para indicar de qué manera se fueron transformando progresivamente en “conceptos de movimiento”, que ya no sólo notificaban una situación, sino que además se convirtieron en telos de la acción política. La transformación de los conceptos en “ismos” testimonia de manera definitiva este tránsito

 

La historia ya no puede funcionar como “magistra vitae”, y se convierte más bien en el escenario en el que se ha de salvar continuamente, y de manera siempre renovada y cada vez más acelerada, la diferencia entre experiencia y expectativa. La práctica política, como práctica significativa, viene a ocupar ese espacio abierto de tensiones. “El campo lingüístico sociopolítico viene inducido desde entonces por la tensión abierta progresivamente entre experiencia y expectativa” (356).

 

            Koselleck concluye su desarrollo sugiriendo el agotamiento de este proceso de aceleración progresiva. Esto pareciera estar determinado tanto por un empobrecimiento del “espacio de experiencia” cuanto por un agotamiento del “horizonte de expectativa”. El rechazo de la experiencia, el hostigamiento del pasado, tiene su límite, tanto como la sobresaturación de la proyección utópica tiene su propio ciclo de desgaste, sobre todo después de que las promesas en el horizonte comienzan a convertirse en realidades en la experiencia. En un diagnóstico conservador acerca de la crisis de la modernidad, concluye Koselleck: “Así, podría suceder que una determinación relacional antigua volviera de nuevo por sus fueros: cuanto mayor sea la experiencia, tanto más cauta, pero también tanto más abierta la expectativa. Más allá de cualquier énfasis, se habría alcanzado entonces el final de la ‘modernidad’ en el sentido del progreso optimizante” (356).

 

 

Problemas

 

a) Historia conceptual/Histórica: sería importante determinar con claridad la tendencia kantiana del pensamiento koselleckiano, sobre todo para delimitar la relación sistemática y las competencias y los fundamentos respectivos de la Begriffsgeschichte y la Histórica que formulará más tardíamente en su itinerario, pero que ya se encuentra en sus reclamos por la determinación de las “condiciones de posibilidad” de las historias desde los ensayos de los ’70.

 

 

b) Concepto/categoría: a lo largo de este texto se presenta una diferencia no tematizada explícitamente pero sí presupuesta, entre conceptos y categorías (que nuevamente nos remite a la diferencia anteriormente señalada entre “historia conceptual” e “Histórica”). Creo que hubiese sido relevante tematizarla puesto que se trata de una diferencia acaso equiparable al tránsito entre palabra y concepto, tan central en la configuración de la Begriffsgeschichte, sólo que ahora se indica una tercera instancia de máxima generalidad: ya no el concepto como palabra de palabras, sino la categoría como concepto de conceptos. Si el concepto determina la configuración de los lenguajes socio-políticos, las categorías (como las de “espacio de experiencia” y “horizonte de expectativa”) determinan la configuración de los propios conceptos socio-políticos (como los de “federación”, “constitución”, “república”, etc.). De allí la importancia de dar cuenta de las condiciones epistemológicas del tránsito del concepto a la categoría (así como antes se había tematizado el tránsito de la palabra al concepto).

 

 

c) Maquiavelo: a diferencia de otras propuestas de la “historia conceptual de lo político” en las que Maquiavelo cumple un rol fundacional, aquí vemos al florentino ocupando un lugar aún rezagado. Tanto el “momento maquiaveliano” de Pocock, como tradición francesa, o las escuelas italianas, enfatizan el envío recíproco entre la afirmación de carácter conflictual de la política y la afirmación de la temporalidad histórica, un envío habilitado por un concepto filosófico de contingencia. Koselleck, centrado aquí más en el problema de la temporalidad que en el de lo político, no puede más que constatar que el concepto maquiaveliano de historia aún responde a los viejos patrones de inteligibilidad (v. p. 347). En Maquiavelo la historia aún es “magistra vitae”, como lo muestran sus reflexiones sobre la Roma republicana. No hay en Maquiavelo asimetría entre experiencia pasada y expectativa, y si este es el parámetro de la modernidad koselleckiana, Maquiavelo no es más que un proto-moderno. Si esto es así, entonces se muestra un rasgo acotado del concepto koselleckiano de modernidad.

 

 

d) Circularidad: no queda suficientemente claro si es la historia conceptual la que permite comprender la emergencia de modernidad, o si, por el contrario, es la modernidad la que permite comprender el surgimiento de la historia conceptual. Si lo primero es lo que parece prevalecer a lo largo del texto, lo segundo se encuentra claramente afirmado en pasajes como el siguiente: “nuestra suposición antropológica, esto es, la asimetría entre experiencia y expectativa, era un producto específico del conocimiento de aquella época de transformación brusca en la que esa asimetría se interpretó como progreso” (356). ¿Se trata de un vicio metodológico o de una herencia del círculo hermenéutico de la comprensión?

 

 

e) Trascendentalización de la modernidad: nos encontramos aquí con un intento de comprensión de lo moderno que escapa a los esquemas tradicionales de explicación, sean económico-materiales (en clave marxista), sean más ético-culturales (en clave weberiana), sea el tipo de autorreflexión de la modernidad estética (en clave baudelaireana). Aquí no hay ni acumulación originaria, ni ascética del trabajo, ni celebración trágica de lo fugaz. Encontramos más bien una lectura antropológico-trascendental que no parece estar en condiciones de absorber en sí las explicaciones anteriores, sino sólo ofrecerse como meta-explicación que pudiera dar cuenta de la estructura trascendental común a las diversas teorías de lo moderno. Quizás el principal problema sea pretender asir lo moderno desde la neutralidad de categorías antropológicas. O, en general, habría que preguntarse qué significa que la modernidad pueda derivarse antropológicamente.

 

 

f) Conservadurismo antimodernista: sería interesante preguntarse porqué la crisis de lo moderno y el agotamiento de las energías utópicas desatadas, tematizados por Koselleck sobre el final de su artículo, debe llevar a respuestas compensatorias y regresivas, y no a respuestas en las propias claves de lo moderno, porqué la alternativa al desgaste de la esperanza y al empobrecimiento de la experiencia ha de resolverse en lo antiguo que “vuelve por sus fueros”, y no en una radicalización de lo moderno mismo. Quizás habría que preguntarse en qué medida este diagnóstico finalmente conservador es deudor de las propias categorías de la propuesta koselleckiana, así como si las categorías de la Begriffsgeschichte llevan necesariamente a este tipo de diagnóstico acerca del agotamiento de la modernidad. (Sobre los orígenes políticos de la Begriffsgeschichte puede consultarse James Van Horn Melton, “Otto Brunner and the Ideological Origins of Begriffsgeschichte”, en H. Lehmann y M. Richter (eds.), The meaning of historical terms and concepts. New studies on Begriffsgeschichte, German Historical Institute, Washington, 1996)

 

 

 

Luis.

 




Para escribir un comentario tienes que estar registrado al foro.
Ingresa con tu usuario y contraseña.

  Nombre de usuario:
  Password:
 
Si aún no eres usuario del foro reguístrate AQUI

© Foro ibero-ideas