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Discusión sobre: Arthur Lovejoy y la historia de las ideas

 

iberoideas Arthur Lovejoy y la historia de las ideas   2007-07-29 20:40:53.0
   

Respuestas

Verónica Comentario sobre Arthur Lovejoy
2007-07-29 20:44:43.0
   

La Historia de las ideas: su objeto y su método

 

Tal como se presenta en “Reflexiones sobre la historia de las ideas”, Lovejoy parte del supuesto antropológico según el cual el hombre naturalmente abriga ideas generales, acumula pensamientos, para reclamar al estudio histórico en general, en todas las ramas de saber, la consideración de dichos pensamientos. La historia misma incluye, según él, algún aspecto de dichos pensamientos, y, por lo tanto, “algún sector de la historia de la ideas”.

Tal cosa, sin embargo, opina nuestro autor, no ha sido contemplada en el movimiento de especialización que la disciplina ha sufrido en los últimos dos siglos. Con lo cual al progreso que dicho movimiento ha hecho posible, se le deben agregar los elementos negativos que surgen a la luz de estas formulaciones de Lovejoy. Las divisiones académicas, dice, no coinciden con lo que presentan los fenómenos estudiados. Las ideas están, según su posición, en interacción constante, por lo que pretender conocer una idea focalizando sólo en un aspecto o esfera de su desarrollo es no comprenderla en absoluto. Se ha erigido entre las disciplinas una barrera infranqueable, que ni los esfuerzos más recientes de los historiadores más exhaustivos y tenaces, atraídos por lo que el objeto mismo les demandaba han podido superar, limitándose a atravesar las disciplinas en algunos puntos específicos.

A la debilidad de no superar esas barreras Lovejoy le agrega una más que, creo, es fundamento de la anterior: el riesgo que corren los conocimientos históricos de simplificar los aspectos filosóficos que están incluidos en toda manifestación histórica por no poseer los conocimientos necesarios para ocuparse de ellos. Hace falta, dice, no sólo una disposición a consultar los textos filosóficos del momento, sino, y principalmente, una “cierta actitud para el discernimiento y análisis de conceptos y un ojo avezado para las relaciones lógicas o las afinidades cuasi lógicas no inmediatamente obvias entre ideas” (129), capacidad que se encuentra en general entre los estudiosos de la filosofía.

Frente a esta descripción Lovejoy propone una solución: la cooperación entre los diferentes especialistas y el establecimiento de más y mejores canales de comunicación. Y en este sentido Journal of the Histoy of Ideas -revista para la cual este texto parece servir de introducción-, se presenta como una opción superadora proponiendo entre los tópicos a tratar prioritariamente aquellos referidos a las influencias, desarrollos y efectos que las diferentes ideas, aclaradas por la filosofía, presentan sobre otros campos del saber.

El aporte de la filosofía va, sin embargo, más allá aunque no pueda justificar sus servicios a otras disciplinas. La filosofía trata de “conocer los pensamientos que tuvieron amplia vigencia entre los hombres sobre cuestiones de interés humano común” (130), la filosofía trata los resultados de aquello que consideramos más característico del hombre, la capacidad de pensar. En cuanto a su utilidad la filosofía resulta, a fin de cuentas, la disciplina más conveniente: “ningún sector de la historiografía parece brindar una mejor promesa de este tipo de utilidad que una investigación debidamente analítica y crítica de la naturaleza, la génesis, el desarrollo, la difusión, la interacción y los efectos de las ideas que las generaciones de hombres han atesorado”, puesto que la filosofía aporta al hombre el conocimiento de sí mismo.

Esta idea que parece obvia, según entiende Lovejoy, presenta complicaciones cuando se atiende a la historia de la literatura, entendiendo que es en ésta en donde los pensamientos han tenido “su expresión más extensa”. Aquí la discusión se centra en torno a los aportes que puede hacer la historia al goce estético de las obras literarias. Lovejoy considera diferentes posiciones respecto del estatus de la relación experiencia estética – historia, para terminar negando su carácter necesario. Para él es evidente que la información externa  acerca del autor, su vida, su época, etc., es un tipo de información que en modo alguno debe ser rechazada de plano a la hora de considerar el efecto de la obra en el lector o espectador. Sin embargo, parado en el otro extremo, un estudio auténticamente histórico de la literatura debería despegarse de consideraciones de tipo estético. La independencia, que no implica indiferencia, respeto de criterios no históricos (léase estéticos) y la relación con diferentes aspectos de la historia total son dos características de la historia de la literatura en la medida en que por esta se entiende el estudio de un “cuerpo indispensable de documentos para el estudio del hombre y de lo que ha hecho con las ideas, y lo que las diversas ideas hicieron para y con él” (136).

Finalmente Lovejoy aclara en qué sentido utiliza los términos “ideas” e “intelectual”. En absoluto se trata de un sentido que suponga una determinación eminentemente lógica de opiniones y conductas y del movimiento de la historia del pensamiento. Pretendiendo dar cuenta de los debates contemporáneos, Lovejoy dice aceptar la presencia del factor “irracional” en la historia del pensamiento, pero de ninguna manera acepta el desplazamiento de la lógica como “uno de los factores operativos importantes de la historia del pensamiento”(139), cosa que no implica, advierte, la aceptación de una concepción ya caduca según la cual la secuencia de ideas respondería a una dialéctica inmanente a las ideas por la cual éstas se aceptarían progresivamente, encontrando cada vez soluciones menos erróneas. En contra de esto, Lovejoy sostiene el “carácter oscilante” del pensamiento, el nomadismo de las ideas, y con ello la imposibilidad de reconocer una dirección determinada para el curso de su historia. De esta manera no puede afirmarse una sucesión necesariamente lógica de ideas y sistemas, sino que cabe asignar un lugar a los aspectos psicológicos o sociológicos (“irracionales”). No obstante, puesto que tal cosa, dice Lovejoy, es evidente, conviene centrar la atención en otro aspecto que pareciera no ser tan obvio: el hecho de que los filósofos sí razonan y que la secuencia de sus razonamientos suele estar lógicamente motivada. En este sentido es preciso advertir, dirá, que la historia del pensamiento debe encararse dejando abierta la posibilidad de considerar los procesos intelectuales como procesos en los que las ideas manifiestan su propia lógica natural.

Así la historia del pensamiento debe considerarse al mismo tiempo en su doble sentido: la historia del tráfico y la interacción de la naturaleza humana en su experiencia física, por un lado, y, por el otro, la historia de las naturalezas y presiones propias de las ideas a las que los hombres dieron cabida.

Aquello que se plantea en el artículo queda un poco más claro si consideramos el desarrollo que se hace en la Introducción a La gran cadena del ser, fundamentalmente, al menos según mi lectura, en lo que respecta a aquello que queda planteado como lo característico de la historia de las ideas y lo que justifica su razón de ser: el hecho de que las ideas, el producto más propiamente humano, manifiestan una lógica natural propia.

En dicha introducción se explicitan algunos de los presupuestos que están a la base de la historia de las ideas tal cual Lovejoy mismo se propone llevarla a la práctica en el desarrollo posterior del texto, y vuelve a aparecer el supuesto antropológico como el privilegiado. Es el carácter esencialmente reflexivo y lógico del hombre el que permite al autor referirse a ideas singulares, a unidades básicas que constituyen la base de toda doctrina y, por ello, el objeto de estudio de la historia de las ideas. En todas las épocas hay una lógica común que subyace a los movimientos o tendencias del campo intelectual, tal lógica se comprende descomponiendo las teorías y reconociendo, al igual que el químico, los elementos más básicos que éstas reúnen.

Tal como lo explicita al comparar las reflexiones o doctrinas filosóficas con compuestos químicos, Lovejoy reconoce que existe sólo un número finito de ideas, aunque sus combinaciones puedan ser diversas. Sin embargo, si buscábamos claridad en este texto a poco de andar nos encontramos con una dificultad mayor: no podemos pasar por alto el hecho de que en el reconocimiento de los tipos principales de elementos con los que trabaja el historiador de las ideas destaca un amplio espectro que va desde supuestos implícitos o creencias no discutidas lógicamente hasta proposiciones únicas y específicas o principios, pasando por lo que denomina motivos dialécticos que suponen proposiciones lógicas o metafísicas, diferentes clases de pathos metafísicos e incluso palabras o frases consideradas sagradas en un determinado contexto. Esta amplia caracterización parece, al menos en principio, tirar por tierra lo mencionado anteriormente tanto respecto de la limitada cantidad de ideas existentes, aunque también esto es extensivo a la pretendida simplicidad de las ideas.

Resulta entonces conveniente, para despejar nuestro objeto, reconocer que en esta tipología se cruzan diferentes categorías clasificatorias y limitar la caracterización de Lovejoy de los “elementos” al quinto tipo desarrollado, que es, por cierto, aquel que él mismo se propone trabajar en su libro. Bajo este cuidado las ideas son entonces proposiciones únicas y específicas o principios, base sobre la que se desarrolla toda reflexión posterior, y que, al mismo tiempo, pueden ligarse por una afinidad lógica y natural con otros desarrollos surgidos en relación con cuestiones diversas. El tratamiento del que dichas ideas son susceptibles parece ser, si seguimos despejando aquella confusión, de tipo semántico. Se trata del estudio de las palabras utilizadas “con vistas a depurarlas de ambigüedades, elaborando un catálogo de sus distintos matices de significación, y examinando la forma en que las confusas asociaciones de ideas que surgen de tales ambigüedades han influido en el desarrollo de las doctrinas o bien acelerado las insensibles transformaciones de una forma de pensamiento a otro” (p.22).

Surgen ahora dos consideraciones más. Por una parte, el rastreo de las ideas singulares (¿ideas-unidad?) no se hace sólo en el campo filosófico, debe hacerse, reclama Lovejoy, en “todas las fases de la vida reflexiva de los hombres en que se manifiesta su actividad” (p. 23), con lo cual volvemos a la cuestión de la interdisciplinariedad tratada con el otro artículo. El historiador de las ideas ofrecería, bajo estos presupuestos, una mirada que esquiva las fronteras disciplinarias al tratar “un determinado grupo de factores de la historia, y éste únicamente en la medida en que le ve actuar en lo que normalmente se considera secciones diferenciadas del mundo intelectual” (p.24). Las ideas singulares atraviesan las diferentes manifestaciones de cada época, como también, recordemos de paso, las diferentes fronteras nacionales.

Ahora bien, y este es el segundo punto que nos interesaba considerar, ¿Cómo se plantea la relación de las ideas con la historia o el tiempo?, las ideas permanecen idénticas en diferentes ámbitos del conocimiento, y en diferentes lugares del planeta, pero qué pasa con ellas en las diferentes épocas, ¿las ideas cambian a lo largo del tiempo? ¿Es posible la novedad? Lovejoy insiste en diferentes pasajes respecto de la necesidad de reconocer los cambios o la novedad. Sin embargo, parado en aquella afirmación respecto de la finitud del número de ideas existentes, es evidente que su concepción del cambio o la novedad es limitada. No hay novedad respecto de la posibilidad de que surjan nuevas ideas, en todo caso ésta se observa o bien en el modo de formular una misma idea o bien en el reemplazo de una idea por otra que pasará a influir sobre las creencias de los hombres y sus conocimientos, sin que esto suponga ni el abandono definitivo de la antigua idea, ni la novedad radical de la segunda. Aquí parece encontrar su lugar el historiador de las ideas. Las ideas, de cuya historia nos habla, son unas pocas, este es un presupuesto, y su tarea es descubrir cómo, en un marco confuso de creencias y supuestos sin lógica evidente, se sustituyen unas a otras incansablemente y con una lógica natural absolutamente propia.

Carla

Fuentes utilizadas:

Arthur Lovejoy, “Reflexiones sobre la historia de las ideas”, publicado en Revista Primas nº 4, UNQ, 2000.

_____________, “Introducción” a La gran cadena del ser, Icaria edit., Barcelona, 1983.

 




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