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Discusión sobre: "El liberalismo (hispánico) como categoría de análisis histórico", de R. Breña

 

elias "El liberalismo (hispánico) como categoría de análisis histórico", de R. Breña   2007-03-01 18:23:05.0
   

En este texto Roberto Breña plantea una serie de problemas y cuestiones relativas a la definición del término "liberalismo" así como las dificultades para encuandrar dentro de dicha categoría muchas de las ideas asociadas a la misma que circularon en tiempos de la independencia en el mundo hispánico.

Roberto Breña es profesor de El Colegio de México. Recientemente salió publicado por El COlegio de México su libro "El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824. Una revisión historiográfica del liberalismo hispánico".

 

Respuestas

elias Comentario de Alexandra Pita al texto de ROberto Breña
2007-03-25 14:01:23.0
   A modo de introducir este foro quiero mencionar una advertencia que considero pertinente. Desde hace un par de años me enfocado en el análisis del discurso y la práctica política de un grupo de intelectuales latinoamericanos que tuvieron la pretensión de organizar una ?Unión Latino Americana? durante la década de 1920 en Argentina. Mi relación con el liberalismo hispánico de principios del siglo XIX ha sido por lo tanto tangencial y esporádica, al impartir materias a nivel grado y posgrado de Historia de México e Historia de América Latina. Pese a esta distancia, el texto de Roberto Breña me parece sumamente interesante y provocador no sólo para los especialistas del liberalismo hispánico decimonónico, sino también, para aquellos que se inscriben en el marco de la llamada Historia Intelectual. Partiendo de este punto, mi comentario se dirigirá a rescatar aquellos aspectos que me parecen enriquecen el debate sobre los límites de esta disciplina histórica. El texto que nos presenta Roberto Breña, busca mostrar algunas de las ?tensiones? que el autor cree pertinente resaltar entre su concepción del liberalismo hispánico y algunos principios teóricos de la historia de los conceptos y la historia de los lenguajes políticos, corrientes relativamente recientes en ambas márgenes del atlántico del mundo hispano. Sin embargo, creemos que la postura de Breña implica una mayor complejidad al disponerse en una suerte de encrucijada, buscando por una parte los ?matices? que hagan comprensible los procesos liberales en el mundo hispano y por otra, de qué modo es posible introducir en la práctica del historiador las categorías analíticas de la historia de los conceptos y de los lenguajes políticos. En relación al primer debate al cual se dedican fundamentalmente las primeras páginas, el autor señala su distanciamiento de tres corrientes: la interpretación tradicional, el enfoque inverso que plantea la ?imposibilidad del liberalismo? en América Latina y la historiografía actual que tiende a interpretar casi todo en clave liberal. En relación a esta última es que Breña introduce su acercamiento con la historia de los conceptos y la de los lenguajes políticos, corrientes con las que coincide en el cuestionamiento de la laxitud con que se ha empelado el concepto de liberal por parte de algunos investigadores. A partir de este momento y hasta el final del texto, el debate se traslada a otro frente ?que considero es el núcleo del ensayo-, entablando un diálogo cortés pero no carente de cuestionamientos con la historia de los conceptos y la de los lenguajes políticos. En relación a la primera, el autor plantea como ?excesivo? el papel que algunos investigadores de esta corriente otorgan al lenguaje, al permitirle ?una capacidad transformadora de la realidad?. En cuanto a la segunda, aunque reconoce una serie de coincidencias teóricas (como la intención de reconstruir el sentido más que el significado de los discursos públicos), plantea que su utilización en sentido estricto ?afirmación que se hace extensiva a la historia conceptual-, puede llevar a intelectualizar de manera excesiva las interpretaciones de la historia política. En este momento, Breña rescata de la postura de Roger Chartier su sentido de las ?prácticas políticas concretas?, para contrarrestar el carácter discursivo de las ideas que defienden las dos corrientes mencionadas. A mi juicio, esta inclusión puntual debería haber permitido abrir el debate hacia un horizonte no profundizado en el ensayo, relacionado con los lindes teóricos y metodológicos entre estas corrientes y la historia cultural, planteamiento que dada la extensión de este foro, implicaría la enunciación de otros elementos que al igual que ?las prácticas políticas concretas? pudieran ayudar a comprender la práctica historiográfica. En suma, es esta práctica desde la cual el autor plantea que pese a los aciertos de la historia conceptual y de los lenguajes políticos, deben hacerse aún una serie de reflexiones a fin de analizar cada categoría conceptual en una situación histórica específica. Esto implica, dar protagonismo tanto a las condiciones políticas, sociales y culturales como al concepto mismo, planteamiento que consideramos puede enriquecer no sólo al debatir el caso del liberalismo. Me parece importante señalar por último, que amén de los puntos señalados, este ensayo es un buen ejemplo de ese cuestionamiento casi ilimitado que parece tener esta área de estudios que desde el debate con la escuela de Lovejoy hasta la actualidad, continúa buscando desde la teoría y la práctica una especificidad.

elias Comentario de Javier Fernández Sebastián al texto de Roberto Breña
2007-03-26 16:10:17.0
   Una vez más he tenido el placer de leer un texto de Roberto Breña, inteligente y muy matizado, en donde el autor trata de encontrar un punto de equilibrio entre el uso de categorías ideales de análisis histórico y la nueva mirada crítica que la historia de los conceptos y lenguajes políticos viene proyectando sobre la historia política e intelectual. No se trata aquí de entrar en detalle en todos los extremos suscitados en el texto, con muchos de los cuales concuerdo, sino más bien de señalar algunos de mis desacuerdos. En primer lugar, me gustaría señalar que paradójicamente el texto se detiene muy poco en lo que promete su título: ?el liberalismo (hispánico) como categoría de análisis histórico?. RB empieza por reconocer que ?la indeterminación y las ambigüedades que acompañan con frecuencia las discusiones sobre el liberalismo, tienen que ver, en primera instancia, con los distintos niveles que comporta (como actitud vital, como tradición de pensamiento, como corriente político-ideológica, etc.) y con los distintos ámbitos en los que se desenvuelve (político, social, económico)? (p. 6), para ofrecernos en el siguiente párrafo un abanico de definiciones complementarias, o mejor, alternativas (pues no parece lo mismo ?el proyecto político que busca el cambio de las estructuras públicas y sociales con base en el individuo y la libertad? que ?el gobierno de la libertad como teoría y como práctica?, o que ?la autonomía de lo social?, etc.). Al hacerlo así, Roberto está actuando legítimamente como científico social, en este caso como historiador o politólogo que trata de definir de entrada los perfiles de su objeto de estudio: el ?liberalismo?, en este caso (cabe pensar que, tras optar por una de las definiciones propuestas, la delimitación del ?liberalismo hispánico? vendría a añadir ulteriormente algunas notas particulares ?en términos culturales y quizá también espaciales y cronológicos? al liberalismo sin adjetivos, cerrando así un poco más el foco de su objetivo). En esta operación es, por tanto, el historiador quien señala los límites de aplicación de una categoría (o ideal-tipo) de la que cabe esperar cierto rendimiento cognitivo. El problema, sin embargo, se produce en este caso porque el concepto elegido ?el liberalismo? empezó a circular hace 200 años, y fue puesto en circulación precisamente por algunos de los agentes que habrán de ser ?investigados? o ?historiados?. Cabe pues temer razonablemente que puedan producirse ciertas interferencias entre esos dos liberalismos ?como concepto vivo (in fieri) en la era de las independencias y como concepto operatorio del historiador actual? que quizá no coincidan exactamente. ¿No sería mejor, entonces, que el científico social recurriese en lo posible a otros instrumentos analíticos que minimizasen los riesgos de superponer y confundir el doble punto de vista de ?observadores? y ?observados?, generando tal vez sin quererlo alguna forma de espejismo o ilusión óptica ?presentista? (o quizá también, a la inversa, de contaminar su análisis historiográfico con el discurso ideológico ?pasadista? de los agentes)? En cualquier caso, el abanico de definiciones que nos ofrece RB de liberalismo es, en su pluralidad, un índice bastante revelador de la dificultad de alcanzar una definición unívoca del concepto (dificultad que todavía se incrementa considerablemente si pensamos que los contenidos de los propios términos que entran en la definición ?individuo, libertad, sociedad, autonomía...? son a su vez objeto de interminables disputas entre los agentes políticos). ¿Qué capacidad heurística cabe esperar pues de un instrumento conceptual tan defectuoso e impreciso? ¿No corremos el riesgo de que, ante su falta de aptitud para atrapar las prácticas, partidos e instituciones históricas de nuestros países tal categoría se convierta en una especie de lecho de Procusto por donde finalmente obligaríamos a pasar a dichos partidos, prácticas o instituciones? ¿No es eso mismo lo que ha venido sucediendo en algunos debates historiográficos sobre el liberalismo o el republicanismo en España, en Portugal o en América Latina? Ahora bien, estimo que no es de la incumbencia del historiador dilucidar quiénes fueron los ?verdaderos? liberales o los ?auténticos? republicanos (ni tampoco dilucidar si, por ejemplo, los liberalismos hispánicos son o no homologables con el canon del llamado ?liberalismo clásico? anglosajón, o se ajustan más al ?liberalismo estatalista? a la francesa, etc.), sino que más bien debería serlo examinar los comportamientos y los lenguajes de los individuos y de los grupos en presencia, teniendo en cuenta las propias denominaciones partidarias de los protagonistas, analizar sus prácticas y sus discursos y procurar ofrecer interpretaciones plausibles de sus acciones. El hecho de que RB pase rápidamente sobre la cuestión del liberalismo obedece seguramente a que, como apunta Alexandra Pita en su primer comentario, el núcleo de su ensayo es una crítica metodológica a la historia conceptual (HC). Y en ese punto me gustaría matizar la afirmación de RB de que la HC se basa ?en el carácter único e irrepetible de cada momento histórico?. Es cierto que la Begriffsgeschichte se inscribe en una perspectiva que globalmente suele etiquetarse de ?historicista?. Sin embargo, es sabido que precisamente R. Koselleck insistió siempre en el papel fundamental de las estructuras de repetición en el lenguaje y en la historia, por decirlo con el título de uno de sus últimos trabajos, así como en la profundidad temporal de los conceptos, que llevarían adheridos vestigios de situaciones y contextos históricos pretéritos que pueden reactivarse parcialmente con posterioridad. Por otra parte, respecto de la supuestamente excesiva ?capacidad transformadora de la realidad? que la HC otorgaría al lenguaje (p. 8), habría que insistir en que los verdaderos agentes históricos del mundo moderno son los individuos, que en tanto que hablantes, son a la vez usuarios y continuos ?modificadores? del lenguaje. Es cierto, sin embargo, que algunos conocidos filósofos del siglo XX nos han enseñado a ver el/los lenguaje(s) como algo que va mucho más allá de un simple medio o instrumento maleable a nuestro servicio. El lenguaje es también una tradición (y un repertorio de ?juegos?) que enmarca(n) y constriñe(n) nuestra manera de comprender el mundo, y no sólo un medio de comunicar ?ideas?. Pero, en fin, no se trata aquí de entrar en un asunto tan vasto y tan complejo. Por último me gustaría añadir que, a mi modo de ver, sobre todo el texto de RB gravita una fuerte contraposición entre prácticas y discursos, hechos y palabras, realidades y lenguajes, como si se tratase de entidades disjuntas, independientes, cuando precisamente los representantes de la escuela de Cambridge insisten una y otra vez en que los segundos son inseparables de los primeros. No hay hechos en bruto, que no sean mediados por el lenguaje, como apenas hay prácticas mudas, que no vayan acompañadas de palabras (y, a su vez, los discursos se orientan al cambio o al reforzamiento de determinados estados de cosas). Veámoslo con un ejemplo. ¿Cómo sería posible que el historiador estudiase un proceso electoral (práctica política concreta) sin recurrir sistemáticamente a los discursos que hacen posible la misma existencia, organización y desarrollo de los comicios (textos de legitimación teórica, oratoria de partido, discusiones parlamentarias, propaganda electoral, textos legislativos, actas de los resultados, reclamaciones, etc.)? Es más: probablemente uno de los puntos más repetidos por Skinner es que la acción política de ordinario tiene prioridad sobre el lenguaje/pensamiento; o, dicho de otra manera, que crear, pronunciar o publicar un discurso político es una acción pragmática, que su creador pone al servicio de ciertos objetivos relacionados con la práctica política y con los problemas y desafíos del momento. Justamente en esa superación de la perspectiva tradicional de la historia de las ideas, que concibe los ?factores intelectuales? como algo esencialmente ajeno, superpuesto o adyacente a la política práctica reside uno de los mayores méritos de la HC y de los discursos. Pero no quisiera repetir argumentaciones ya expuestas en este mismo foro en alguna ocasión anterior, pues he de confesar que a veces me asalta el temor de que nuestros debates terminen girando en un círculo cerrado de argumentos.

elias Respuesta de Elías
2007-05-24 23:10:28.0
   En primer lugar, quiero destacar la consistencia de la postura de Roberto Breña, sostenida a lo largo de una serie de escritos e intervenciones polémicas, a través de los cuales puede seguirse cómo fue desarrollándose y cobrando una forma más acabada. En todo caso, revela una vocación por interrogarse sobre los fundamentos conceptuales sobre los que se desenvuelve nuestra disciplina no muy frecuente en nuestro medio. En su escrito último se definen más claramente aquellas dos preocupaciones centrales suyas. La primera refiere a la posibilidad o no de establecer una definición precisa de las categorías políticas fundamentales del discurso político. La segunda, a la importancia, para él excesiva, que se le atribuye a las ideas en la determinación de los procesos históricos. Ambas cuestiones, sin embargo, creo que deben ser desglosadas, puesto que no están estrictamente asociadas. Es decir, uno bien podría sostener que las nociones de liberalismo, democracia, etc., sí aceptan definiciones unívocas, pero aún así suponer que las ideas (acertadas o no) de los actores respecto de ellas no son lo determinante en la definición de sus acciones. Las dos cabe, pues, abordarlas separadamente. En esta respuesta quisiera referirme brevemente sólo a la segunda de estas cuestiones (respecto de la primera no tengo mucho que agregar a lo señalado por Javier Fernández Sebastián). En realidad, la pregunta sobre la eficacia de las ideas no admite una respuesta ni afirmativa ni negativa. Así planteada, la cuestión se vuelve simplemente inabordable. Lo que nos descubren las nuevas teorías en el campo es la presencia en dicha formulación de una discordancia conceptual, puesto que se hace un planteo en términos de ideas y proposiciones (los contenidos semánticos de un discurso) para atribuirle funciones que son propias, en realidad, de su uso. Las ideas en tanto que tales no tienen repercusiones históricas, sino, eventualmente, sus enunciaciones. Y si ellas actúan materialmente sobre la realidad es porque ellas mismas son hechos materiales, acontecimientos históricos reales que deben ser, en cada caso, analizados como tales. La repercusión que tendrá un determinado discurso, al igual que cualquier otro hecho, es algo que no puede establecerse de antemano. Me gustaría dar un ejemplo tomado del propio Breña. Discutiendo sobre la ?Memoria político-instructiva? de Fray Servando Teresa de Mier, en un Encuentro reciente Breña cuestionaba la contundencia de los argumentos antimonárquicos allí vertidos sobre la base de la escasa efectividad que los mismos tuvieron (de hecho, no impidieron la entronización de Iturbide). Creo que en este señalamiento se observa cómo se confunden estos dos planos aludidos. La efectividad histórica de un discurso no se desprende necesariamente de la contundencia de sus argumentos. Esto depende de la suerte que corrió en tanto que hecho histórico material (si, por ejemplo, un texto quedó encerrado por años en un cajón seguramente no habrá tenido ninguna repercusión inmediata); en fin, cómo se encadenará con otros hechos de diversa índole para generar determinados efectos históricos. Es esto justamente lo que la llamada ?nueva historia intelectual? busca comprender. De este modo amplia nuestra visión del universo simbólico para descubrirnos ámbitos de realidad suyos que van más allá del plano puramente semántico de los discursos (las ideas contenidos en ellos). Y esto redefine completamente nuestro objeto. Los textos aparecerán ahora no como habitando un mundo propio opuesto a aquella realidad en que las ?ideas? vienen subsecuentemente a insertarse, sino como formando siempre ya parte integral suya. Inversamente, esto significa que tampoco existen ?realidades históricas? crudamente empíricas, independientes de las redes simbólicas por los acontecimiento podían ser comprendidos y dotados de sentido por sus propios agentes. Volviendo al texto de Fray Servando, ese ?contexto? o ?realidad histórica? que va a fijar las condiciones de recepción de su discurso y permitirle eventualmente cobrar efectividad histórica (o no) no es algo ajeno a lo simbólico. Entre los factores que definen su recepción se encuentran también otros discursos con los que interactúa, y que son los que establecen ciertas coordenadas conceptuales a partir de las cuales un cierto acto de habla, para decirlo en términos de Austin, se volverá legible para sus interlocutores, no sólo en cuanto a su contenido de ideas sino también en tanto que tal. En definitiva, creo que el desglose propuesto de instancias de lenguaje permite reformular la cuestión, y de este modo superar la antinomia de partida. En última instancia, el planteo de Breña se encuentra aún atrapado en las antinomias propias de la historia de ?ideas?, que lleva a todo el debate a recaer en la dicotomía insuperable entre ?idealismo? y ?materialismo?, puesto que excluye de antemano toda otra alternativa. En este sentido, quisiera matizar la conclusión de Javier Fernández Sebastián; es decir, no me resigno a pensar que estemos girando en círculos en este debate, puesto que no se trataría aquí ya simplemente de tomar partido por uno u otro lado entre dos posturas irreductibles entre sí. De lo que se trataría, en fin, es de comprometernos juntos en la tarea de hallar una vía para escapar de las antinomias a que la historia de ideas nos condujo. No es otro, según entiendo, el objetivo de este foro. Elías Palti

elias Respuesta de Roberto Breña a los comentarios a su texto
2007-07-05 18:57:11.0
   

Agradezco a Alexandra Pita (AP), Javier Fernández Sebastián (JFS) y Elías Palti (EP) sus comentarios a mi texto. Ante la imposibilidad de responder a todos sus cuestionamientos, me limitaré a tres aspectos que están en la base de mis desacuerdos con los dos últimos. A riesgo de simplificar un poco la discusión, pero con el fin “concretizar” un debate que quizás en ocasiones resulta demasiado teorético, me serviré, primero, de una cita de un historiador estadounidense contemporáneo; en segundo lugar, comentaré críticamente una afirmación de Fernández Sebastián sobre lo que podríamos denominar “las tareas del historiador”; por último, haré lo propio con un planteamiento sobre Fray Servando que me adjudica Elías Palti (del cual, por cierto, deriva su valoración de todo mi texto).

 

Quizás peco de exceso de optimismo, pero espero que en los párrafos que siguen algunos de los desacuerdos centrales de este debate surjan de manera más nítida de lo que lo han hecho en nuestros intercambios anteriores. Al respecto, si bien EP tiene razón cuando dice que el objetivo central del Foro Iberoideas es la discusión argumentada para intentar escapar de las innumerables antinomias que habitan, por decirlo así, el mundo de la historia (intelectual), también me parece legítima la sensación de JFS de que, en algunos puntos, nuestros intercambios parecen no adelantar mucho la discusión. Esto se debe principalmente a nosotros, los participantes en el debate, pues no sólo no cedemos en nuestras posiciones, sino que, además, no somos capaces de transmitir claramente a los lectores los enjeux de la discusión. Espero que este comentario subsane parcialmente esta incapacidad.

 

            En su magnífico libro Founding Brothers (The Revolutionary Generation), Joseph J. Ellis escribe: “Hindsight…is a tricky tool. Too much of it and we obscure the all-pervasive sense of contingency as well as the problematic character of the choices facing the revolutionary generation. On the other hand, without some measure of hindsight, some panoramic perspective on the past from our perch in the present, we lose the chief advantage —perhaps the only advantage— that the discipline of history provides, and then we are thrown without resources into the patternless swirl with all the time-bound participants themselves.” (p. 6). En esta cita percibo uno de los desacuerdos fundamentales entre mi postura y la de JFS y EP. Mientras yo concuerdo con Ellis respecto al papel que debe jugar la “retrospectiva” (hindsight) en la historiografía, me atrevería a decir que tanto JFS como EP están tan preocupados por los riesgos implícitos en ella, que prefieren prácticamente eliminar la utilización de categorías transhistóricas.

 

En última instancia, la diferencia es de matiz: yo creo, por ceñirme a la cita de Ellis, que el uso de estas categorías no implica necesariamente eliminar el carácter contingente de los acontecimientos o el carácter problemático de las decisiones de los actores. En otras palabras, no creo que su utilización tenga necesariamente consecuencias descontextualizadoras. Tanto JFS como EP consideran que estas consecuencias son inevitables y, por ello, rechazan el uso de dichas categorías.

 

            En su comentario, JFS se refiere críticamente a aquellos historiadores que están buscando a los “verdaderos” liberales. Supongo que me incluye en ese grupo, por lo que quizás valga la pena repetir que una de las ideas principales que quise transmitir en el libro que publiqué no hace mucho sobre el tema es, justamente, que una búsqueda de ese tipo no tiene sentido (ni metodológica, ni heurística, ni históricamente) y, en todo caso, está condenada a fracasar (el libro en cuestión se titula El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824; Una revisión historiográfica del liberalismo hispánico). Enseguida, JFS afirma que los historiadores deberían “examinar los comportamientos y los lenguajes de los individuos y de los grupos en presencia, teniendo en cuenta las propias denominaciones partidarias de los protagonistas, analizar sus prácticas y sus discursos y procurar ofrecer interpretaciones plausibles de sus acciones”.

 

Independientemente de que tener en cuenta las propias denominaciones partidarias es un arma de dos filos desde un punto de vista historiográfico, la plausibilidad de una interpretación tiene que ver, desde mi punto de vista, no solamente con los elementos apuntados por JFS, sino también con esa “visión retrospectiva” referida por Ellis. Una visión que no percibo en ninguno de los aspectos mencionados por JFS y que implica, de una u otra manera, “salirnos” del escenario en el que se desarrollan los hechos que estamos estudiando.

 

Lo cual no implica forzosamente llenar el pasado con nuestro presente, pues nuestra visión retrospectiva, si bien no puede estar más que instalada en el primero, no por eso tiene que absorber, avasallar o ignorar al segundo. En palabras de Ellis (refiriéndose otra vez al surgimiento de los Estados Unidos, pero pensando una vez más en la labor historiográfica en general). “What we need is a form of hindsight that does not impose itself arbitrarily on the mentality of the revolutionary generation, does not presume that we are witnessing the birth of an inevitable superpower. We need a historical perspective that frames the issues with one eye on the precarious contingencies felt at the time, while the other eye looks forward to the more expansive consequences perceived dimly, if at all, by those trapped in the moment. We need to be nearsighted and farsighted at the same time.” (ibid., pp. 6-7)

 

            Por su parte, en su comentario, EP afirma que, en un encuentro reciente, yo afirmé que la “efectividad histórica” de la Memoria político-instructiva de Fray Servando se desprendía de la “contundencia de sus argumentos” (según EP, mi lógica es la siguiente: como la Memoria no impidió la entronización de Iturbide, entonces yo considero que no fue efectiva, históricamente hablando). Creo que EP me malinterpreta. Yo hice mención a la Memoria durante el encuentro aludido como un ejemplo más del escaso influjo que la mayoría de las veces tienen los escritos de los intelectuales (en el sentido amplio del término) sobre los acontecimientos políticos del momento en que fueron redactados (y sobre los cuales, no lo olvidemos, con frecuencia pretendían influir).

 

Se trata de un punto que me parece muy importante y al que me he referido no pocas veces en mis escritos: en la historiografía occidental existe una tendencia a concederle una influencia excesiva a los intelectuales, a sus escritos y a sus ideas. La “efectividad histórica” de la Memoria político instructiva (en el sentido en que EP refiere), como la de casi todos los escritos en la historia del pensamiento político, no se mide por la “contundencia de sus argumentos”. En términos estrictos, no se puede medir, pero, en cualquier caso, su “efectividad histórica” depende mucho más de elementos ajenos a los textos mismos; me refiero concretamente al contexto ideológico, político y social, que es el que permite que los escritos repercutan (o no) sobre una coyuntura histórico-política determinada.

 

En cuanto a lo que dice EP sobre la supuesta diferenciación tajante que yo establezco entre los discursos y la “realidad histórica”, no puedo más que insistir sobre algo que señalé en mi texto: los discursos (políticos) pueden tener todo el carácter pragmático que se les quiera adjudicar, pero eso no los hace equivalentes a las prácticas (políticas). Pensar que discursos y prácticas son idénticos e intercambiables, puede llevar no solamente a la intelectualización de la historia política (que en ocasiones parece convertirse en un desfile puramente discursivo, en el que las prácticas políticas concretas no son más que un elemento más, de la misma naturaleza y regida por los mismos principios que los elementos discursivos), sino también a una especie de ingenuidad en cuanto al alcance e influencia que las palabras tienen en el desarrollo de los acontecimientos políticos. No ignoro que estos acontecimientos no son independientes de las redes simbólicas que conforman todo lenguaje y tampoco ignoro que es a través del lenguaje que estos acontecimientos tiene que ser dotados de sentido (por los protagonistas, participantes, involucrados o meros espectadores), pero todo eso no los hace idénticos a los discursos que, de una u otra manera, pretenden describir, explicar o controlar dichos acontecimientos.

 

            Volviendo a la Memoria, ésta me parece ser un ejemplo más de ese sinnúmero de escritos que fracasaron en su intento por incidir sobre los acontecimientos políticos de su momento (subrayo esta últimas palabras porque no me estoy refiriendo aquí a su “incidencia” de largo plazo, con todo lo importante que ésta pueda ser). La historia del pensamiento político está plagada de este tipo de “fracasos”. Es más, creo que, a este respecto, los casos dignos de destacarse son aquellos en los que su influencia sobre los acontecimientos del momento ha sido claramente perceptible, significativa. Pienso, por ejemplo, en el Common Sense de Paine o en Qu’est-ce que le Tiers État? de Sieyès. Seguramente los lectores pueden pensar en otros casos (sobre todo en la medida en que nos acercamos a nuestro tiempo), pero siguen siendo, en mi opinión, casos excepcionales. Esto, me parece, debiera reforzar nuestro escepticismo en cuanto al influjo directo de las ideas sobre los acontecimientos. Un influjo que se ha magnificado por diversas razones, entre ellas, algunas de naturaleza histórica (desde la Ilustración el mundo occidental está, en cierto sentido, intoxicado de teoría), otras de índole psicológica (p. ej., el hecho de que quienes escriben la historia son intelectuales, con todo lo que eso implica en cuanto al lugar que éstos creen que las ideas deben ocupar y, según ellos, ocupan) y otras que se refieren específicamente al campo de la historia de las ideas (en la historia intelectual del siglo XX existen ejemplos conspicuos de esta supuesta causalidad entre un conjunto de ideas y un conjunto de acciones políticas concretas; baste señalar el caso de Isaiah Berlin).

 

            Mientras que JFS plantea que yo trato a las prácticas y a los discursos como entidades independientes, EP me adjudica una visión de la historia intelectual que, en sus propias palabras, “lleva todo el debate a recaer en la dicotomía insuperable entre idealismo y materialismo”. A raíz de los comentarios de ambos, releí mi texto. Seguramente se trata de una manera poco elegante y un tanto pretenciosa de terminar esta respuesta, pero no me resta más que invitar a los lectores a hacer lo mismo, para que sean ellos quienes decidan si el modo de acercarme al liberalismo hispánico en dicho texto (y el modo de historiarlo en el libro mencionado más arriba) tiene, efectivamente, ese carácter dicotómico que tanto JFS como EP me atribuyen.

 



elias Respuesta de Elías Palti al comentario de Roberto Breña
2007-07-11 17:37:02.0
   

Temo que este debate se vuelva interminable, pero no quiero dejar pasar la oportunidad que la última respuesta de Roberto Breña abre para tratar de aclarar un punto que considero importante. Me refiero a la afirmación con que termina su respuesta pidiendo que revisemos su texto de partida para observar que, contrariamente a lo que yo afirmo, de ningún modo su postura recae en la antinomia entre materialismo e idealismo. Y, de hecho, en un párrafo anterior afirma que coincide conmigo cuando, siguiendo a Rosanvallon, señalo la “banalidad” de oponer el universo de las prácticas con el de los discursos y normas. Sin embargo, insiste aún en la necesidad de distinguir uno de otro. La consecuencia de no hacerlo, dice, es exagerar la influencia que han tenido las ideas de los intelectuales en los procesos históricos.

Ahora bien, al afirmar al afirmar la necesidad de esta distinción vuelve, en realidad, a lo que dice que rechaza, esto es, a la vieja oposición entre “ideas” y “realidades”. Tal desglose presupone que discursos y prácticas, historia conceptual e historia política, constituyen dos instancias separadas y autónomamente generadas. Es decir, lo que afirma allí es la presencia de, por un lado, prácticas políticas independientes de todo discurso, y, por otro lado, de un universo de ideas puras que existen en un reino propio situado más allá de toda articulación práctica, y que sólo subsecuentemente vienen a encarnarse en realidades materiales concretas. Sólo así tendría sentido, por otra parte, la discusión respecto del grado de “influencia”  que tienen aquéllas sobre ésta (lo que las ubica a ambas en una relación puramente mecánica externa).

El punto es que, así planteada la cuestión, se pierde de vista justamente el núcleo de la transformación ocurrida en la historiografía en los últimos veinte años, y que tiende a demostrar, básicamente, dos cosas. En primer lugar, nos revela la existencia de un universo de realidad simbólica mucho más rico y complejo, que de ningún modo se reduce a las “ideas” generadas por los intelectuales, sino que comprende un conjunto variado de procedimientos intelectuales por los cuales los sujetos pueden volver inteligible su realidad. En segundo lugar, muestra la imposibilidad inherente (y no sólo práctica) de distinguir discursos de prácticas, desde el momento que éstas se encuentran siempre ya entretejidas de discursos, en definitiva, que la práctica política, como toda práctica, se sostiene siempre en una serie de supuestos, desprendida de los cuales carece de todo sentido (e, inversamente, que los discursos no preexisten a las redes materiales dentro de las cuales los mismos circulan socialmente). Para tomar un ejemplo, la práctica política del Antiguo Régimen no se puede comprender disociada del supuesto de que toda autoridad legítima emana de Dios, de que existe una ley y un orden naturales creados por Él, los cuales se encuentran encarnados en las tradiciones y las costumbres, etc. Abstraídas de sus ficciones constitutivas, la política del Antiguo Régimen se vuelve simplemente ininteligible. Y lo mismo ocurre con la política moderna. Ésta no responde a alguna supuesta “lógica natural”, no se sostiene en la pura razón, sino que conlleva también un conjunto de “ficciones”, desprendidas de las cuales resulta igualmente incomprensible.1

En definitiva, la idea de que podamos desglosar ideas y realidades, discursos y prácticas políticas, historia conceptual e historia política, como si refirieran a instancias distintas y sólo yuxtapuestas entre sí, guardando, por lo tanto, entre ellas una relación meramente mecánica externa, no sólo nos encierra en una discusión insoluble respecto de la primacía o grado de influencia efectiva de cada una de ellas, sino que obstaculiza lisa y llanamente toda comprensión de los modos efectivos de funcionamiento de los sistemas políticos. En este sentido, coincido sí con Breña con que la lectura de su libro (más que su texto presentado en este foro) resulta esclarecedora al respecto, revelando, a partir de su análisis histórico concreto, aún en contra de lo que él mismo afirma en sus reflexiones teóricas, hasta qué punto resulta imposible distinguir una de otra.

 

 

1Al respecto, el libro Imagining the people de Edmund Morgan entiendo que resulta por demás elocuente, demostrando, de paso, hasta qué punto el carácter “imaginado” del ciudadano mexicano (y latinoamericano) en el siglo XIX no indica ninguna supuesta “peculiaridad” local, lo que no quiere decir que no las haya, sino que no resulta tan sencillo hallarlas, y que partir para ello de la oposición entre un supuesto ideal perfectamente racional de democracia representativa moderna y una realidad local “patológica”, inadecuada a dicho ideal, no sólo no ayuda a hacerlo, sino, por el contrario, como dice Rosanvallon, sólo conduce a banalizar toda la cuestión.

 

 



elias Respuesta de Javier Fernández Sebastián al comentario de Roberto Breña
2007-07-15 03:31:15.0
   

Segundo comentario de Javier Fernández Sebastián al texto de Roberto Breña

 

 

Coincido con Elías Palti cuando sugiere, en su última respuesta a Roberto Breña (RB), que por fortuna los excelentes trabajos historiográficos de este último parecen asumir en gran medida el supuesto implícito de que la interpenetración entre prácticas y discursos, pensamiento y acción, resulta mucho más productiva para el conocimiento histórico que el establecimiento de una estricta separación conceptual entre “ideas” y “acontecimientos”. Sin embargo, en este debate muestra un gran interés en restablecer dicha separación entre “ideas” y “acontecimientos”, que ante su vista vuelven a aparecer como dos tipos de entidades “disjuntas” e interactuantes. Ahora bien, como dice también Elías, el énfasis en la distinción entre unas y otros (ideas y acontecimientos), como si se tratara de “realidades” independientes, supone en gran medida volver la espalda a algunas de las principales aportaciones metodológicas de la historia político-intelectual durante estas últimas décadas.

Pero no era ese el punto que me gustaría tratar en este comentario, sino más bien la crítica de Roberto a mi afirmación de que los historiadores deberíamos tener muy en cuenta la visión que los agentes históricos tenían de las cosas (entre ellas, por supuesto, “las propias denominaciones partidarias de los protagonistas”). Frente a esa especie de “exceso de empatía”, apoyándose en varias citas de J. Ellis,  RB toma posición en favor de las ventajas de una visión más distanciada y retrospectiva de las cosas.

A mi juicio, sin embargo, estamos otra vez ante un falso dilema, pues más bien parece que el historiador, como sugiere el propio Ellis, debería esforzarse por mirar las cosas a la vez “de lejos” y “de cerca”.  En lo que a la historia de los conceptos y de los discursos respecta, es claro que esta especialidad historiográfica carecería de sentido si no existiera esa distancia temporal, puesto que el intento de “recuperar” y trasladar a nuestro tiempo conceptualizaciones parcial o totalmente perdidas que es necesario “traducir” a los lectores actuales presupone un juego de ida y vuelta entre diferentes momentos históricos o umbrales temporales; digamos, para simplificar, entre “el presente” y “el pasado” (y probablemente también el uso de un cierto utillaje analítico constituido por categorías hasta cierto punto “metahistóricas”, como por ejemplo “campo de experiencia”, “horizonte de expectativa”, “redescripción retórica”, etc.).

Por poner un ejemplo, nuestra reflexión sobre la “temporalización” interna de muchos conceptos políticos en el mundo iberoamericano de las primeras décadas del siglo XIX (entre ellos, de las “modernas” denominaciones de los partidos: “liberales”, “conservadores”, “progresistas”, “reaccionarios”, etc.) extrae una enorme ventaja de la distancia temporal que nos separa de aquel momento. Precisamente el hecho de encontrarnos actualmente en una fase de profunda transformación de algunos supuestos esenciales de la modernidad nos permite contemplar de un modo mucho más “distanciado” y lúcido esa “modernidad pasada”, en parte marchita. Pero para sacar todo el partido posible a esa ventaja de la asincronía hay que esforzarse, naturalmente, por entender a los actores históricos en sus propios términos, sobre todo en la medida en que no coinciden con los nuestros. Diríamos, un poco paradójicamente, que hay que partir de un cierto “anacronismo asumido” (o sea, del a priori de la no coincidencia de nuestros modos de ver el mundo con los de los agentes, que no serían así –o al menos no lo serían totalmente– nuestros contemporáneos) para no incurrir en anacronismos falaces y no deseados.

 

 



elias Respuesta de Javier Fernández Sebastián al comentario de Roberto Breña
2007-07-15 03:31:15.0
   

Segundo comentario de Javier Fernández Sebastián al texto de Roberto Breña

 

 

Coincido con Elías Palti cuando sugiere, en su última respuesta a Roberto Breña (RB), que por fortuna los excelentes trabajos historiográficos de este último parecen asumir en gran medida el supuesto implícito de que la interpenetración entre prácticas y discursos, pensamiento y acción, resulta mucho más productiva para el conocimiento histórico que el establecimiento de una estricta separación conceptual entre “ideas” y “acontecimientos”. Sin embargo, en este debate muestra un gran interés en restablecer dicha separación entre “ideas” y “acontecimientos”, que ante su vista vuelven a aparecer como dos tipos de entidades “disjuntas” e interactuantes. Ahora bien, como dice también Elías, el énfasis en la distinción entre unas y otros (ideas y acontecimientos), como si se tratara de “realidades” independientes, supone en gran medida volver la espalda a algunas de las principales aportaciones metodológicas de la historia político-intelectual durante estas últimas décadas.

Pero no era ese el punto que me gustaría tratar en este comentario, sino más bien la crítica de Roberto a mi afirmación de que los historiadores deberíamos tener muy en cuenta la visión que los agentes históricos tenían de las cosas (entre ellas, por supuesto, “las propias denominaciones partidarias de los protagonistas”). Frente a esa especie de “exceso de empatía”, apoyándose en varias citas de J. Ellis,  RB toma posición en favor de las ventajas de una visión más distanciada y retrospectiva de las cosas.

A mi juicio, sin embargo, estamos otra vez ante un falso dilema, pues más bien parece que el historiador, como sugiere el propio Ellis, debería esforzarse por mirar las cosas a la vez “de lejos” y “de cerca”.  En lo que a la historia de los conceptos y de los discursos respecta, es claro que esta especialidad historiográfica carecería de sentido si no existiera esa distancia temporal, puesto que el intento de “recuperar” y trasladar a nuestro tiempo conceptualizaciones parcial o totalmente perdidas que es necesario “traducir” a los lectores actuales presupone un juego de ida y vuelta entre diferentes momentos históricos o umbrales temporales; digamos, para simplificar, entre “el presente” y “el pasado” (y probablemente también el uso de un cierto utillaje analítico constituido por categorías hasta cierto punto “metahistóricas”, como por ejemplo “campo de experiencia”, “horizonte de expectativa”, “redescripción retórica”, etc.).

Por poner un ejemplo, nuestra reflexión sobre la “temporalización” interna de muchos conceptos políticos en el mundo iberoamericano de las primeras décadas del siglo XIX (entre ellos, de las “modernas” denominaciones de los partidos: “liberales”, “conservadores”, “progresistas”, “reaccionarios”, etc.) extrae una enorme ventaja de la distancia temporal que nos separa de aquel momento. Precisamente el hecho de encontrarnos actualmente en una fase de profunda transformación de algunos supuestos esenciales de la modernidad nos permite contemplar de un modo mucho más “distanciado” y lúcido esa “modernidad pasada”, en parte marchita. Pero para sacar todo el partido posible a esa ventaja de la asincronía hay que esforzarse, naturalmente, por entender a los actores históricos en sus propios términos, sobre todo en la medida en que no coinciden con los nuestros. Diríamos, un poco paradójicamente, que hay que partir de un cierto “anacronismo asumido” (o sea, del a priori de la no coincidencia de nuestros modos de ver el mundo con los de los agentes, que no serían así –o al menos no lo serían totalmente– nuestros contemporáneos) para no incurrir en anacronismos falaces y no deseados.

 

 




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