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Discusión sobre: Autonomía e independencia en la crisis del orden virreinal, de Ana C. Ibarra

 

elias Autonomía e independencia en la crisis del orden virreinal, de Ana C. Ibarra   2006-11-25 15:46:32.0
   EN este texto, Ana Carolina Ibarra analiza los distintas acepciones de los términos "autonomía" e "independencia" mostrando las ambigüedades semánticas que los mismos contenían y los problemas que plantea a la investigación histórica el perder de vista esta ambigüedad.

Respuestas

elias Respuesta de Javier Fernández Sebastián al texto de Ana Carolina Ibarra
2006-11-25 15:52:25.0
   

Quisiera decir en primer lugar que el texto de Ana Carolina Ibarra (ACI) me ha interesado mucho, y me ha parecido sugerente y bien planteado. El texto se sitúa en el marco de lo que pudiéramos llamar “nuevo paradigma” de interpretación de las revoluciones de independencia hispanoamericanas (F.-X. Guerra, J. C. Chiaramonte, A. Annino, J. Rodríguez, J. M. Portillo...). Y, desde el punto de vista metodológico, se enmarca en la nuevas aproximaciones lingüísticas que últimamente intentan renovar la historia política e intelectual en la región, cuestionando las concepciones actualmente imperantes, basadas en el análisis de “las ideas”, “las tradiciones políticas” o “las corrientes ideológicas” del pasado (recientemente hemos visto una interesante muestra de esa pugna epistemológica en el texto de E. Palti sometido a debate en este mismo foro). O, dicho de otra manera, su perspectiva no es ajena al esfuerzo que bastantes de nosotros estamos haciendo para tratar de pensar los mundos políticos e intelectuales del pasado en los términos más próximos a los agentes. Y para entrar en esos mundos parece aconsejable servirnos de la llave de los conceptos y de los lenguajes (lo cual, sin embargo, no deja de plantear nuevos problemas, algunos de los cuales saldrán a relucir en este comentario).

Su inteligente discusión acerca de la noción empírica de independencia en la crisis del orden virreinal en Nueva España/México señala con razón el anacronismo en que muchos historiadores han incurrido al interpretar este concepto crucial en el momento de la ruptura “a través del prisma de la formación de la nación”. ACI muestra que entonces el término independencia (como casi todos los conceptos políticos) no poseía un único significado fijo y estable, sino que, por el contrario, permitía una variedad de usos que nos remiten a un abanico de significados sociales controvertidos, ambiguos y fluctuantes. Señala, además, que tales sentidos han de entenderse “en relación directa con los hechos”, y sugiere algunas líneas evolutivas de esos usos semánticos cada vez más radicalizados, al hilo de las circunstancias por las que fue atravesando la crisis abierta en el virreinato y en toda la monarquía en 1808-1810.

Partiendo, pues, de mi declarada simpatía de fondo hacia el enfoque del texto y compartiendo en gran medida sus contenidos y conclusiones, mi comentario se reducirá a dos puntos principales. De corte metodológico, el primero. Más centrado en el tema de su investigación, el segundo. Vayamos por partes.

La primera cuestión que me gustaría objetar (o más bien matizar) al texto de ACI se refiere a lo que se me antoja excesivo énfasis en contraponer “las palabras” y “los hechos”. En las páginas introductorias, la autora, en efecto, sitúa reiteradamente por un lado las palabras, los discursos y los conceptos; por el otro, los hechos, los contextos y las circunstancias. Así pues, palabras contra hechos. Ciertamente el estatuto epistemológico de unas y de otros no es el mismo, como tampoco deben serlo las correspondientes estrategias de análisis.  Analizar textos y discursos no es lo mismo que estudiar las realidades extralingüísticas (muchas veces virtuales) a que tales expresiones o declaraciones se refieren. Todos sabemos, sin embargo, –al menos desde Austin– que hablar es una forma de actuar (y de inducir actuaciones en los demás) y, por tanto, las palabras pueden ser vistas también legítimamente como hechos. Y, desde la perspectiva opuesta, tampoco los hechos son independientes de las palabras, pues ¿acaso es posible concebir en política “hechos puros”, desprovistos del elemento lingüístico que les da sentido? En fin, no quisiera extenderme demasiado en este tema. Bástenos recordar, por ahora, que haber contribuido a cerrar hasta cierto punto la brecha entre lenguaje y acción ha sido precisamente uno de los méritos de la llamada “escuela de Cambridge”.  De ahí mis reservas hacia el planteamiento, fuertemente dicotómico, que hace ACI en las dos páginas preliminares de su escrito.

Pienso además que detrás de este asunto, aparentemente anecdótico, hay un problema más profundo de comprensión del papel del lenguaje en la vida política y social. Y, en este sentido, me parece que sería muy útil la lectura reflexiva de algunas páginas de R. Koselleck y H.-G. Gadamer, entre otros.

¿Por qué me parece fundamental a este respecto la aportación de la historia conceptual y de la hermenéutica alemana?  Para explicarlo con algún detalle precisaría de un tiempo y de un espacio del que, por fortuna para todos, no es posible disponer en esta clase de ciberdebates. Sólo señalaré que el enfoque pragmático al estilo de Skinner no me parece suficiente. Skinner y sus seguidores insisten sobre todo en los juegos retóricos del hablante o autor del texto, y en su capacidad manipuladora e innovadora (siempre, desde luego, sobre la base de un determinado contexto intelectual y en ciertas circunstancias concretas de enunciación). A Koselleck, al contrario, sin desdeñar las luchas coyunturales entre los hablantes por interpretar tal o cual término de la manera más favorable a sus propósitos, le ha interesado sobre todo la semántica histórica a largo plazo y la compleja temporalidad interna de los conceptos. Así, en una de sus últimas conferencias, cuya versión española aparecerá próximamente en un dossier de la Revista de Estudios Políticos sobre “Historia, lenguaje y política” (núm. 134, diciembre 2006), insiste Koselleck una vez más en la tensión ineludible entre innovación y repetición como una constante de la experiencia humana que hace posible el cambio histórico. Sostiene, en fin, que en el mundo cultural, histórico y lingüístico no hay innovación que no se apoye en alguna forma de recurrencia.

Todo este largo rodeo para decir que habría que matizar una afirmación tan rotunda como la que hace ACI cuando asevera que “la palabra “independencia”, como las demás palabras, no puede entenderse sino en relación directa con los hechos, de allí que su significado tampoco pueda entenderse a partir de los resultados de un proceso de mayor duración” (p. 2). Aunque comparto plenamente la exigente voluntad de historicidad que anima a la autora en su alegato contra el anacronismo historiográfico (y contra el teleologismo), conviene no perder de vista que el lenguaje no se reduce simplemente a un instrumento efímero y maleable, ni mucho menos debe considerarse un simple reflejo fechado de las “realidades externas”: también es una tradición. Y precisamente por serlo –por constituir una estructura compleja y profunda, transmitida a largo plazo de generación en generación– los agentes históricos disponen en un momento dado de esa amplia gama de significados y de todo ese margen de ambigüedad que les permite usar de manera innovadora, incluso contradictoria, las mismas palabras.

Mi segunda observación se refiere ya al tema concreto de su aportación. Su exposición me parece clara, bien argumentada y convincente. Hay varios aspectos en los que me gustaría entrar. Sin embargo, para no alargar demasiado este comentario, me limitaré a sugerirle a la autora la conveniencia de ampliar el foco para contemplar lo que sucedía a la vez –o un poco antes, o un poco después– en otros espacios del Atlántico hispano (y del Atlántico tout court). Así, por ejemplo, coincido con ella en que el concepto de independencia en muchos contextos no tenía en 1810 (ni en 1812) el sentido de ruptura con España que fue adoptando en los años siguientes. Y, con mucha perspicacia, señala ACI que “fueron las autoridades españolas quienes con más frecuencia lo entendieron de esa forma”, o sea, en el sentido revolucionario de “sublevación, desafección e insubordinación” (p. 13), lo que sin duda pudo contribuir a agudizar la crisis, y a radicalizar la retórica en torno a ese concepto. (Por cierto, creo que algo parecido ha sucedido históricamente bastante a menudo. Las primeras etapas del uso estereotipado de términos como “liberalismo”, “republicanismo” y otros conceptos similares, por ejemplo, deben mucho a sus adversarios y contrincantes, que usaron y abusaron de tales términos, aunque fuese con intenciones denigratorias, lo que contribuyó a fortalecer de rebote esas identidades políticas nacientes).  Pero, al margen del fenómeno general, probablemente psicológico, de que el enemigo –o el inquisidor– está generalmente presto a “descubrir” (o más bien a imaginar) las intenciones más recónditas y malévolas de sus oponentes, en este caso pudo haber razones históricas particulares que explicarían esa inclinación de los peninsulares a tomar la voz independencia en su acepción más extremista (como lo hicieron al parecer los fiscales del proceso contra Morelos, desde el comienzo de los interrogatorios). No en vano observa el español Antonio de Capmany, al inicio de la sangrienta contienda contra Napoleón, que la voz independencia, junto con libertad, se convirtió rápidamente en la “palabra favorita” del momento (Centinela contra franceses, 1808): tampoco por casualidad algunos años después la conflagración sería conocida como “Guerra de la Independencia”. En esos años, por tanto, para los españoles europeos –o simplemente para los que llegaban a América desde la península– “independencia” adoptó ciertas connotaciones bélicas y revolucionarias (e incluso “nacionales”) de las que esta palabra carecía hasta entonces, o al menos no era su sentido más habitual. Así pues, los españoles de la metrópoli, al atribuir intenciones “independentistas” a los insurgentes novohispanos, estarían en cierta manera proyectando sobre los americanos las intenciones y sentimientos que ellos abrigaban (o habían abrigado) hacia el gobierno intruso de José Bonaparte y, más en general, contra los franceses. (Sin embargo, conviene notar que estamos en una época en la que todavía no se había difundido el llamado “principio de las nacionalidades”: no deja de ser significativo al respecto que hasta mediados de siglo la Real Academia de la lengua no precisara en el lexicón oficial una segunda acepción de la voz independencia, definida como “libertad, y especialmente la de una nación que no es tributaria ni depende de otra”: DRAE, edic. de 1852, énfasis añadido: JFS).

Merecería la pena también seguir los usos de esta palabra en esos años cruciales en otras partes de la América hispana (pero eso naturalmente no sería ya tanto un enriquecimiento del trabajo que comentamos, cuanto otro trabajo diferente). A la historiografía más reciente (J. E. Rodríguez, F. Morelli, J. M. Portillo, etc.) no le ha pasado desapercibida esta dimensión lingüística de la cuestión, y los malentendidos a que dio lugar. Federica Morelli, por ejemplo, en el primer capítulo de su libro Territorio o Nación (edic. esp., 2005), estudia “el itinerario del término ‘independencia’”, y observa que “la independencia proclamada por los habitantes de Quito en 1811 no se dirigía (...) contra España, sino tanto a Lima como a Bogotá”. Y algo parecido sucedía a su vez en el escalón inferior, cuando numerosos gobiernos urbanos se definen como “independientes”, expresando de ese modo “el deseo de autonomía de cada una de las ciudades (...) contra las pretensiones hegemónicas de Quito” (pp. 71-73). Aunque es evidente que la problemática de la América andina era bastante diferente de la del virreinato de Nueva España, sería interesante recomponer el puzzle de los usos de “independencia” en todos los territorios, por alejados que nos parezcan (al fin y al cabo, la lengua era la misma y los textos circulaban a todo lo largo y ancho de la monarquía).

Ensanchando aún más el ángulo de visión, seguramente convendría también tener en cuenta la influencia que pudo tener en este aspecto el ejemplo angloamericano y, en particular el giro revolucionario que le habían dado al concepto de independence las trece colonias con la famosa Declaración de 1776 (estimo en este sentido que no carecería de interés una comparación sistemática de esta declaración con sus homólogas de la América hispana, así como de estos últimos textos, alocuciones y proclamas entre sí, poniendo de relieve las diferencias semánticas, políticas y retóricas entre ese puñado de textos, en sus respectivos contextos).

Me parece, por último, muy oportuno señalar, como lo hace ACI (p. 7), que la palabra autonomía no se utilizaba en el periodo del que estamos hablando. De hecho no empezaría a divulgarse hasta la segunda mitad del siglo XIX. Eso no quiere decir que los historiadores no puedan usarla hoy, como lo han hecho los autores mencionados un poco más arriba, para “traducir” a nuestros actuales parámetros de comprensión un término (“independencia”) cuyas acepciones más moderadas se han ido difuminando con el tiempo. Eso sí, siempre que seamos perfectamente conscientes de que se trata de una “traducción” que, si bien no se corresponde con el vocabulario de la época, trata de acercar al lector actual la manera de entender las cosas de los novohispanos (o los hisanoamericanos) de hace dos siglos.

 

 



elias Respuesta de Elías Palti al texto de Ana Carolina Ibarra
2006-12-05 22:21:33.0
   

Comenzando con el señalamiento metodológico de Javier, si bien estoy de acuerdo con el mismo, no me parece contradictorio con el planteo de Ana Carolina. Efectivamente, un lenguaje político no se reduce a la mera sucesión de sus usos singulares efectivos. De todos modos, esto no invalida la necesidad de ver cómo éste material simbólico se pone en juego en cada acto de habla concreto. Todo texto o todo enunciado supone al mismo un recorte de ese universo semántico, conlleva, en fin, una cierta operación sobre esa tradición. No necesito aclararle esto a Javier, pero, hecha la salvedad que él hace, no me parece ilegítima la empresa de Ana Carolina.

Las dudas en su texto me surgen cuando nos enfocamos más específicamente en su contenido. Como muestra también Javier, la idea de autonomía, aunque no aparezca en las fuentes, no cabe considerarla un anacronismo, en el sentido de que traduce más ajustadamente lo que los actores solían entender por independencia. Ahora bien, como surge del propio análisis de Ana Carolina, tampoco el término independencia, en el sentido actual del mismo, y aún cuando no sea la acepción más corriente en ese momento, cabria considerarla un anacronismo. Al menos desde la independencia americana, la idea de una ruptura político con la metrópoli rondaba ya “en el ambiente”. Si los realistas lo señalaron más precisamente, por el temor que esta alternativa suscitaba, tampoco habría de pasar desapercibida a los criollos. En todo caso, el aporte del trabajo de Ana Carolina radica en señalar las distintas acepciones posibles que por entonces tenía el término independencia y la necesidad de deslindar en qué sentido era usado, en cada caso, el mismo.

El núcleo del debate historiográfico, sin embargo, creo, se sitúa en el otro de los puntos que señala Javier. La verdadera paradoja que se plantea a la historia conceptual en este periodo es que haya aparecido ya el término independencia, en un sentido moderno (que, aunque vimos, no era el más usual, pero tampoco era ya algo inconcebible) cuando todavía no había aparecido todavía el “principio de las nacionalidades”. La pregunta que esto inmediatamente va a plantear es respecto del “quién” de la independencia: qué unidades política deben independizarse y respecto de cuáles otras. Los pocos ejemplos que trae a colación Javier sirven ya de muestra de la complejidad de la cuestión, en la que pluralidad de actores, de diversa índole, van a estar involucrados, dando lugar a ambigüedades y diversidad de respuestas posibles y contrastantes a dicha pregunta (que es, en definitiva, el punto que habría escapado a los relatos historiográficos tradicionales y que el enfoque reciente en la historia político-conceptual vendría a poner en consideración).



javier Respuesta de Javier Fdez. Sebastián sobre el texto de Ana Carolina Ibarra
2006-12-11 18:47:41.0
   
Estoy de acuerdo con Elías en que, una vez que se puso sobre la mesa la noción fuerte de independencia –en el sentido actualmente convencional de separación o “independencia absoluta”, como solía decirse en la época–, la cuestión planteada apuntaba en el fondo el doble problema del “quién” y del “de quién” (puesto que, por su propia naturaleza, el concepto de independencia tiene dos sujetos, uno activo y otro pasivo): ¿Quién se independiza? ¿de quién lo hace? Aunque en el caso de México la respuesta a estas dos preguntas esté relativamente clara (de ahí que Ana Carolina no se haya ocupado mucho de eso en su texto), en otros territorios menos caracterizados e institucionalizados, o simplemente con fronteras peor definidas, esa fue, como sabemos, una de las cuestiones más espinosas (sobre todo porque tanto el “quién” como el “de quién” podían multiplicarse con facilidad). En este sentido, la cuestión del sujeto de la independencia sería simplemente un caso particular de un problema más general: el de un racimo de conceptos interconectados –nación, soberanía, representación, constitución, opinión, pueblo, patria, provincia, república, Estado...– que superponen parcialmente sus “áreas semánticas” y remiten frecuentemente unos a otros, formando una especie de “redes sinonímicas” o de implicación mutua.  Como sugería recientemente Noemí Goldman en el encuentro de Rosario, todos esos y otros conceptos similares definen, presuponen o reclaman un sujeto (o varios, siempre que puedan ensamblarse entre sí). Sería interesante tratar de identificar ese juego de sujetos y observar el lugar específico (y variable) que ocupó en cada país y en cada momento, a lo largo del proceso emancipador y, más tarde, durante la construcción de los nuevos Estados, el concepto de “independencia” en el seno de ese plexo conceptual (por supuesto, no se trata de un lugar fijo y perfectamente definido, sino de un espacio difuso, al cual sería posible aproximarnos a través del análisis de los discursos políticos concurrentes en términos históricos).


alfavila Muchas formas de independencia
2006-12-27 06:41:13.0
   Antes de iniciar mi comentario, he de felicitar a la autora de este texto, Ana Carolina Ibarra, pues abre de excelente manera un tema que, con miras a las conmemoraciones de las emancipaciones iberoamericanas, debe estar presente en los debates historiográficos. Esta felicitación quiere ser también un exhorto, una invitación, para que Ana Carolina Ibarra desarrolle todavía más el tema que ha abordado, pues si bien coincido en las principales hipótesis que plantea todavía me quedan varias dudas. En términos generales estoy de acuerdo en que, cuando en el discurso político de 1808-1810 aparece el término ?independencia?, en la mayoría de las ocasiones se refiere a separar la América Septentrional de la antigua metrópoli que, se suponía, se hallaba dominada o a punto de perderse por las tropas napoleónicas. O España ya no existía o dejaría de existir en breve, por lo cual, los partidarios de conservar los dominios del rey legítimo consideraban arriesgado reconocer a cualquier gobierno establecido o por establecerse en la metrópoli. La conservación de la religión, la lealtad al monarca y la defensa de la independencia (ante los franceses) son tópicos que nos encontramos en la mayoría de los discursos de los años que señalé antes. Sólo que no es lo mismo decir esto y enviar al mismo tiempo recursos para la resistencia en la península (como hizo Mariano de Beristáin) que pegar un cartel de forma clandestina (como sucedió en febrero de 1809 en la Catedral de México). Nada más lejos, pues, de la ?independencia nacional?, que estas primeras manifestaciones. Esta consideración me lleva a hacer dos observaciones, pero antes quiero expresar alguna duda que me queda. Ana Carolina Ibarra es muy persuasiva en su ensayo, incluso cuando refiere la actitud de José María Morelos, pero no hace comentario alguno sobre el Decreto Constitucional de Apatzingán, en el que la independencia sí está relacionada con la erección de un Estado nacional republicano. En ese caso (muy importante, además), el término independencia se parece mucho más al que se usaría años después. Me intriga (siempre me ha intrigado) la radicalización en el campo moreliano que condujo al republicanismo y, en este caso, a un concepto más nacionalista de la independencia. Pero vuelvo a las observaciones que me surgen de la lectura del texto de Ana Carolina Ibarra y de los brillantes comentarios que hasta ahora ha tenido. Para empezar, el término ?autonomía? que algunos historiadores (Hugh Hamill, Timothy Anna, Virginia Guedea) acuñaron para aclarar que cuando en el periodo iniciado en 1808 los textos dicen ?independencia?, no están diciendo ?independencia nacional?, puede salir sobrando con las precisiones que hace Ana Carolina Ibarra. En segundo lugar, quiero insistir en que el uso del término no implica ningún ?principio de nacionalidades? y, por lo mismo, no me parece que la paradoja que observa Elías Palti deba preocuparle. En todo caso, habría que rastrear (y este trabajo bien puede hacerlo la autora) el uso del término independencia antes de 1808. Quiero dar algunas pistas: es frecuente que las villas y pueblos sujetos de alguna villa o ciudad con ayuntamiento buscaran no depender de esa cabecera y erigir propio ayuntamiento. Esto también fue muy común en las repúblicas de indios. No recuerdo ahora si empleaban el término ?independiente? en las peticiones que elaboraban, pero sí ?no depender?. En donde sí se empleó ocasionalmente el término mencionado es en la documentación entre las autoridades de las Provincias Internas y el virrey de México. Desde su erección, el estatuto de las Provincias Internas siempre fue indefinido. En ocasiones dependían más del gobierno de México, en otras eran más independientes. Hacia 1814 y todavía en 1820 hubo propuestas para que el gobierno de las provincias fuera ?independiente? del de México. Por supuesto, esto no implicaba que se considerara que aquellas enormes regiones formaran una entidad políticamente independiente (ni siquiera se tenía idea de los confines septentrionales de esos territorios) sino sólo que las autoridades con sede en Durango y en Monterrey no estuvieran sujetas al virrey de México. De cualquier forma, eran parte de los dominios de la monarquía española. El caso de las Provincias Internas me da pie para hacer un último comentario, con relación a una pregunta de Palti y una consideración de Javier Fernández Sebastián: ¿Qué entidad sería independiente? Creo que a partir de 1812 muchos adoptaron la opción de América Septentrional descrita en la Constitución de Cádiz, con lo cual incluirían al Caribe y a América Central, como quiso Agustín de Iturbide. Sin embargo, el Decreto Constitucional de Apatzingán no incluyó a Texas, Nuevo México y ambas Californias en la nación que estaba constituyendo. Hacia 1821, Manuel de la Bárcena afirmaría que Sonora podía unirse al imperio mexicano como Guatemala, aunque no fueran parte de México, aprovechaban la coyuntura. ?Tiempo vendrá? diría el mismo arcediano de Michoacán, ?en que aquellas vastas regiones busquen su independencia de México? (se refería a Nuevo México). Y es que, a diferencia de lo que dice Fernández Sebastián, la respuesta a ?¿quién se independiza?? en el caso mexicano no es tan clara. Nueva España nunca constituyó una entidad con fronteras definidas. El estatuto de las Provincias Internas, como dije, no se hallaba definido y ellas mismas no tenían fronteras al norte (el tratado Adams Onís es muy tardío, de 1819, ratificado dos años después). Para algunos, Nueva España sólo cubría dos audiencias (México y Guadalajara), pero había quienes incluían siquiera parte de la de Guatemala. En fin, que la pregunta, aun para el caso mexicano, sigue pareciéndome importante y creo que debemos plantearla.

RMoreno La voz "independencia" antes y después de la invasión napoléonica
2007-01-24 00:26:56.0
   El texto de Ana Carolina Ibarra y los comentarios vertidos en este foro constituyen una clara muestra tanto de los considerables adelantos que se han alcanzado a través de la mirada lingüística de los procesos históricos cuanto de lo mucho que queda por hacer aprovechando esta misma metodología. Mi atrevimiento de incluir un comentario entre tan distinguidos especialistas se debe a lo altamente provechoso y sugerente que ha resultado el debate. Me limitaré a un par de cuestiones. Por principio de cuentas, poco se puede agregar a lo claramente expuesto por el profesor Fernández Sebastián acerca de la imprescindible relación entre hechos y palabras. Me parece que la voz ?independencia? denota con gran nitidez la llamada dimensión performativa de las palabras. Como suele suceder con los lenguajes políticos, al hablar de independencia no sólo se habla sino también se hace. La ?independencia? como acto-de-habla construye su propio referente. En otras palabras, no creo que sea hiperbólico señalar que, de algún modo, cuando los textos hablan o publican la ?independencia?, concomitantemente la están construyendo. La independencia fue, en este sentido, una construcción simbólica y una condición de posibilidad política para determinadas comunidades. Coincido plenamente en que se deben ampliar los horizontes cronológicos y espaciales del estudio de los usos (más que desentrañar significados se trata de atender a los usos de los lenguajes públicos) de la voz ?independencia?. Si bien es cierto que el periodo 1808-1814 resulta particularmente complejo habida cuenta las muchas y muy ambiguas independencias que pudieron aludirse (justamente este esfuerzo es uno de los méritos del artículo de Ana Carolina Ibarra: restituir la historicidad y la polisemia en dicha coyuntura), me parece que dicha ambigüedad si no se diluye cuando menos se reduce en los momentos previo y posterior a la invasión napoleónica. Si recordamos el clásico estudio de Raúl Cardiel Reyes (La primera conspiración por la independencia de México, México, FCE, 1982), en 1793 el Tribunal de la Inquisición en la ciudad de México investigó una conjura que buscaba que ?este Reino? (la Nueva España) debía ?quedar en república libre? (p. 138) y a los procesados se les preguntó si aprobaban ?las máximas de los franceses sobre libertad e independencia? (p.173). Por otra parte, entre 1821 y 1822 surgió un significativo debate sobre la ?voz independencia?, tal cual. En todos los casos los folletos hablaron sobre la independencia absoluta con respecto a la metrópoli; los hilos conductores del debate fueron su conveniencia u oportunismo, la imposibilidad de realizarla, el ingrediente de traición o irresponsabilidad, el estado de desarrollo o madurez que la permitían (o no), o su completa discordancia con el orden divino, etc. Así, todo parece indicar que los referentes de la ?independencia? estaban para entonces bastante claros: ?No se deben confundir las ideas ni los sentidos de esta palabra independencia?, decía uno de los folletistas (J.B.M., Verdadera esplicación de la voz independencia, México, Oficina de Alejandro Valdés, 1820). La viscosidad, digamos, del contenido de la ?independencia? estudiada por ACI se redujo en 1820, empero los usos del término siguieron gozando de un potencial particularmente rico y manipulable para establecer las demandas políticas. En definitiva, para ese momento la independencia se incrustó en el marco referencial y simbólico de los debates públicos condicionados por la Constitución y fue, por tanto, pensable y decible. No queda duda alguna de que la ?independencia? que tanta preocupación causó entre los publicistas de los años 1820-21 se trató de la separación política entre metrópoli y colonias. Lo que de ningún modo está claro es el ?quién? de que hablan tanto Elías Palti como Javier Fernández Sebastián y Alfredo Ávila. Si bien el ?de quién? apunta ?en la mayoría de los casos? a la independencia de ?España? (así, con un sentido casi monolítico y unificador de España como nación); por el contrario los referentes del ?quién? siguen siendo América (toda la América, esta América, las Américas...), esta nación (o la nación), la patria y en mucho menor medida la Nueva España. Como ya lo apuntó Ávila, el sujeto de la independencia no está definido ni tiene fronteras concretas (ni en 1808 ni en 1821). Me parece que en la medida en que logremos identificar los usos que se le fueron dando a los lenguajes públicos podremos ser capaces de entender la construcción simbólica del Estado nacional, en este caso. Habría que ver, por ejemplo, si en Puebla o Yucatán o Guatemala se operaron los mismos ?desplazamientos de sentido? con respecto a la palabra independencia y si el sujeto de la misma era semejante en todos los casos (en efecto, quizá antes que definirlo simplemente lo presuponen). Esa sería una vía para estudiar la edificación simbólica de la independencia en tanto erección de un Estado nación. En suma, y con el temor de haber abusado de este generoso espacio, celebro la oportunidad de continuar problematizando los procesos de independencia con ánimos inquisitivos y renovadores más allá de las conmemoraciones y los lugares comunes.

Ana Carolina Ibarra Agradecimiento y respuesta
2007-02-01 19:13:51.0
   En primer lugar, quiero decir que me da mucho gusto que mi texto sobre ?Autonomía e Independencia en la crisis del orden virreinal? haya suscitado polémica en el Foro, a la vez que agradecer los ricos y estimulantes comentarios de Javier Fernández Sebastián, Elias Palti, Alfredo Ávila y Rodrigo Moreno. Creo que, en efecto, compartimos todos una misma perspectiva al tratar de pensar los mundos políticos e intelectuales valiéndonos de los aportes de la historia conceptual y de los lenguajes, como lo ha dicho Javier. Coincidimos también en la crítica a las interpretaciones anacrónicas de estos procesos y en la necesidad de ampliar el foco para entender los procesos en contextos más amplios, hispánicos y atlánticos. En la medida en que trabajaba en mi investigación, una inquietud rondaba en mi cabeza: poner en claro los usos del término independencia, porque si bien es un error mirarlo a través del prisma de la formación de la nación, tampoco me convence que pueda ser reemplazado sencillamente por el de autonomía. Mi objeción con este reemplazo (o traducción) de independencia por autonomía, es que el uso de la idea de autonomía de nuevo simplifica cuestiones que son en realidad mucho más complejas. Esto es lo que busqué problematizar a través de unos cuantos trazos (casos o ejemplos: el proceso de Morelos, la ocupación de Oaxaca y el proceso de Toraya). Como espero que el texto haya podido demostrarlo en los ejemplos recogidos, la idea de independencia a veces se entendió como algo subversivo, peligroso. No estoy en condiciones de demostrarlo en este momento, pero adelanto que muchas veces el término ?autonomía?, que ciertamente sirve para explicar las intenciones de algunos grupos y entidades respecto de otras, a la hora de ser empleada por los historiadores tiene una carga de inocuidad, o se refiere a procesos más moderados (negociados), reduciendo la connotación de peligro en muchos casos su uso. En este sentido, será muy útil relacionar la palabra independencia con otras como libertad, como sugiere Javier, o a la de revolución, palabras a las que aparece unida en muchas ocasiones. Esto nos ayudará a explicar, por ejemplo, como lo sugiere Alfredo, ?la radicalización en el campo moreliano que condujo al republicanismo?. Es verdad que no es independencia nacional y que el uso del término no implica un principio de nacionalidad, pero tampoco puede interpretarse exclusivamente como conseguir un mayor margen de acción o acceder al autogobierno. Como lo capta muy bien Elías: ?la verdadera paradoja que se plantea a la historia conceptual en ese periodo, es que haya aparecido el término independencia en un sentido moderno cuando todavía no había aparecido el principio de las nacionalidades?. Estaré muy atenta de aprovechar todas las sugerencias aquí vertidas: la revisión de Koselleck para matizar el planteamiento ?fuertemente dicotómico?, la ampliación del foco para contemplar otros casos del Atlántico hispánico, atender al quien y de quienes, pues en el caso de México la respuesta no es tampoco tan clara; en fin, ser consciente de un racimo de conceptos interconectados (nación, soberanía, representación, etc.) y poner el concepto en una perspectiva temporal más amplia: la noción de independencia desde antes de 1808 hasta los debates de1820-1821. Tomaré pues muy en serio la recomendación que se me hace de ?desarrollar todavía más el tema.?


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