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Discusión sobre: "INTRODUÇÃO. A emoção raciocinada" de Sergio Miceli

 

elias "INTRODUÇÃO. A emoção raciocinada" de Sergio Miceli   2005-08-29 11:34:38.0
   

El texto de Sergio Miceli examina el esbozo autobiográfico de Bourdieu en términos de reflexividad, es decir, buscando identificar experiencias estratégicas capaces de esclarecer conexiones y pasajes entre vida y obra, o tornar vivencias, interacciones, amistades, relaciones afectivas, materia prima de una cierta aprehensión iluminadora del mundo social.

Sergio Miceli es professor titular de sociologia de la Universidad de São Paulo y autor, entre otras obras, de "Intelectuais à brasileira" (2003, Cia. das Letras), "Nacional estrangeiro, história social e cultural do modernismo artístico em São Paulo" (2004, Cia. das Letras) y "A noite da madrinha" (2005, Cia. das Letras, 1a. ed., 1972).

Respuestas

elias Comentario de Pablo Kreimer al texto de Sergio Miceli
2005-12-28 09:34:34.0
   

Intervenir, hasta el final.

 

 

El texto de Segio Miceli me resulta muy estimulante para pensar en tres tópicos que están, naturalmente, sesgados hacia mis propios intereses, como sociólogo de la ciencia y, como tantos en Argentina y en Brasil, atento lector de Bourdieu. Esos tópicos podría resumirlos en a) el viejo problema de la reflexividad; b) la construcción de la racionalidad a posteriori, y c) la difícil cuestión de relacionar los aspectos subjetivos con la producción intelectual, artística o científica. No pretendo ?ni está a mi alcance- comentar los tres, ni muy articuladamente, sino sólo compartir algunas ideas que los rondan y que nos aproximan a ellos.

 

Hace algún tiempo, conversando con un colega, encontramos una dificultad común en nuestros trabajos, distantes sin embargo en cuanto a nuestras preocupaciones y proyectos respectivos. Comentábamos, entonces, la dificultad para lograr que actores sociales lograran relatar algunos episodios que los tuvieron como protagonistas, ?poniéndose en la piel? de aquellos que eran cuando los sucesos que nos ocupaban habían acontecido. Por el contrario, lo que ?coincidíamos- recibíamos eran reconstrucciones a posteriori que construían un sentido, una racionalidad, que no había tenido originalmente. Mi colega se refería a sus entrevistas con políticos desarrollistas, yo a mis entrevistas con científicos de laboratorio. A menudo, esas evocaciones eran ?imposibles de aceptar?, dado que referían al conocimiento de fenómenos futuros que los propios actores no podían conocer de antemano. Un ejemplo que me viene a la mente: el biólogo molecular César Milstein, premio Nobel de química, explicaba que la ?idea? de los anticuerpos monoclonales ya era algo que le había rondado la cabeza desde comienzos de los años sesenta, cosa harto imposible, ya que por entonces los elementos a partir de los cuales ello era ?pensable? no habían sido aún postulados.

Esta dificultad de orden metodológico para la mayor parte de los sociólogos no tiene nada de novedoso pero, en el caso de estos personajes, presentaba un problema adicional: sus reconstrucciones tenían una doble dimensión, la de ?inventarse un sentido? que les fuera propicio en función de sus prácticas presentes y, al mismo tiempo, legitimar con ese relato sus intervenciones presentes (en el campo científico o en el político). Por otro lado, en el caso de los científicos, se trata de un discurso que, en función de su alto grado de especificidad y esoterismo, suele adquirir una fuerte legitimidad por parte de los legos o de los públicos a los cuales se orienta.

El desafío que se nos presenta en estas ocasiones es el de ?desarmar? aquellos discursos e intentar situarlos como una pieza más de los procesos intelectuales, científicos o políticos que nos ocupan. Es decir: esa racionalidad a posteriori no explica las ideas y acontecimientos del pasado que nos interesa comprender, sino que forma parte, más bien, de la propia trayectoria de esos actores, como nuevas intervenciones, no como una  ?toma de distancia?. La paradoja que de allí deviene radica en que nuestra propia operación de ?puesta en cuestión? de esos discursos, implica, al mismo tiempo, una ?intervención? (y por lo tanto no inocente) en el campo que investigamos.

En el caso de los científicos se agrega, además, el hecho de que lo que está en juego es el universo de las representaciones ?sociales, cognitivas- versus la existencia real de los objetos de conocimiento. Así, mientras nos resulta más bien simple atribuir el carácter de constructo a, por ejemplo, cierta concepción de ?clase social? o de ?capital simbólico? como categoría de análisis, es difícil pregonar lo mismo para un gen, un microbio o un átomo, cuyas existencias el sentido común no pone en duda.

Bourdieu nos sumerge, en este sentido, en un espacio más complejo, en la medida en que uno de sus últimos libros ?también resultado de sus conferencias en el College de France- se titula, precisamente, ?ciencia de la ciencia?, con lo cual parecería articular, en un mismo plano epistemológico, ambos constructos.[1] ¿Es esto realmente así? Para aproximarnos ?ya es hora- a los textos de Bourdieu, veamos su posición al respecto: ??no es cierto que la ciencia de la ciencia sea necesariamente mejor cuando es practicada por científicos ?retirados?, por así decirlo, por científicos que han abandonado la ciencia para dedicarse a la ciencia de la ciencia, los cuales pueden tener cuentas que ajustar con la ciencia que los ha excluido o no los ha valorado como creían merecer...? y agrega, más adelante, que ?eso que llamamos epistemología está constantemente amenazado de no ser más que una forma de discurso justificativo de la ciencia o de una posición en el campo científico, o, incluso, una variante falsamente neutralizada del discurso dominante de la ciencia sobre sí misma.?[2]

 

Sería fácil leer, entonces, esta intervención de Bourdieu como su propio ?discurso justificativo? de una trayectoria que él mismo va trazando como ?programática?. De hecho, varios de sus textos comienzan con un giro semejante a ?habiendo trabajado el campo tal o cual, me aboco ahora al estudio de este campo en particular??[3] Pero, a mi juicio, hay más que ese simple posicionamiento como lo señala el propio Miceli (?? este esboço de auto-análise não constitui apenas un exercicio apurado de reflexividade (?) o texto propicia ainda um apanhado conciso de razões intelectuais e políticas em condições de justificar a força de impacto das obras do autor?).

 

En este sentido, el propio Bourdieu explica ?y su explicación me parece convincente- el escándalo que le provocaba la segmentación de la sociología como ciencia ?incipiente?: ?recuerdo en especial el congreso mundial de sociología de Varna, disperso en los grupos de sociología de la educación, sociología de la cultura y los intelectuales, que llevaba a cada una de esas ?especialidades? a abandonar los verdaderos principios explicativos de sus objetos? (pág. 89).  Por lo tanto, en relación con la preocupación de Miceli sobre el impacto de las obras del autor, y en particular sobre América Latina ?eufemismo por Argentina y Brasil- tal vez se pueda avanzar el doble juego de una disciplina ?la sociología- que se instituicionaliza y, en ese proceso de institucionalización, se especializa y, con el espanto de Bourdieu, pierde se ?unidad?, tanto de objeto como teórica. Es tal vez en ese sentido que el juego programático de Bourdieu se haya dirigido, a la vez, a jugar las reglas de este campo ?profesionalizante? de la sociología y, al mismo tiempo, conservar la unidad teórica, con el conocido recurso de ir ?saltando? de campo en campo, para mostrar que los problemas, bajo diferentes denominaciones, son al fin de cuentas los mismos. Naturalmente, caen bajo su invectiva los rivales que profundizaron esa tendencia a la profesionalización segmentada: Touraine y Jean-Daniel Reynaud en la sociología del trabajo, Viviane Isambert y la sociología de la educación, François-André Isambert y la sociología de la religión, Henri Mendras y la sociología urbana: ?jóvenes en ascenso que se reparten la investigación y los poderes según una división de especialidades, a menudo definida por los conceptos del sentido común, y claramente repartidas en otros tantos reinos? (pág.46).

Bourdieu es consciente de que su estrategia de reunificación (¡de un nuevo tipo de intelectual total!) es riesgosa: puede perder en los dos frentes; ser muy teórico  para los empiristas, y muy empírico para los teóricos. Según él mismo confiesa, durante mucho tiempo no se preocupó por la escasa repercusión que su obra tenía, y el espacio relativamente marginal que él mismo ocupaba, yendo a contracorriente del mainstream tanto ?profesionalizante? al estilo anglosajón como de los recursos teóricos ?bien pensantes? (pero insuficientes) del marxismo.

 

Sin embargo, uno no puede escapar a la tentación de suponer que era precisamente esa estrategia riesgosa la que lo impulsó. De hecho, su estrategia  de reunificación cognitiva a través de los ?saltos? de campo ¿no es también una estrategia de poder que hace frente a la corriente dominante y, de allí, intentar redefinir los límites de un campo dominado por gente como Raymond Boudon, ?capataz local, espiritualmente investido por Lazarsfeld, de la multinacional científica? (pág. 98) ¿No es acaso a partir de ella que el propio Bourdieu comenzará a reunir una cantidad cada vez mayor de capital simbólico, en una operación frente a la cual él mismo no puede pretenderse naïf?

 

Vale la pena terminar el comentario con la respuesta que Bourdieu les da a un grupo de científicos del INRA, luego de una conferencia sobre los ?usos sociales de la ciencia?, y luego que le pregunten sobre cómo responder, con sus investigaciones, a las ?demandas de la sociedad?, en una sorprendente arenga por la autonomía: ?El sabio o el literato que salen de su campo para expresarse apoyados en su autoridad específica vuelven enseguida a sus queridos estudios. Mi gran anhelo es que lo que se denomina comunidad científica ?que por otra parte no es una comunidad sino un campo con competencias, etc.- es decir, los sabios, los artistas, los escritores, se constituyan poco a poco como instancia colectiva para intervenir como una fuerza política y dar su opinión sobre los problemas que son de su incumbencia. (?) Ahora bien, me parece que deberían comenzar por defender su autonomía, por defender sus intereses específicos, es decir, en el caso de los científicos, sus condiciones de cientificidad, y a partir de allí, intervenir en nombre de los principios universales de su existencia y de las conquistas de su trabajo?. [4]

 

Dos notas apuradas se imponen en esta última cita: primero, que bajo las condiciones de una cientificidad que por omisión se supone ?objetiva? parecerían disolverse las tensiones de la lucha de sentido a las que dedicó buena parte de su obra. Segundo, que la lucha por intervención sobre el ?hablar legítimo? en nombre de la sociología ?y de la sociedad- , de sus verdaderos y de sus falsos problemas, parece haber consumido casi toda su biografía, al menos la que decidió hacer pública. En este sentido, el silencio que lamenta Miceli sobre su verdadera vida privada ?hijos, mujeres- no parecen un olvido: este auto-análisis es una intervención, casi póstuma.

 

 



[1] En este libro se incluye la primera versión un ?Esquisse pour une auto-analyse?, como un punto dentro del tercer capítulo.

[2] En cursiva en el original. Tomo la versión castellana del libro, que suma una mala traducción a la siempre difícil sintaxis de Bourdieu.

[3] Su célebre texto sobre el campo científico, escrito en 1975, es un buen ejemplo de una preocupación que uno percibe a lo largo de toda su obra.

[4] Les usages sociaux de la science. Pour une sociologie clinique du champ scientifique. Paris, INRA, 2000.




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