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Discusión sobre: "Política antigua / política moderna. Una perspectiva histórico-conceptual", de Javier Fernández Sebastián

 

elias "Política antigua / política moderna. Una perspectiva histórico-conceptual", de Javier Fernández Sebastián   2005-04-14 11:03:07.0
   

En este texto, que constituye una especie de epílogo del dossier "La naissance de la politique moderne en Espagne" (de próxima aparición en la revista Mélanges de la Casa de Velázquez), J. Fernández Sebastián cuestiona la capacidad heurística de las habituales categorías dicotómicas (tradición/modernidad, política antigua/política moderna, etcétera) y sostiene que, incluso en un momento de crisis tan aguda como lo fue la desencadenada en el mundo hispánico en 1808, esas dicotomías pueden dar origen a ciertas distorsiones. Por el contrario algunas herramientas teóricas de la historia conceptual resultarían de gran utilidad para interpretar de manera más refinada, en términos de solapamientos y de coexistencia de temporalidades múltiples, tanto los lenguajes, conceptos y corrientes de pensamiento como las identidades políticas de los agentes involucrados en aquellos cambios decisivos.



Javier Fernández Sebastián es profesor de historia del pensamiento político en la Universidad del País Vasco (Bilbao). Entre sus publicaciones recientes se cuenta un Diccionario político y social del siglo XIX español (Madrid, Alianza, 2002, en colaboración con Juan Francisco Fuentes) y un volumen colectivo titulado L?avènement de l?opinion publique. Europe et Amérique XVIII-XIXe siècles (París, L'Harmattan, 2004, en colaboración con Joëlle Chassin). También se ha ocupado últimamente de la edición de sendos dossiers monográficos dedicados a la historia de los conceptos aparecidos en las revistas Ayer (núm. 53, 2004) e Historia Contemporánea (núms. 27 y 28, 2003 y 2004). Actualmente coordina (de nuevo en colaboración con J. F. Fuentes) el volumen correspondiente al siglo XX del Diccionario de conceptos políticos de la España ontemporánea, y dirige un proyecto deinvestigación interuniversitario de historia conceptual comparada del mundo iberoamericano.

Respuestas

elias Comentario de Roberto Breña al texto de Javier Fernández Sebastián
2005-05-09 10:47:40.0
   

Resulta verdaderamente difícil comentar críticamente un texto tan claro y tan bien escrito como el que Javier Fernández Sebastián (JFS) expone estos días en el Foro "Iberoideas". En todo caso, los comentarios que siguen deben ser vistos como un intento por responder a la "invitación" que el propio JFS plantea al final de su artículo: "el primer liberalismo español es un excelente laboratorio y un auténtico desafío para la nueva historiografía política e intelectual". Antes de continuar, conviene advertir que los artículos que he escrito sobre el primer liberalismo español y sus nexos con las independencias americanas, coinciden notablemente con los planteamientos centrales del texto de JFS, por lo que aquí me centraré únicamente en las discrepancias que puedo entrever entre algunas de sus propuestas y las mías. Antes, sin embargo, resumiré los planteamientos que, en mi opinión, vertebran el texto "Política antigua/política moderna".

A riesgo de simplificar, de dejar fuera alguno que JFS considere importante y advirtiendo, por último, que varios de ellos son variaciones de un mismo tema, sugiero que dichos planteamientos son los siguientes:

  1. el devenir histórico es un juego incesante de innovaciones y permanencias
  2. todo planteamiento dicotómico aplicado a la historia tiene, por tanto, cierta dosis de simplificación y de tergiversación
  3. no existe tal cosa como la "política antigua" y, consecuentemente, no existe tal cosa como la "política moderna"
  4. no existe tal cosa como la "tabula rasa" en la historia (todo cambio, por radical que pretenda ser, se alimenta a fortiori de alguna tradición)
  5. a menos que caigamos en cierto teleologismo, no existe la "modernidad política", pues toda institución, por más "moderna" que sea (o pretenda ser), tiene algo de "tradicional"
  6. no hay modelos puros en la historia, sino, como escribe JFS, "una sucesión de ajustes, deslizamientos, infiltraciones y compromisos, de arreglos provisionales y contingentes" (p. 15)
  7. el lenguaje es, esencialmente, una herencia del pasado, pero, al mismo tiempo, es naturalmente plástico y, por ende, se presta para alejarse de dicho pasado
  8. los conceptos poseen "estadios semánticos" que son arrastrados por estos conceptos mucho más allá de lo que puede parecer a primera vista, por lo tanto, la "novedad" de cualquier lenguaje es siempre relativa
  9. por las razones anteriores, todos los conceptos, principios, o "ideologemas" deben ser utilizados por los historiadores con sumo cuidado si se pretende que sean válidos-útiles-pertinentes desde una perspectiva historiográfica

Está de más señalar que la lista precedente es en buena medida una reacción a esa historiografía liberal que durante tanto tiempo dominó el estudio del primer liberalismo español y de las independencias americanas. Se trata de una historiografía que atentaba, en mayor o menor medida, contra todos y cada uno de los puntos que conforman dicha lista. Ahora bien, enumerados así, resulta difícil no coincidir por completo con JFS. En lo que sigue, sin embargo, intentaré mostrar que si bien es sumamente importante no caer en lo que el autor denomina "las trampas del presentismo" (p. 9), me parece igualmente importante no caer en lo que podríamos llamar "las trampas de la historización".

Antes, sin embargo, quiero dejar planteado lo siguiente: una vez expresadas las reservas epistemológicas y metodológicas respecto al modo de acercarse a la historia del primer liberalismo español y de las independencias americanas (del liberalismo hispánico en suma), me parece importante que los historiadores pasen a ocuparse de la historia política, de la historia de las ideas o de los vínculos entre ambas. En otras palabras, que, en lo posible, eviten detenerse en variaciones y refinamientos de una serie de principios epistemológico-metodológicos sobre los cuales, en este momento, existe un "consenso generalizado".

Sé muy bien que esta última propuesta puede resultar sospechosa para algunos. Sobre todo en un contexto académico como el hispanoamericano, en el que las cuestiones metodológicas han sido despreciadas recurrentemente (con el costo que todos conocemos). Ante la imposibilidad de extenderme en este punto, lo ilustraré con una apreciación subjetiva que, espero, no lo sea tanto: cuando leo los trabajos metodológicos de Quentin Skinner, a partir de cierto momento me resultan excesivamente repetitivos y me pregunto si parte de esa energía intelectual no hubiera sido mejor aprovechada en la redacción de, digamos, una "segunda parte" de su extraordinaria obra Los fundamentos del pensamiento político moderno. Se podrá replicar que, en gran medida, Skinner ocupa el lugar que ocupa en el horizonte académico contemporáneo por sus trabajos metodológicos, pero me parece que ello no invalida el punto que quiero transmitir a este respecto. Sobre todo porque, insisto, en la actualidad existe un consenso evidente respecto a los aspectos centrales que JFS plantea en su artículo.

Ahora bien, es cierto que, con relativa frecuencia, este supuesto consenso es desvirtuado de diversas maneras cuando algunos historiadores pasan de las declaraciones historiográficas al análisis concreto de una etapa histórica, de una corriente de pensamiento o de los vínculos entre ambas. Sin embargo, ello no me parece una razón suficiente para darle vueltas, más o menos sofisticadas, a unos principios epistemológico-metodológicos que muy pocos historiadores estarían hoy dispuestos a poner en duda. Se trata, en cualquier caso, de tomarse realmente en serio el conjunto de prevenciones y reservas que JFS trata en su artículo (es decir, de escribir historia en consecuencia con ellas).

El punto en el que me quiero centrar, no obstante, es el que JFS denomina las "trampas del presentismo", sobre todo referido a uno de esos "sintagmas" que, nos advierte él mismo, deben ser manejados con precaución: el liberalismo. Para no caer en este presentismo, dice el autor, debemos "descontaminar" nuestra visión del pasado decimonónico de las distorsiones y evaluaciones ex post que han caracterizado durante demasiado tiempo dicha visión. Este proceso implica varias cosas; entre ellas, que los historiadores desarrollen una nueva sensibilidad que permita comprender las actividades de los sujetos históricos "de la manera más próxima al modo en que veían las cosas los propios agentes" (p. 9; un enfoque similar, por cierto, al papel privilegiado que Guerra concede a las "conciencia de los actores" para evaluar el periodo).

Respecto al "primer liberalismo español" (más concretamente, al liberalismo gaditano), este enfoque tiene riesgos que me parecen considerables y que si bien el autor no ignora, tiende a minimizar. Como JFS lo señala (p. 3), los testimonios de la época revelan una euforia sobre la magnitud y el alcance de los cambios que estaban teniendo lugar, más específicamente en relación con el potencial de las instituciones liberales (el autor habla en esa misma página de "un sentimiento desconocido de disponibilidad de la historia y de la política"). Ahora bien, esta manera de considerar la situación peninsular entre 1808 y 1814 concede a esos seis años un nivel de ruptura o de novedad que me resulta un tanto problemático. Este modo de ver el primer liberalismo español y las independencias americanas tiende a pensar las revoluciones hispánicas en las categorías que sus protagonistas le adjudicaron (y en las que ellos se adjudicaron a sí mismos), sobre todo en lo relativo a un aspecto central: la medida en que dichas revoluciones representan un rompimiento con el pasado. Estamos pues ante lo que JFS considera "el espinoso problema continuidad-ruptura en un tiempo de transformaciones aceleradas" (p. 9).

Qué duda cabe que tanto los líderes de la revolución gaditana, como muchos de los líderes de las independencias americanas, tenían una profunda sensación de estar creando algo radicalmente nuevo y que así lo manifestaban discursivamente. Sin embargo, desde mi punto de vista, es importante no confinarnos a las cabezas y al lenguaje de estos protagonistas de la historia y, al mismo tiempo, extender nuestra mirada un poco más allá del momento específico en que dichos actores tuvieron y expresaron esa sensación, y, por lo tanto, analizar cuál fue la profundidad de los cambios que tuvieron lugar. Tanto en el caso peninsular, como en el americano, esta mirada de mayor alcance (no mucho mayor, por cierto) nos proporciona una visión distinta, menos parcial, tanto del primer liberalismo español como de las independencias americanas.

No está a discusión que entonces surgió un sistema de referencias políticas completamente nuevo. Sin embargo, considero que deben tomarse en cuenta otros elementos al evaluar el liberalismo hispánico. Estos elementos deben ir más allá de las representaciones mentales de los agentes y de su discurso, así como del nivel institucional-formal (un nivel revolucionario per se en la época que nos ocupa). Esto no significa necesariamente caer en una visión esencialista del liberalismo. Se trata, más bien, de ese "anacronismo controlado" al que JFS alude en su trabajo (p. 16): una distancia temporal que puede resultar heurísticamente productiva y que, en este caso en particular, supone otorgar al liberalismo algunas cualidades mínimas que no dependan por completo de cada momento histórico.

En otras palabras, el temor a caer en las "trampas del presentismo" no debe llevar, como, por lo demás, el propio autor señala, "a renunciar completamente al uso de tipos ideales" (p. 16), so pena de caer en esas "trampas de la historización" que, a fuerza de contextualizarlo todo, tienden a convertir a la historia política en una noche en la que todos los gatos son pardos. Si esto se puede decir respecto al "tránsito" entre los siglos XVIII y XIX en general, me parece particularmente pertinente sobre el tema que mejor conozco: el liberalismo hispánico.

El predominio que ejerció durante demasiado tiempo la interpretación liberal de los procesos independentistas de América provocó el surgimiento de propuestas que, cayendo en el polo opuesto, plantearon la "imposibilidad del liberalismo" en la región. El péndulo ha oscilado nuevamente, y lo que nosotros hemos considerado una historización excesiva ha llevado a algunos autores a encontrar liberalismo un peu partout. Con un poco de rigor que se aplique a la definición de liberalismo que se adopte, se verá que no hay liberalismo a cada vuelta del camino de nuestra historia. Pero, más importante aún, la empresa me parece viciada de origen, pues, con relativa frecuencia, parece más una reacción a las tesis sobre la "imposibilidad del liberalismo" (en cualquiera de sus modalidades), que un descubrimiento, es decir, el resultado de una búsqueda intelectual "no predeterminada" (i.e., que no ha decidido de antemano sus "conclusiones").

Es claro que la historia conceptual puede ser de gran utilidad para lidiar con las cuestiones esbozadas hasta aquí. No sólo porque resulta prácticamente imposible no coincidir plenamente con casi todas las prevenciones que JFS percibe como elementos constitutivos de dicha historia, sino porque el propio autor, con su mesura habitual, advierte contra la ingenuidad de esperar demasiado de esa misma historia conceptual (p. 10). Es cierto que ella puede ayudarnos a no quedar atrapados en la "estéril alternativa" continuidad-ruptura (en la que, por cierto, casi todos hemos caído en algún momento), pero al no existir el "verdadero significado" de ningún concepto, lo que tenemos enfrente son otros peligros historiográficos y, por lo tanto, habrá que pensar en nuevas prevenciones.



elias Respuesta de Javier Fernández Sebastián al comentario de Roberto Breña
2005-05-26 10:48:13.0
   

Me gustaría aclarar, de entrada, que mi texto "Política antigua/política moderna" es el resultado de un encargo por parte de los editores de la revista Mélanges de la Casa de Velázquez, que me pidieron que escribiese un "contrapunto" al dossier "La naissance de la politique moderne en Espagne". En lugar de entrar en debate con este o aquel artículo concreto de los que componían el dossier, me pareció preferible hacer una serie de reflexiones a manera de epílogo que sobrevolaran un poco el conjunto, esbozando de manera muy genérica algunas líneas interpretativas y sobre todo sembrando un puñado de dudas, sin referencias empíricas a fuentes o casos concretos. Me moví por tanto en un terreno bastante vaporoso, vagamente "metodológico", y entiendo que, debido a su generalidad, a su falta de concreción, se trata de un texto difícil de comentar. Precisamente por eso agradezco muy de veras los comentarios de Roberto Breña (RB), que ha resumido insuperablemente su contenido (aun cuando su "estilización" de mis afirmaciones me obligará ahora a matizar algunas de ellas que, así desnudas de todo artificio, resultan demasiado rudas), y sobre todo ha puesto el dedo en la llaga de algunos puntos flacos de mi texto y ha señalado algunos posibles riesgos de mis ?llamémosles? "tesis" (por cierto, me parece dudoso que, tal y como reitera RB, hoy por hoy pueda darse por descontado que entre los historiadores actuales exista ya un amplio consenso sobre las ideas expuestas).

Y dicho esto intentaré responder a las cuestiones planteadas.

Para empezar, no estoy seguro de suscribir sin matices los puntos c) y e) del resumen de RB. Creo no haber afirmado tajantemente que no existe la "política antigua" ni la "política moderna"; lo que trataba era más bien de introducir cierta inquietud sobre la enorme simplificación que muchas veces implican tales dicotomías (pero tampoco hay que exagerar: una simplificación no se corrige con otra simplificación de signo contrario). Lo que pretendía sugerir es que no hay dos esferas separadas que respondan a esa polaridad "política antigua/política moderna", como quien dice polo positivo/polo negativo en un diodo, pero eso no quiere decir que esas denominaciones sean completamente inútiles o estériles para la historiografía. Y algo parecido cabría decir del punto e), cuando se me atribuye la afirmación de que "no existe la ?modernidad política?". Aunque el resto de la frase atenúa bastante la rotundidad de esta afirmación, yo no diría tanto. Es más: si se toman como los dos extremos ideales de un continuum, de un campo de fuerzas, y no como dos realidades sociales supuestamente evidentes, estaría dispuesto a mantener la pertinencia de ese cleavage para el estudio histórico de nuestras sociedades contemporáneas. Al fin y al cabo, si nos vedamos a nosotros mismos el uso de expresiones tales como "sociedad moderna", "política tradicional", y otras similares, estaríamos negándonos la posibilidad de referirnos de un modo global a la existencia de una brecha profunda, de una diferencia sustancial, entre las sociedades del antiguo régimen y las posteriores a las revoluciones liberales y de independencia. Y, por más que un "didactismo" extremo haya exagerado este contraste hasta la caricatura ?lo que nos aconseja ahora andar con pies de plomo?, no me parece que pueda razonablemente negarse esa diferenciación, ya sea en el plano simbólico, en la manera de concebir la legimidad del poder, en el terreno jurídico, etc. Sospecho, por otra parte, que en el fondo buena parte de los problemas residen en la propia naturaleza del lenguaje (del lenguaje humano, quiero decir), que difícilmente podría subsistir sin esas grandes simplicaciones ?¿qué son al fin y al cabo los conceptos políticos sino simplificaciones y "fotografías borrosas"??. Lo malo es cuando esas fotografías borrosas se nos quieren vender como imágenes nítidas de alta definición, que supuestamente retratarían fielmente "las cosas". Pero, hechas estas salvedades, sigo creyendo que los ideal-tipos ?esa especie de taquigrafía intelectual que nos sirve para representarnos de un modo sencillo realidades complejas? siguen siendo necesarios (insisto, siempre que no se abuse de esa suerte de "escritura abreviada", y sobre todo no se confundan conceptos cognitivos con realidades político-sociales empíricas).

Pero la objeción más sustancial de RB a mi texto aparece en las páginas 3 y ss., cuando sale al paso de los "peligros del historicismo", expresión en la que RB sintetiza los errores en que pudiera incurrir aquel historiador que, pretendiendo alejarse demasiado de esos otros peligros simétricos que yo denunciaba bajo la etiqueta "los riesgos del presentismo", viniera a caer en el extremo opuesto. Ese me parece sin duda el punto fuerte de su argumentación, y aunque me temo que para hilvanar una respuesta mínimamente inteligible necesitaría un espacio y un tiempo del que no es posible disponer en este tipo de diálogos virtuales (que por otra parte en este caso continúa una conversación cara a cara que ya tuvimos ocasión de entablar Roberto y yo hace unos cuantos meses, en una visita mía a México), me gustaría al menos exponer algunas ideas sobre la cuestión. Sobre todo, porque considero que el tema suscitado por Roberto es un tema importante, y sin embargo forma parte de esos supuestos epistemológicos de base en historia y en ciencias sociales que los investigadores rara vez nos cuestionamos. Y, por cierto, no se trata en absoluto de un tema nuevo: algunas de las cuestiones y dilemas planteados por RB en su comentario vienen rondándonos a los historiadores, sociólogos y similares desde los tiempos de Droysen, Weber y demás padres fundadores.

Según entiendo, lo que subyace en el alegato de RB son dos cuestiones entrelazadas:

1ª) el problema de la articulación de nuestros conceptos historiográficos con los conceptos vividos por los actores del pasado, y la suficiencia o insuficiencia de estos últimos (los conceptos, no los actores) para dar cuenta satisfactoriamente de ese pasado;

2ª) la cuestión de si el historiador debe necesariamente "evaluar" los procesos históricos que estudia, o puede darse por satisfecho con describirlos e interpretarlos.

Respecto del primer punto, estoy plenamente de acuerdo con Chartier cuando escribe que "la inteligibilidad del acontecimiento y de sus orígenes no puede ser reducida a la conciencia que de él tienen sus actores" (citado por RB), y que el análisis de los discursos no basta para dar cuenta de las prácticas no discursivas. Ahora bien, aunque ciertamente se trata de dos tipos ?o dimensiones? de realidad irreductibles a un único registro, me parece que el plano discursivo y el de la acción política se interpenetran mucho más de lo que la historia tradicional de las ideas, por una parte, y la historia política y social, por otra, han solido reconocer, y que va siendo hora de desarrollar una historiografía que tenga más en cuenta el carácter indisociable, interactivo, de ambos planos.

También me parece razonable la opinión de RB de que, a la hora de evaluar el liberalismo hispánico (soy yo quien subrayo: JFS), habría que ir más allá de las representaciones mentales de los agentes, así como del nivel jurídico-institucional, para recurrir a otros criterios e instancias menos formalistas, y relativamente "externas", por otra parte, a la conciencia que los agentes históricos tenían de los sucesos que vivían. Sin embargo, no comparto ese afán "evaluador". Me parece bien (incluso necesario) que otros historiadores aspiren a evaluar los resultados de las reformas, pretendan medir su alcance y su grado de eficacia, juzgar la gestión de la crisis por parte de las élites españolas y americanas, sus éxitos y sus fracasos políticos, etc. (eso sí, siempre que esa evaluación se efectúe de manera rigurosa, esto es, de acuerdo con criterios históricos adecuados, que se correspondan con la época estudiada, y no proyecten sobre el pasado los estándares de una política que sólo llega a triunfar a duras penas en algunos países en un momento muy posterior). Por mi parte, últimamente tengo bastante trabajo con intentar comprender, y dejo para otros el enjuiciamiento y la valoración. Me doy por satisfecho si logro ?o mejor dicho, si creo haber logrado? aproximarme un poco a la lógica difusa con la que obraban los actores, a su manera de ver el mundo político, a sus esperanzas, a sus temores y a sus fracasos. Y para eso no se precisa mucho más que un conocimiento general suficiente del momento histórico estudiado, una disposición empática hacia los agentes, un buen puñado de fuentes discursivas de la época, suficientemente ricas y variadas, y cierto sentido común a la hora de analizarlas. Admito que se trata de una opción personal, y que es imprecindible que otros historiadores saquen partido de la perspectiva temporal que nos concede una indudable ventaja sobre los actores del pasado, que obviamente desconocían lo que vendría después. Sospecho además, si se me permite este pequeño testimonio ego-histórico, que en el fondo de mi actitud hay un cierto hastío derivado de la sobredosis de "evaluación historiográfica" durante mis años de estudiante universitario: pienso sobre todo en la historiografía española del final del franquismo, en aquellos años ya lejanos en que los historiadores españoles estaban instalados en el "paradigma del fracaso". Por razones muy comprensibles, casi todos los libros de historia tenían entonces un tono militante y polémico, cuajado de juicios de valor, y de hecho la tentación de juzgar estuvo también muy presente en mis primeros trabajos, y en mi tesis de doctorado sobre el fuerismo vasco. En aquella historiografía de los setenta, fuertemente influida por el marxismo y el estructuralismo, había de todo, bueno y malo, pero eran legión quienes sometían constantemente a los procesos históricos al rasero de unas categorías analíticas exteriores a los sujetos (categorías que, no lo olvidemos, son ellas mismas también históricas). Durante mucho tiempo, en suma, vivimos en los medios académicos cierta hipertrofia de una voluntad de "explicación" y de "evaluación" historiográfica a toda costa, desde la perspectiva caballera del historiador omnisciente, armado de su caja de herramientas (pretendidamente) intemporales para todo uso, y nos faltó "comprensión", aproximación a los agentes y a los procesos en su particularidad. Tal vez por eso hoy prefiero adoptar en mis trabajos decididamente una perspectiva más emic que etic, y últimamente valoro mucho más las aproximaciones más comprensivas que explicativas (una opción que por otra parte coincide con los presupuestos de la historia conceptual y sociocultural de estos últimos años).

Pero claro, RB es mexicano y mucho más joven que yo, y sus coordenadas vitales son sin duda bastante distintas de las mías. Observo que está muy interesado en medir el alcance del primer liberalismo español, del mexicano y del hispánico en general (un tema al que ha dedicado en estos últimos años algunos excelentes trabajos, con cuyas conclusiones coincido en gran medida), y no tengo nada que objetar a ese interés, aunque no sea la perspectiva que personalmente estime como más interesante o productiva. Más objetable me parece que a la hora de medir el alcance y la solidez de esas realidades históricas nos proponga "otorgar al liberalismo algunas cualidades mínimas que no dependan por completo de cada momento histórico" (p. 5). Confieso que esa deriva empieza a inquietarme, en la medida en que parece sugerirse la conveniencia de aplicar una "vara de medir regímenes políticos" relativamente transhistórica o atemporal. Si se trata de eso, como historiador, me gustaría dejar aquí constancia de mi desacuerdo. Definitivamente considero un error fijar esa lista de "cualidades mínimas", externa al discurso de los agentes, olvidando que el liberalismo es una realidad histórica contingente y, por tanto, carece de una definición precisa de carácter apodíctico (un tipo de definición que sería en principio perfectamente aceptable, por ejemplo, en ciencia política, pero cuya aplicación al ámbito de la historia, y en particular en historia político-intelectual, es a mi juicio más que problemática). Por ejemplo, fijar una check-list del liberalismo ideal, e ir repasando los requisitos para ver si tal o cual liberalismo "empírico" encaja en esa lista de condiciones me parece someter a las realidades históricas a un lecho de Procusto similar a las viejas aproximaciones en términos de "modelos" (o sea, la Revolución francesa, modelo de revolución burguesa; la industrialización inglesa, modelo de revolución industrial, y así sucesivamente). Por ese camino podríamos llegar fácilmente a la conclusión de que los "liberales" europeos y americanos de Cádiz, esto es, los primeros liberales realmente existentes no eran "verdaderos liberales" (aduciendo, por ejemplo, que no se sujetaban estrictamente a las doctrinas de Locke, Smith, Montesquieu o Kant, y estaban demasiado imbuidos de escolástica; o que no dieron entrada en la Constitución a la libertad de conciencia y no incluyeron una declaración de derechos; que no fueron suficientemente "individualistas" o rupturistas con la historia; que fueron demasiado radicales y demasiado demócratas, o que no lo fueron suficientemente, y así sucesivamente). Ahora bien, ese discurso, por "histórico" que se pretenda, entra ya decididamente en el terreno normativo, y estoy convencido de que los historiadores debemos ser especialmente cuidadosos para no entrar en debate político con los agentes del pasado, ni "enmendar la plana" a los personajes que estudiamos. Es probable que al examinar de cerca el liberalismo de los liberales españoles de 1810 en adelante la comprobación de esos contenidos semánticos nos alejen del "canon" del liberalismo clásico de cuño británico, pero ese canon, demasiado tributario de la historia tradicional de las ideas, ya lo conocemos, y en cambio no conocemos tan bien a qué llamaban liberalismo aquellos liberales y aquellos antiliberales (he tratado de poner en práctica esta aproximación histórico-semántica en un artículo que aparecerá próximamente).

Comprendo que el perspectivismo histórico sea a veces difícil de aceptar, y que las implicaciones relativistas que tal enfoque conlleva puedan resultar inquietantes (reconozco que a mi también me asaltan no pocas dudas al respecto), pero, después de leer a Gadamer, Koselleck y demás, no creo que quepa razonablemente pensar que nuestras interpretaciones históricas puedan situarse al margen de la historia.

En fin, me parece que RB no debería preocuparse tanto por el hecho de que los historiadores, al "pensar las revoluciones hispánicas en las categorías que sus protagonistas le adjudicaron" tiendan a verlas como una ruptura radical con el pasado, sobrevalorando de ese modo la profundidad de los cambios acontecidos (pp. 4-5). Ciertamente en los primeros momentos abundan los testimonios de entusiasmo ante la aceleración histórica del tiempo de las revoluciones, incluso de confianza ciega en los poderes taumatúrgicos de la Constitución, pero, como RB sabe perfectamente (él mismo lo ha señalado en varias ocasiones), poco después serán asimismo muy numerosos los testimonios de amargura y decepción con los resultados cosechados por parte de muchos de sus protagonistas, tanto europeos como americanos. De manera que, incluso si miramos a través de los ojos de sus protagonistas, el panorama de ese tiempo, y en particular el balance final, no es precisamente de color de rosa. Incluso diría que a la larga las evaluaciones negativas tienen más peso que las positivas. Quiero decir que el historiador convencido de los escasos logros prácticos de las revoluciones hispánicas tiene problamente más fuentes discursivas en las que inspirarse que el historiador "optimista" que interpreta el liberalismo hispánico como un dechado de virtudes (de hecho, por lo que respecta el caso español, como se ha sugerido con ocasión del centenario del 98, el balance decididamente negativo que nuestros regeneracionistas hicieron del liberalismo español decimonónico ha constituido sin duda una de las fuentes de inspiración para la historiografía del fracaso y la anomalía española durante buena parte del siglo XX).

Termino pues esta respuesta, ya demasiado larga, dando las gracias de nuevo a RB por sus comentarios, y esperando que no tardando mucho podamos reanudar este debate de un modo más vivo y directo.



elias Comentario de Elías Palti
2005-05-26 14:16:27.0
   Quisiera retomar brevemente la respuesta de Javier al comentario de Roberto. Como señala Javier, entiendo que el eje del debate es la cuestión de la historicidad de las categoría políticas. Esto es, qué entendemos por esto, qué consecuencias conllevan las distintas posturas al respecto en el plano de la investigación histórica, etc. A fin de aclarar la cuestión, me parece que sería importante que Roberto precisara qué aspectos del liberalismo considera que no resultan "historizables", cuáles los rasgos que formarían parte esencial de su concepto, más allá de los cambiantes modos de su definición.

elias Respuesta de Roberto Breña
2005-07-25 19:48:35.0
   El liberalismo y los límites de su historización (Comentario de Roberto Breña) ...toda conceptualización de la historia revolucionaria comienza por la crítica de la idea de Revolución tal como fue vivida por los actores y transmitida por sus herederos: es decir, como un cambio radical, y como el origen de un tiempo nuevo. François Furet Pensar la Revolución Francesa En este comentario intentaré responder tanto a los planteamientos que hizo Javier Fernández Sebastián (JFS) en su réplica a mi comentario original, como a algunas de las aclaraciones que me solicitó Elías Palti (EP) hace ya varias semanas en este mismo foro. Ambos reconocen que el aspecto más importante del presente debate es lo que se puede denominar la ?historización del liberalismo?. Si entiendo bien, JFS está a favor de una historización absoluta del término (postura por la que, intuyo, EP se inclina). Los párrafos que siguen son un segundo comentario de mi parte, lo que ya empieza a ser demasiado. Por tanto, seré breve y conciso, a sabiendas de los riesgos que eso implica. De entrada, una cuestión terminológica: en su réplica, JFS extrae demasiadas consecuencias de mi empleo del vocablo ?evaluar? (que utilizo para referirme al liberalismo hispánico); esto es, va más allá de la connotación que dicho término posee, confiriéndole, en ocasiones, sentidos que me parecen excesivos (por ejemplo, ¿desde cuándo ?evaluar? implica ?enjuiciamiento??). Como se verá por lo que sigue, pude haber escrito ?estudiar? o ?analizar?, y eso no hubiera modificado lo que quise expresar mediante el término ?evaluar?. Comienzo con el punto central o, mejor dicho, con la afirmación central de este debate: que me parece posible (y deseable) ?otorgar al liberalismo algunas cualidades mínimas que no dependan por completo de cada momento histórico?. Esta afirmación lleva a JFS a decir que yo sugiero la conveniencia de aplicar una ?vara de medir regímenes políticos? (el entrecomillado es de él), así como la existencia de una ?lista de cualidades mínimas [del liberalismo] externa al discurso de los agentes? (que olvida que ?el liberalismo es una realidad histórica contingente?); asimismo, sugiere que yo considero al liberalismo ?una definición precisa de carácter apodíctico? (propia de la ciencia política) y que recomiendo la aplicación de lo que él denomina ?una check-list del liberalismo ideal? (la cual, como no podía ser de otra manera, coloca a las realidades históricas en el lecho de Procusto). Si mi afirmación implicara todo lo anterior, efectivamente, como escribe JFS, el liberalismo hispánico no podría ser denominado así (o, para el caso, ningún otro). La cuestión aquí es que de mi afirmación no se desprende necesariamente el variado conjunto de esencialismos históricos que JFS me adjudica (si bien de modo implícito). Quizás convenga aclarar en este punto que mi afirmación es en buena medida, como creo queda claro en mi comentario original, una reacción a una ?tendencia? historiográfica hispanoamericana que pretende encontrar liberalismo donde, desde mi punto de vista, no lo hay o, por lo menos, resulta tan matizado que la utilización del concepto me parece problemática (y exige, por lo tanto, una serie de precisiones). Esta tendencia concede tal laxitud al concepto, que el lector termina por no saber lo que un autor quiere decir cuando lo emplea para referirse a un conjunto de hechos, a una etapa histórica, a un grupo político o a un personaje en concreto. Esto, que suena un tanto abstracto, se aclara un poco si nos referimos a casos específicos. Enseguida dejo planteado, mediante un par de preguntas, uno que he estudiado recientemente: el llamado ?liberalismo de los pueblos? durante la emancipación novohispana. ¿Es adecuado o pertinente denominar así a un conjunto de prácticas políticas cuyos objetivos no sólo estaban muy lejos de cualquier cosa que podamos denominar ?modernidad política?, sino que buscaban lo contrario de lo que esta expresión necesariamente implica? (i.e., el ?liberalismo de los pueblos? pretendía mantener incólumes las prácticas y los hábitos políticos existentes; algunos de ellos, por cierto, ancestrales). ¿Es válida la expresión ?liberalismo de los pueblos? solamente por el hecho de que los ayuntamientos, considerados los instrumentos exclusivos de este liberalismo, eran producto de la constitución gaditana? En ambos casos, creo que la respuesta es negativa (ante la imposibilidad de extenderme sobre este tema, remito a mi artículo ?En torno al liberalismo hispánico: aspectos del republicanismo, del federalismo y del ?liberalismo de los pueblos? en la independencia de México?, en Visiones y revisiones de la independencia de América: México, Centroamérica y Haití, Izaskun Álvarez Cuartero y Julio Sánchez Gómez, coords.; Universidad de Salamanca, 2005). Sé muy bien que éste no es más que un ejemplo y que una golondrina no hace verano, pero el principio subyacente a esta manera de ver la historia política de la región se repite con relativa frecuencia, por lo menos en la historiografía que se ocupa del periodo independentista americano y sus prolegómenos (i.e., el primer cuarto del siglo XIX). Sabiendo los riesgos en los que incurro al plantear lo que muchos historiadores considerarán una caída en el ?esencialismo?, considero que el liberalismo es una ideología/corriente/doctrina que busca el cambio (político) y, a través de él, ciertas transformaciones en otros ámbitos (social, económico, cultural). Si esto se puede decir en términos generales del liberalismo, creo que es, si cabe, aún más aplicable al contexto iberoamericano durante el periodo señalado. Surge aquí, por supuesto, la cuestión del Antiguo Régimen (en la cual no no me detendré, pero que apunto para hacer un poco más inteligible este telegráfico comentario). Si plantear lo anterior me coloca ?al margen de la historia? (como pensaría JFS con base en lo que dice en su réplica sobre lo que ha implicado para él la lectura de Gadamer, Koselleck y otros autores), supongo que ahí es donde me encuentro situado. La cuestión, sin embargo, es que, como lo dije en mi primer comentario, prescindir por completo de todo referente transhistórico lleva a encontrar liberalismo por doquier y a adjetivar como ?liberales? a intelectuales y hombres políticos cuya adscripción al mismo, incluso en el contexto histórico concreto bajo estudio, me parece bastante problemática. En última instancia, cabe preguntarse si existe la posibilidad de hacer historia político-intelectual prescindiendo por completo de categorías que posean algún elemento que no esté completamente determinado por el contexto histórico. Es cierto que toda categoría es ?histórica?, tal como lo refiere JFS en su réplica, pero con la connotación que él le da al término, ¿puede acaso existir algo (fuera de la naturaleza) que no sea ?histórico?? En cualquier caso, si la respuesta a la pregunta planteada fuera afirmativa, me parece que la historia político-intelectual terminaría convirtiéndose en descripción pura (o, si se quiere, en pura descripción). Sé muy bien que los párrafos anteriores están lejos de resolver las cuestiones que EP me pidió que tratara en éste, mi segundo comentario. No cabe duda de que las categorías políticas poseen una historicidad que no debe y no puede ser ignorada (so pena de caer en ese ?presentismo? que critica, muy acertadamente, JFS). Lo que trato de expresar aquí es que la historicidad de las categorías políticas, a la que se refiere EP, debe tener ciertos límites, por mínimos que sean (so pena de encontrar liberalismo en cada situación, en cada lugar, en cada momento histórico). Ignorar la historicidad de dichas categorías tiene consecuencias ?contraproducentes? en cualquier esfuerzo por entender y explicar la historia, pero me parece que la historización ilimitada tiene consecuencias del mismo tipo. Ahora bien, creo que es posible reducir dichas consecuencias (nada más). Ello depende, sobre todo, de la perspectiva analítica que cada historiador decida privilegiar para acercarse a cierto tema específico y de las hipótesis de trabajo que pretenda comprobar en cada investigación. En cuanto al cuestionamiento de EP sobre los ?rasgos esenciales del liberalismo?, de lo dicho hasta aquí se colige que no creo que exista una lista de este tipo. Existe, en cambio, ese ?principio? sobre el cambio político ya expresado (el cual, según el caso, se presta a múltiples variantes). Este principio, a pesar de su vaguedad, puede servir como una brújula para no extraviarse en la amplitud y variedad del liberalismo. Esta brújula presupone que la misma idea de ?cambio político? se modifica históricamente, pero ello no impide, aunque pueda sonar paradójico, que, desde una perspectiva liberal, los cambios deban tener un cierto sentido, una cierta dirección. Termino refiriéndome al epígrafe de François Furet que preludia estas notas (tomado de la primera parte de Penser la Révolution française, Gallimard, 1978, pp. 31-32), el cual alude a un tema que surgió tanto en el artículo de JFS como en mi comentario original: la conciencia de los actores. Si entiendo bien a Furet, es imposible aprehender un determinado ?hecho? histórico (en este caso la Revolución Francesa, nada menos) si no somos capaces de sustraernos en cierto sentido del contexto histórico; más concretamente, de la conciencia de los agentes. No obstante, en su réplica JFS critica la aplicación a los procesos históricos de ?categorías analíticas exteriores a los sujetos? y piensa que lo que hace falta actualmente a la historiografía, entre otras cosas, es ?comprensión? (el entrecomillado es de él) y ?aproximación a los agentes?. Creo, por mi parte, que el hecho de que durante mucho tiempo la historiografía haya ignorado estos aspectos, no debe hacernos caer en lo que he denominado, de manera torpe sin duda, una ?historización? sin límites. ¿Es posible pues hacer historia político-intelectual si la inteligibilidad de todas las categorías políticas depende por completo del momento histórico bajo estudio y de la manera en que los actores concebían su mundo y se concebían a sí mismos? Responder que la historia conceptual resuelve satisfactoriamente este interrogante me parece concederle a ésta una capacidad excesiva. Una cosa es mostrar que las interpretaciones tradicionales sobre el liberalismo hispánico están plagadas de presupuestos equivocados y de insuficiencias hermenéuticas y heurísticas, y otra, muy distinta, es que la historia conceptual puede dar cuenta del pasado histórico prescindiendo por completo de categorías, conceptos, tipos ideales o como se les quiera denominar. Lo cual, intuyo, nos coloca no muy lejos de donde partimos. El corolario que yo extraigo de esta aparente inmovilidad es que la historia político-conceptual está ?condenada? a moverse entre la historicidad y la conceptualización; una oscilación cuya capacidad explicativa (y comprensiva) depende fundamentalmente, no me cansaré de repetirlo, de las herramientas interpretativas que cada historiador decida privilegiar para probar las hipótesis que plantea en sus respectivos trabajos y de los objetivos que se proponga en cada uno de ellos.

elias Nueva respuesta de Javier Fernández Sebastián
2005-07-25 20:04:51.0
   2ª respuesta de JFS a RB No quisiera aburrir a nuestros lectores entrando en una dinámica inacabable de réplicas y contrarréplicas con Roberto Breña sobre una cuestión en la que entiendo que se han barajado ya por ambas partes los argumentos sustanciales, y además resulta probablemente irresoluble, puesto que responde en gran manera a una opción personal de cada investigador. Por eso, lamentando eso sí la escasa participación en la discusión de otros miembros del foro, me contentaré con acusar recibo de la juiciosa respuesta de Roberto, agradecerle muy sinceramente su esfuerzo por poner en claro sus posiciones argumentando con gran ponderación y, sin entrar a rebatir ninguna de sus afirmaciones, tratar de sacar alguna conclusión que pueda sernos útil a todos. Sin duda subyacen a este debate ?¿hay alguno en que no estén presentes?? ciertas cuestiones de vocabulario que abren la puerta al malentendido (el acto de evaluar algo ¿supone o no un enjuiciamiento?, por ejemplo), pero me parece que el tema que se discute va más allá del liberalismo, que no deja de ser a este respecto sino un caso particular de un problema más general. Y, a mi modo de ver, ese problema general no es otro que la dificultad para casar nuestros conceptos analíticos, necesariamente abstractos y más o menos ideal-típicos, con las nociones empíricas más concretas que dieron sentido a las acciones de las gentes en el pasado. Y, a sabiendas de que nuestra mirada de historiadores jamás podrá superponerse por completo a la de los agentes, intentar al menos que nuestros instrumentos cognitivos no falseen demasiado el material histórico (en este caso el pensamiento y la acción política de las gentes de épocas pasadas). Me parece que el mero hecho de que discutamos y reflexionemos juntos sobre ese arduo problema resulta ya en sí mismo beneficioso para todos, pues es cierto que los historiadores solemos detenernos muy poco a reflexionar sobre las condiciones epistemológicas de posibilidad y las bases teóricas de nuestro oficio. Y pararnos un momento a pensar desde dónde hablamos ?entendiendo por ese "desde dónde" sencillamente nuestra propia ubicación en un mundo de temporalidades variables y de categorías cambiantes? constituye probablemente una excelente manera de problematizar nuestro quehacer y curarnos un poco de nuestra arrogancia positivista/presentista de "científicos sociales". Si de paso tomamos conciencia del carácter ineludiblemente histórico ?i. e., mutable? de los conceptos (incluyendo tanto nuestras categorías teóricas o historiográficas como los conceptos empíricos vividos por otros en el pasado), tanto mejor. Comprendo que pensar históricamente resulta muchas veces inquietante, y que tanta contingencia produce cierto desasosiego ?de ahí que muchas veces añoremos un terreno firme que nos salve de las "arenas movedizas" del devenir histórico?, pero me temo que no tenemos escapatoria, y que finalmente no nos queda más remedio que aceptar nuestra radical contingencia como seres humanos. Decía Einstein que en la medida en que las leyes matemáticas se refieren a la realidad no son seguras, y en la medida en que son seguras no se refieren a la realidad. Creo que mutatis mutandis este apotegma puede sernos también de utilidad como historiadores. También nosotros, cuando nos enfrentamos al estudio histórico de conceptos como liberalismo, nos vemos forzados muchas veces a optar entre una aproximación más abstracta y otra más empírica. Con la particularidad de que, cualquiera sea la decisión adoptada, saldremos perdiendo por alguno de los extremos. Un dilema, en suma, que visto de cerca tiene todo el aspecto de una irresoluble aporía.

elias Comentario de Claudia Guarsico
2005-08-01 09:58:49.0
   En su texto, J.Fernández Sebastián maneja una especie de dicotomía entre
"investigaciones abstractas" y "empíricas", y  distribuye alrededor del
primer
polo las "categorías teóricas o históricas de los historiadores" y, en el
segundo; los "conceptos empíricos de los actores del pasado". Yo quisiera
preguntarle al Dr. Sebastián de dónde proviene esta clasificación y cómo
define esos términos.

Por otro lado, y en la suposición de lo que se está debatiendo es el uso
de la
teoría en la historia de las ideas y de las instituciones que informan la
práctica de los actores, opino que para salir del problema que esto
plantea
frente a nuestras tradiciones particularistas e inductivistas, sería bueno
recordar que todo concepto tiene un núcleo estable a lo largo del tiempo.
Eso
es lo que le aporta su identidad. Por otro lado, es cierto que según los
espacios y las épocas esos conceptos cambian (mejor dicho, las prácticas e
ideas a las que se refieren), y es trabajo de los historiadores dar
cuenta de
esos cambios, pero sin perder de vista sus líneas maestras. De otro modo,
lo
más probable es terminar en una especie de balcanización conceptual que
inhibe el diálogo y, por ende, el avance del conocimiento.

Finalmente, creo que no existe realmente una diferencia entre
investigaciones
abstractas y empíricas. Todo conocimiento parte de la teoría. El punto es
que
a veces esa teoría es muy pobre.

Cordialmente,

Claudia Guarisco


elias Comentario de Noemí Goldman al texto de Javier Fernández Sebastián
2005-08-04 11:00:07.0
   

Quisiera, aunque en forma tardía y disculpándome por ello, realizar algunos comentarios al texto propuesto por Javier Fernández Sebastián y al debate que suscitó en el Foro.

Me gustaría señalar que he leído el texto como un esfuerzo meditado y riguroso de salir en el análisis histórico de los "conceptos demasiado genéricos", pero sin renunciar a la elaboración de "conceptos analíticos" que surgen del trabajo de indagación e interpretación del pasado. En la nota 9, JFS postula una mirada "comprensiva, esto es más adaptada a la visión de las cosas de quienes vivieron en esos mundos", e invita a un esfuerzo por captar las nociones que dieron sentido a la acción de los sujetos históricos. Desde esta perspectiva, la historia de los conceptos podría aportar una visión más equilibrada de las formas paradójicas de "sincronía diacronía" o "contemporaneidad de lo no-contemporáneo" en el devenir de los conceptos y representaciones de los agentes históricos. Sin embargo, estas observaciones han suscitado, en el intercambio con Roberto Breña, una suerte de oposición entre "historicismo" versus "presentismo", sobre la cual quisiera detenerme. La noción de "comprensión", sugerida por JFS, señala el carácter dialógico de todo conocimiento histórico donde el historiador participa del mundo observado y lo hace necesariamente desde su presente. Toda cuestión de método deviene así una cuestión de tiempo, como sugirió Georges Didi-Huberman en Devant le Temps.

Ahora bien, estas relaciones dialógicas no se reducen a establecer el grado de conciencia que los sujetos históricos pudieron haber tenido de su propio accionar. Por el contrario, la historia de los conceptos, tal como viene desarrollándose dentro de las distintas tradiciones de estudio de los lenguajes políticos, apunta al uso argumentativo de los conceptos en su dimensión social y con relación a las convenciones de lenguaje de una época determinada, y a los múltiples sentidos que se fueron gestando y perdiendo con el tiempo. Vale la pena recodar que las mismas formas pueden adquirir diferentes valores, que un sentido nuevo no pone fin a uno antiguo, y que un mismo vocablo puede emplearse en sentido propio o metafórico, abstracto o concreto. De modo que sólo en una perspectiva diacrónica, bastante extendida, y en términos de traducción, es decir del pasaje de un lenguaje a otro (de los sujetos históricos entre sí y del nuestro con relación al de ellos) podemos captar algo de la significación de los conceptos en su uso de época.

Ahora bien, comparto la preocupación de RB por el uso que la historiografía latinoamericana le dio al término "liberalismo" en las primeras décadas del siglo XIX, al atribuir sentidos unívocos a conceptos elaborados en diversos tiempos y contextos históricos. En este sentido, las indagaciones sobre el empleo de vocablos significativos del período de las independencias pusieron ya al descubierto diversos significados de los mismos, que no se reducen a una simple oposición entre cultura tradicional y cultura moderna, ni derivan de una única influencia doctrinaria. Esos vocablos sirvieron de indicadores para el conocimiento de procesos históricos de más larga duración. Creo que nuestro desafío para los próximos años se encuentra justamente allí, en nuestra capacidad individual y colectiva de captar lo que el propio objeto histórico propone.



elias Comentario de Elías Palti al texto de Javier Fernández Sebastián
2005-08-08 13:44:25.0
   

En primer lugar, quiero señalar que comparto plenamente la preocupación de Roberto Breña con respecto a las consecuencias de un uso indiscriminado de las categorías políticas. Un afán historicista excesivo bien podría terminar conduciendo a afirmar, por ejemplo, que el Gulag o los campos de concentración no son opuestos a la democracia, sino sólo una forma de comprender la misma. De hecho, hay ejemplos tales entre autores latinoamericanos (y no sólo éstos). Sin llegar a tales extremos, es normal encontrar pensadores que, como Laureano Vallenilla Lanz, no veían nada autocontradictorio en conceptos tales como "cesarismo democrático". No creo, sin embargo, que este peligro se resuelva simplemente dictaminando al respecto, pretendiendo imponer a priori una determinada definición como la única válida, como es el procedimiento habitual en la tradición de historia de "ideas". Lamentablemente, no es tan sencillo. El propio Breña nos brinda un ejemplo de ello: está claro que la definición del liberalismo como la ideología que busca el cambio político y social podría perfectamente aplicarse también al stalinismo (e incluso al nazismo). Inversamente, y salvo que hagamos de la noción de cambio algo tan vago que comprendiera prácticamente todo, dejaría afuera a gran parte, si no a la mayoría de los llamados liberales, quienes no propiciaron precisamente el "cambio" sino algo distinto, la "evolución". En definitiva, tal definición no cumple con su objeto, es decir, no ofrece un criterio para distinguir la "auténtica" tradición liberal evitando, o bien dejar entrar en ella formas de pensamiento que evidentemente no deberían estar allí, o bien excluir otras que sí deberían hacerlo. Pero esto no cabe atribuirlo a un error de su parte, al hecho de que proponga una definición deficiente, que pudiera así, eventualmente, mejorarse. Debo confesar que el pedido que le formulé en mi comentario anterior era, en verdad, algo capcioso. No tenía duda de que habría ocurrido lo mismo cualquiera que hubiera sido su respuesta. Y ello por una razón lógica sencilla. En la medida en que el término liberalismo comprende, de hecho, formaciones conceptuales muy diversas y aún contradictorias entre sí, toda definición, que no se aparezca como una a todas luces arbitraria, será inevitablemente al mismo tiempo demasiado estrecha y demasiado amplia, a la vez demasiado vaga y demasiado restrictiva. ¿Significa esto que estamos condenados a oscilar entre el nominalismo absoluto, la imposibilidad de cualquier generalización (siendo que cada formación conceptual particular demandaría una definición ad hoc) y categorías genéricas que, en verdad, no ayudan a entender ni a explicar nada? No necesariamente. Tal afirmación me trae a la memoria una anécdota personal.

En el curso de un Congreso que organizamos en la UNQui, un historiador uruguayo se quejaba de que, para los argentinos, todo lo bueno de ellos son rasgos propios "argentinos" pero sus defectos, en cambio, son "rioplatenses". Más allá de la sagacidad de la observación, está claro que dicho historiador tiene una imagen algo desproporcionada de la importancia de Uruguay en la consideración de los argentinos. Para éstos, los rasgos positivos de los argentinos son, en efecto, "argentinos", pero los defectos de éstos, más que "rioplatenses" son, en todo caso, genéricamente humanos. Lo mismo cabría decir de los historiadores de "ideas". Para éstos, lo bueno de dicha tradición historiográfica son propios a la misma, sus limitaciones, en cambio, cabría atribuirlas a limitaciones genéricamente humanas, no habría que interpretarlas como propias a un modo particular de proceder intelectual sino que indicarían limitaciones inherentes al pensamiento, en general. En definitiva, entiendo que, como bien señala Breña, tampoco la "nueva historia intelectual" ha resuelto todos los problemas que el estudio de la historia político-intelectual plantea; aun así, el haber desplazado el foco de su análisis del plano de las "ideas" al de los "lenguajes políticos", reformulando así su objeto, le permitirá desarrollar nuevos modelos analíticos en cuyos marcos las viejas antinomias de la historia de "ideas" pierden su sentido. Es cierto, de todos modos, que esto demanda antes la renuncia a las tendencias normativistas que impregnan los estudios en la disciplina, la pretensión de establecer definiciones a priori universalmente válidas. No cabe aquí desarrollar esta idea. Me gustaría simplemente retomar, a modo de ilustración, el ejemplo que ofrece Breña: el del "liberalismo de los pueblos".

Como él afirma, es cierto que hablar de un "liberalismo de los pueblos" tiene algo de absurdo, puesto que éstos a lo único que aspiraban era a preservar sus modos de vida tradicionales. Esto me trae algo a la memoria. Creo que fue Womack (si no es así, pido a los mexicanistas que me corrijan) quien abría su libro sobre la Revolución Mexicana afirmando que se trataba de un libro sobre gente que, para seguir viviendo como hasta entonces, debió hacer una revolución. Creo que algo similar puede decirse respecto de la revolución de independencia. Un vez que establecimos que los "pueblos" no eran, en efecto, liberales, puesto que sólo pretendía vivir como hasta entonces, todavía perdemos de vista, sin embargo, el hecho fundamental: que, para hacerlo, debieron hacer una revolución. Esta última afirmación se puede luego matizar, pero, en cualquier caso, ninguna precaución subsiguiente debería llevar a perder de vista un hecho: éstos vivirían a partir de entonces en un mundo que había sufrido transformaciones irreversibles. Y éstas alterarán indefectiblemente sus modos de vida, costumbres, sistemas de relaciones sociales y redes de vinculaciones políticas, etc., todo lo cual repercutirá también al nivel de su discurso.

Es cierto, sin embargo, que estas alteraciones no podrán nunca descubrirse mientras nuestro análisis permanezca enfocado exclusivamente en las "ideas" de los actores, las cuales, en efecto, seguirían siendo aún entonces, y por mucho tiempo más, esencialmente las mismas. Para descubrir las huellas discursivas de los cambios producidos en los contextos de su enunciación debemos trascender el plano de la superficie textual de los discursos (el nivel de sus contenidos referenciales, lo que en ellos se afirma) y observar las recomposiciones operadas el nivel del aparato que le subyace, analizar, en fin, cómo, más allá de la persistencia de las ideas, se reconfiguró en suelo categorial y conjunto de problemáticas en función de la cuales aquéllas habrían entonces de rearticularse.

Volviendo, pues, a la definición de Breña, ¿qué es lo que está mal en ella? Precisamente lo que él mismo cuestiona: un tipo de aproximación centrada en la propia conciencia de los agentes. Tal pregunta nos remite así, en definitiva, a una cuestión de orden epistemológico más general. Los lenguajes políticos, a diferencia de las ideas, no son atributos subjetivos, sino que se tratan de entidades objetivas, públicamente disponibles para diversos usos posibles por parte de distintos actores políticos y sociales. Remite al plano del sustrato categorial que delimite el horizonte de los pensable en cada contexto discursivo particular. Lo que allí hallaremos son, a diferencia de los tipos ideales, los cuales se encontrarían lógica y racionalmente integrados, formaciones conceptuales plenamente históricas, es decir, sólo contingente y precariamente articuladas, cuya validez no puede proyectar más allá del horizonte en que la serie de supuestos en que se fundan mantienen su eficacia. Lo que busca, en fin, la "nueva historia intelectual" es cómo los cambios contextuales más generales se expresan en el propio plano simbólico recomponiendo el conjunto de supuestos sobre cuyas bases habrán de pivotear los discursos públicos. Según entiendo, si bien esto no resuelve todos los problemas que la historia político-intelectual plantea, abre, no obstante, las puertas a una visión mucho más rica y compleja de la misma que la que la tradición de historia de "ideas" podía llegar a ofrecer. Es cierto, sin embargo, que, dentro de sus marcos no podrá ya responderse, de un modo taxativo, si los pueblos eran o no verdaderamente "liberales". Ello no podría ni afirmarse ni negarse. Simplemente, la misma pasa a ser una pregunta irrelevante cuyo planteamiento (al menos, así formulada) lejos de ayudar la comprensión de la historia político-intelectual, la entorpece, lleva a obliterar, como vimos, aquellos aspectos que serían los verdaderamente cruciales para la reconstrucción de la misma.

Aclaración: el presente comentario fue escrito inmediatamente luego de la respuesta de Breña. De allí que no incluya la consideración de aquellos comentarios realizados con posterioridad a la misma. Lamentablemente, no tuve tiempo para reelaborarlo, como hubiera correspondido.



elias Respuesta de Javier Fernández Sebastián a Claudia Guarisco
2005-08-11 10:14:02.0
   

Muchas gracias a Claudia Guarisco (CG) por sus comentarios que, partiendo de supuestos marcadamente distintos a los míos, sin duda pueden contribuir a aclarar algunas cuestiones planteadas.

Empiezo por el final de su comentario: estoy completamente de acuerdo con ella en que todo conocimiento parte de la teoría, de una teoría. También, por supuesto, la historia de los conceptos, que es la subdisciplina en la que se insertan las reflexiones que están en el origen de mi texto. De hecho, la distinción entre "conceptos teóricos? de los historiadores y "conceptos empíricos? de los actores del pasado (o, si se quiere, entre conceptos historiográficos y conceptos históricos) procede sobre todo de la tradición académica alemana, tanto de la hermenéutica como de la Begriffsgeschichte. En su formulación más elemental, esta distinción trata de dar cuenta del hecho incontrovertible de que los historiadores y científicos sociales, en el ejercicio de nuestro trabajo, construimos y manejamos ciertos conceptos y categorías ?pensemos en los ideal-tipos weberianos? muy distintos de los conceptos experimentados por las gentes del pasado (de los sucesivos pasados, vividos en presente por los agentes). Por supuesto, todos los conceptos son históricos ?incluyendo los conceptos propios de las ciencias sociales?, en el sentido de que todos ellos sin excepción han tenido necesariamente un origen y han evolucionado más o menos, llegando a veces a caer en desuso (lo que puede considerarse una especie de ?muerte? del concepto), pero la diferencia de perspectivas, contextos e intereses entre, digamos, un clérigo español del siglo XVI, un cortesano francés del XVII, un sociólogo británico de mediados del XX, y un historiador mexicano de comienzos del siglo XXI son, me parece, lo suficientemente importantes como para que podamos dar por seguro que sus cuadros de referencia conceptuales a la hora de comprender sus respectivos mundos ?ya sea desde el punto de vista teológico, social, político o científico? serán por fuerza muy distintos. Y parece lógico pensar que si el politólogo o el historiador citados pretendiesen interpretar los mundos pretéritos del clérigo o del cortesano a través de los textos conservados podrán hacerlo o bien aplicando un cuadro categorial científico propio (digamos, por ejemplo, ?Estado moderno?, ?uso intensivo de capital y coerción?, ?proceso de civilización?, ?feudalismo tardío?, ?absolutismo?, ?modernización?, ?secularización?, etc., o incluso otros conceptos aún más abstractos y técnicos, como ?clase?, ?modo de producción?, ?ideología?, ?unidad sistémica?, ?cultura política?, ?identidad colectiva?, ?habitus?, ?movimiento social?, ?marcos y repertorios de acción colectiva?, ?estructura de oportunidad?, ?recursos culturales?, ?conflictos simbólicos?, y así sucesivamente), o bien ?sin renunciar naturalmente a su propio bagage teórico [1]? intentando acercarse todo lo posible a los conceptos que aquéllos utilizaban (religión, derecho de gentes, orbe, monarquía católica, sociedad civil, república, bien común, gracia, justicia, officium regis, potestas iurisdictionis, ley divina, ius naturale, corpus politicum, translatio imperii, souveraineté, états, etcétera).

Aunque más no fuese que por mantenernos alerta a fin de evitar en lo posible los anacronismos conceptuales, creo sinceramente que merece la pena mantener esta elemental distinción entre conceptos y categorías ?cognitivas? (conceptos operatorios, analíticos, clasificatorios, que buscan hacer inteligible el pasado desde la atalaya del presente, y en ciertos casos buscar explicaciones en términos de causalidad) y nociones ?pasado-empíricas?, cuyo estudio resulta particularmente necesario cuando se trata de tejer otro tipo de narrativa histórica que intenta comprender desde la propia lógica de los agentes y ?recuperar? así empáticamente ?hasta donde tal cosa es posible? los grandes marcos discursivos o ?universos conceptuales? que en su día dieron sentido a su acción y a su pensamiento.

Sin embargo, tiene razón CG en que los calificativos que he usado para distinguir unas nociones de otras ??abstractas? y ?empíricas?? no son los más adecuados, puesto que ciertamente todos los conceptos son abstractos, y la mayoría de ellos probablemente también empíricos en alguna medida, y por tanto se trata de una dicotomía grosera y poco rigurosa. Espero que la pequeña explicación expuesta en los párrafos anteriores sirvan al menos para aclarar un poco mejor a qué me refería con esa distinción, que sigo considerando útil y pertinente.

Tal distinción, bastante evidente cuando nos referimos a épocas remotas (seguramente todos estaríamos de acuerdo en que entre los conceptos ?políticos? vigentes en la Edad Media y los del siglo XX hay una brecha semántica considerable), resulta mucho menos visible ?y por eso, a mi juicio, especialmente oportuna? cuando nos ocupamos de ciertos conceptos políticos y sociales correspondientes a los siglos XVIII, XIX y XX. Sucede entonces que el historiador de nuestros días ?pero también el politólogo o el filósofo político? utiliza muy a menudo como herramientas analíticas, o incluso como marcos normativos, algunos macroconceptos (Ilustración, democracia o liberalismo, por ejemplo) que se solapan con las mismas etiquetas que han venido siendo usadas ininterrumpidamente por los agentes y autores desde hace doscientos o trescientos años, y esas denominaciones idénticas para nociones distintas y cambiantes contribuyen a generar una enorme confusión al lector de nuestros días.

Por lo demás, no creo en modo alguno que podamos dar por descontado que ?todo concepto tiene un núcleo estable a lo largo del tiempo?, como asegura CG. Es posible que en ciertos casos podamos identificar ese núcleo (que en el límite, cuando se trata de conceptos semasiológicamente anclados en un pasado remoto, pudiera quedar reducido a poco más que el étimo o raíz lingüística de la que procede históricamente la palabra que usamos para denominarlo, una vía que en cualquier caso no nos conduce necesariamente a ninguna clase de quintaesencia semántica, ?significado verdadero? o ?estable?). Sin embargo, me temo que no es precisamente ese núcleo semántico el ?que le aporta su identidad? (CG). Si entendemos la identidad conceptual en términos de igualdad algebraica (x=y), es obvio que ese tipo de identidad no se da en modo alguno en los conceptos históricos de los que hablamos, que bien poco tienen que ver con las intemporales ?ideas? platónicas (sería imposible sostener, por poner un ejemplo obvio, que el concepto de democracia de los atenienses del siglo V a. de C. coincide exactamente con el amplio espectro de definiciones atribuidas actualmente a ese mismo término).  Por el contrario, es evidente que las nociones sociales cambian con el tiempo, y por tanto esa supuesta ?identidad? mantenida por encima o por debajo de sus múltiples transformaciones semánticas sólo podrían referirse a algún tipo de ipseidad (esto es, a la propiedad de permanecer ?uno mismo? más allá de los cambios experimentados: x?x??x???x???...), cualidad que, como mostró convincentemente Ric?ur, sólo puede ser el resultado de un relato, de una construcción discursiva. Lo que, en este caso, querría decir que sólo una descripción historiográfica eficaz de los avatares del concepto en cuestión (a la manera de la biografía de un sujeto que supuestamente mantiene su identidad a través de su intrincada peripecia vital) sería capaz de persuadirnos de que esa asimilación de un concepto presente a sus lejanos ?antepasados semánticos? resulta plausible y bien fundada. O, dicho de otra manera, esa ipseidad conceptual, capaz de cabalgar por encima de diferentes momentos y de salir a flote en medio de las circunstancias históricas cambiantes, no puede por menos de adoptar la forma de una ?identidad narrativa?.

Por eso, sinceramente no creo que seamos nosotros quienes ?balcanizamos? los conceptos (CG dixit). Los conceptos políticos ya están bastante ?balcanizados? ?si por tal entendemos su fragmentación semántica, multivocidad y la ?contestabilidad? que les es inherente? antes de que el historiador intervenga para elucidar en lo posible ese juego de innovaciones y permanencias que constituye la trama de la historia. Y me parece que el papel del historiador en este terreno no debería reducirse a buscar contra viento y marea esos ?núcleos estables? (y ni siquiera esas ?líneas maestras?) a los que se refiere CG, sino que más bien debiera esforzarse por aguzar su sensibilidad histórica para captar las discontinuidades semánticas entre nuestro mundo y los mundos pretéritos (lo cual no excluye que inmediatamente procure tender puentes semánticos entre esos mundos distintos, puentes necesarios para ?traducir al presente? las nociones y prácticas que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo). Al fin y al cabo, parece más difícil ser sensibles a la alteridad que a la semejanza, y no bastan ciertas analogías o similitudes formales para sostener que en realidad estamos ante un mismo concepto, haciendo abstracción de las diferencias entre los respectivos contextos. Me parece, en suma, que, lejos de empeñarse en presentarnos como familiares y próximos los paisajes exóticos y distantes del pasado (un camino que con frecuencia conduce al anacronismo), la historia político-intelectual debiera resaltar que, bajo una capa muchas veces superficial de semejanza o ?familiaridad? aparente, al profundizar en el estudio descubrimos un panorama irremediablemente extraño, en el que muy a menudo aparecen diferentes estratos semánticos asociados a sucesivos momentos de transformación política e innovación conceptual.



[1] Obviamente no hay comprensión sin conceptos y, aunque podamos elegir entre estos y aquéllos, o incluso acuñar y definir algunos de ellos, nunca podremos prescindir de nuestros conceptos en el acto de conocer, como no podemos despegarnos de nuestra propia sombra. De ahí que, como ha escrito Gadamer, ?pensar históricamente quiere decir (...) realizar la transformación que les acontece a los conceptos del pasado cuando intentamos pensar en ellos? [desde nuestro presente] (Gadamer, Verdad y método, Salamanca, 1991, pp. 476-477).




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