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Discusión sobre: "La revolución constitucional en el mundo hispano", de José M. Portillo Valdés

 

elias "La revolución constitucional en el mundo hispano", de José M. Portillo Valdés   2005-02-07 10:10:08.0
   

El texto de Portillo Valdés ofrece un análisis de la compleja dinámica política que se abrió en el mundo hispano a partir de la crisis del orden monárquico. Según muestra, las claves para comprender la serie de transformaciones que afectaron de conjunto al imperio (y que resultaría en la separación de las colonias) sólo se nos descubren a medida que transitamos la serie de problemas políticos que enfrentaría el primer liberalismo hispano en su intento por redefinir el sentido de la nacionalidad en el marco de un horizonte constitucional.

 

José M. Portillo Valdés es Profesor de Historia Contemporánea en la Universidad del País Vasco. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran: Revolución de Nación. Orígenes de la cultura constitucional en España, 1780-1812, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2000 y Cadice 1812. Una costituzione per la Spagna, Manduria-Roma, Piero Lacaita Editore, 1998. Áctualmente se encuentra completando el libro, de próxima aparición: Crisis Atlántica. Autonomía e Independencia en la crisis de la monarquía hispana, Madrid, Marcial Pons

Respuestas

elias Algunos puntos para el debate, comentario de Javier Fernández Sebastián
2005-03-08 16:09:28.0
   Algunos puntos para el debate Javier Fernández Sebastián En este texto, José M. Portillo incide a mi juicio en algunos asuntos cruciales de la crisis constitucional del mundo hispánico. Por una parte, ofrece un balance crítico de algunas importantes aportaciones bibliográficas de la última década (de F.-X. Guerra, A. Annino, J. C. Chiaramonte, del propio J. M. Portillo, etc.), algunas de cuyas principales conclusiones recoge y sentetiza. Pero, en segundo lugar, expone su propia interpretación global de los hechos y, en particular, (como ha venido haciendo en otros textos suyos recientes igualmente de gran interés) sugiere la conveniencia de examinar conjuntamente la historiografía española relativa a la inserción de las antiguas provincias y reinos peninsulares en la nación ?tal cual ésta entidad política se concibe en el momento gaditano?, y los planteamientos de los primeros autonomistas e insurgentes de la América hispana. Entre las posibles cuestiones para el debate, me permito subrayar las siguientes: - parece que, a partir de la historiografía de estos últimos años, se va dibujando una vía hispana a la revolución, claramente diferenciada de otros "modelos", como el angloamericano o el francés ¿hasta qué punto cabe hablar en este sentido de una singularidad hispana en el más amplio contexto occidental? ¿no corremos el riesgo de regresar a las visiones "excepcionalistas" tan características de la historiografía española y latinoamericana hasta hace poco tiempo? (Yo creo que no, si sabemos entender que se trata de vías distintas, con circunstancias culturales y semánticas diferentes, y no de "desviaciones" respecto de ninguna pauta teleológicamente establecida) - en relación con la cuestión anterior, ¿hasta qué punto estamos, en el momento de la transición, ante una cultura jurídica e institucional compartida en todo ese inmenso mundo iberoamericano? Similitudes y diferencias entre las distintas trayectorias regionales y "nacionales" - sea como fuere, entre las "marcas de fábrica" del primer constitucionalismo hispano una de las más visibles sin duda es la consagración de una forma abiertamente intolerante de confesionalidad del Estado, proclamada en varios textos constitucionales de esta primera hornada (art. 12 de la Const. de Cádiz; art. 1 de la Const. de Apatzingán, etc.). En este sentido, me parece muy sugestiva, al final del texto, la interpretación "regalista"/estatalista de este confesionalismo - por mi parte, coincido con la interpretación de Von Haller, que recoge Portillo, de que la Constitución de Cádiz establecía de hecho una república bajo el nombre de monarquía, y que de hecho significaba, como también escribe el autor suizo, una "singularísima amalgama entre el Espíritu Santo y el espíritu del siglo, entre el jacobinismo y la religión católica". En este sentido, creo que la obra de los liberales de Cádiz obedece, como denunciaron muy a menudo sus críticos absolutistas, a una estrategia retórica que facilitó la transmutación de conceptos y de categorías: sus "ideólogos", desde el universo intelectual de partida de una cultura fuertemente católica, lograron componer un lenguaje anfibio que daba entrada sin estridencias a los principios fundadores de la nueva sociedad y la nueva política; y eso lo lograron en gran medida gracias a la atribución de nuevos significados a viejos términos de origen medieval, y al engarce de estos conceptos "remozados" en un discurso normativo tendente a instaurar un nuevo sistema. Entiendo que esta perspectiva puede ser particularmente fecunda para los cultivadores de la historia conceptual. Y, por último, una cuestión de detalle: es indudable que la formación de la Junta Central supone un proceso de integración o "federación" de las juntas provinciales, pero calificar a la JC de "especie de senado confederal", francamente me parece un poco excesivo.

nlgoldman Comentarios al texto de José M. Portillo Valdés, de Noemí Goldman
2005-03-18 11:44:48.0
   He leído con mucho interés el texto de José M. Portillo y quisiera intervenir en el debate con una observación sobre la cuestión de la soberanía. Portillo sugiere que la crisis de la monarquía debiera considerarse más como la de formación de "un depósito de la soberanía" que el de una "revolución en la misma". Esto explicaría que las juntas hicieran uso de la soberanía pero no que dispusieran de ella, pues de su actuación no se derivó la formación de un poder constituyente. La liquidación de este "depósito de la soberanía" se produjo recién el 24 de septiembre de 1810, con la reunión de las Cortes de Cádiz y la creación de la nación como nuevo sujeto soberano frente a los pueblos. Sin embargo, el principio de autonomía no desaparece sino que bajo la forma de ayuntamientos y diputaciones, el primer constitucionalismo hispano, buscó "congeniar" la soberanía de la nación con la autonomía de provincias y pueblos. Del otro lado del Atlántico, las primeras juntas, se constituyeron también en depositarias de la soberanía de Fernando VII, para luego reunir asambleas o congresos con la intención de transformar la crisis en una crisis constitucional que produjera la liquidación del "depósito de soberanía". Portillo llama así nuestra atención sobre la importante cuestión de la relación entre "nación" y "pueblos o territorios" en la conformación del primer constitucionalismo hispano. Ahora bien, Portillo habla de "depósito de la soberanía" y no de "retroversión de la soberanía". Sin embargo, es esta segunda figura la invocada desde el principio por los pueblos rioplatenses en sus pretensiones soberanas, hasta la reunión del congreso que decidiera sobre la suerte del conjunto. A la Primera Junta Gubernativa de 1810, le sucedió la Junta Grande, que integró a los apoderados de las ciudades con cabildo, y pasó en 1811 a denominarse Junta Conservadora y a dictar el primer reglamento de división de poderes, que no tuvo efectos prácticos por haber suscitado un conflicto de poderes entre la Junta y el Triunvirato, recientemente creado para ejercer el gobierno. Vale la pena recordar los fundamentos esgrimidos por los apoderados con el fin de rechazar la iniciativa del Triunvirato porteño a someter al Cabildo de Buenos Aires la revisión del propuesto reglamento: "Los pueblos en quienes reside originariamente el poder soberano, los pueblos únicos autores del gobierno político, y distribuidores del poder confiado a sus magistrados, serán siempre los intérpretes de su contrato, y los que pueden establecer un nuevo orden de cosas. Esos pueblos somos nosotros, desde que fuimos incorporados al gobierno. Si en éste residió alguna vez esa soberanía, y en ese poder legislativo tal cual fuese, fue lo que la Junta se reservó por el mismo acto que revistió a V.E. del poder que disfruta" (Oficio de la Junta Conservadora al Gobierno Ejecutivo, Buenos Aires, 28 de octubre de 1811). Así, el problema de la soberanía, a saber si es indivisible o escindida, es desde el principio del proceso emancipatorio una cuestión conflictiva, al punto que luego de 1820 los mismos unitarios no pudieron dejar de reconocer el origen pactado de la Revolución de Mayo de 1810. En este sentido, ¿no correspondería conservar el término de "retroversión" como expresión más apta para traducir el verbo y el acto que da nacimiento al autonomismo hispano?

elias Comentario a los comentarios
2005-03-28 14:07:06.0
   

Me gustaría conocer la visión de Portillo Valdés sobre los temas que tocan Fernández Sebsatián y Goldman. Me permito, sin embargo, ofrecer mi propia interpretación sobre las mismas. Si entiendo correctamente, la discusión planteada se centraría en torno dos temas estrechamente ligados entre sí.

El primero remite a la relación entre continuidad y cambio en la historia político-conceptual y, en particular, de la dificultad para distinguir, en un periodo de crisis como el que nos ocupa, hasta qué punto el uso de las categorías políticas se inscribe aún dentro de los marcos de los imaginarios tradicionales, o, en el contexto del vacío de poder producido, éstas adquirieron sentidos extraños ya al universo de lo concebible para un pensamiento de Antiguo Régimen. La distinción que realiza Goldman entre afirmar ser "depositarios" de la soberanía y hablar de que la misma "retrovirtió" en el pueblo me parece un buen ejemplo al respecto. La idea de "retroversión", aunque fundada en las doctrinas pactistas neoscolásticas,  estaría indicando, implícitamente, algo que no sería posible ya encontrar en ellas: la idea del pueblo como origen de la soberanía. Para el pensamiento neoescolástico, la idea de un pacto originario entre el pueblo y su soberano no suponía que aquél fuera el origen último de la soberanía, su causa material, sino sólo su causa eficiente, para decirlo en la terminología de la época. Es más, en sus marcos sería imposible concebir soberanía alguna sin soberano. La idea de una soberanía que reside en todos lados, pero en ninguno en particular resultaba algo imposible siquiera de pensar.

El otro tópico es el del "particularismo hispano". La pregunta aquí radica en hasta qué punto la naturaleza compleja del proceso de inflexión conceptual que analiza Portillo Valdés remite a peculiaridades propias al mundo hispano, o son propias a los procesos de inflexión conceptual tales, expresan la naturaleza traumática de dichos fenómenos. En definitiva, no es nunca sencillo comprender (y es aquí que este segundo punto se liga al anterior) cómo ideas e instituciones nuevas se despliegan y desarrollan siempre y necesariamente en el interior de imaginarios tradicionales respecto de los cuales resultan, sin embargo, incompatibles.

En definitiva, entiendo que el debate que abre el trabajo de Portillo Valdés nos permite vislumbrar algunas de las complejidades ocultas por detrás del esquema "de la tradición a la modernidad".



elias Respuesta de Portillo Valdés
2005-03-29 20:42:20.0
   Estimados colegas, Ante todo mil gracias por los comentarios sobre mi texto, que, además de ilustrarme, me permiten modular algo mis observaciones (de trompetista sordo, algunas) sobre ese excepcional laboratorio que fue la crisis de la monarquía hispana. Plantea Fernández Sebastián una cuestión , un "pero" a mi texto que, en realidad, viene siendo una enmienda a la totalidad del mismo, y bienvenida sea, porque reproduce una duda que me reconcome desde que me decidí a poner por escrito el resultado de esta investigación, iniciada hace ahora cinco años. La cuestión puede plantearse de este modo: cuando todos los gobiernos que se crean en la monarquía desde la fuga del rey (juntas locales, Junta Central, Regencia, Cortes) afirmaron que las provincias y reinos americanos eran parte esencial de la monarquía, ¿estaban solamente tocando fibra emocional y regalando los oídos de las elites criollas para que no se les llenaran con las promesas que eventualmente pudiera hacer la nueva dinastía corsa? Podría ser así sin duda, y, sin duda también, que algo de ello hubo en el modo y la oportunidad en que estas declaraciones fueron hechas por todos estos gobiernos. Pero la cosa se complica cuando se atienden expresiones muy similares realizadas no ya desde gobiernos metropolitanos, sino desde instancias criollas. El primer intento serio, y abortado, de crear una junta en América, el de la ciudad de México del verano de 1808, está plagado en sus discursos de referencias muy similares a aquella identificación como "parte esencial" de los territorios americanos. Es esta constatación la que me llevó a poner a prueba, quizá con más descaro historiográfico del prudente, esa afirmación, comprobando su alcance y límites desde las décadas finales del XVIII hasta el momento de la crisis. Porque "parte esencial" era una expresión muy habitual en los debates sobre la relación entre monarquía y terrritorios en la edad moderna. Vizcaínos, aragoneses, navarros o asturianos, entre otros muchos, habían usado de este lenguaje y de sus derivaciones para monatar un discurso "foral" en sus relaciones con la monarquía. Por ello, creo, que una cuestión pendiente es estudiar la "foralidad" americana. La pertinencia de este plantemaiento creo que reside en el hecho de que usualmente damos por supuesto que tratamos de una crisis imperial cuando tratamos de la crisis abierta en 1808. Pero, ¿y si no fuera exactamente así? No creo que nos pueda ayudar mucho la interpretación como crisis "imperial" de algo que se entendía más como "monarquía" en su conjunto y con una derivación hacia una especia de Monarquía dual en sus últimas décadas antes de la crisis. La segunda observación que Goldman y Palti realizan tiene que ver con el otro meollo de la cuestión: cómo interpretar la relación entre crisis y soberanía. Es cierto que la idea de la retroversión está tan presente ahí que eludiarla es como ignorar el conjunto del discurso. Lo que opino, sin embargo, es que tras ello puede haber variadas significaciones y tratamientos de la soberanía y que, para su correcta lectura, resulta muy útil la noción de "depósito", tal y como la entendía el derecho civil en aquel momento. Aunque, dada lo magnífico de las dimensiones de la crisis hispana, seguramente ninguna noción resiste la prueba de la universalidad, creo que la idea de depósito (tan presente hasta en los nombres que se dan a sí mismas las juntas) es contraria a la de revolución (aunque no necesariamente a la de reforma). Es relevante, porque su destrucción (mediante la convocatoria de congresos, invocando al "pueblo" o "nación" y no ya a los "pueblos") puede informarnos del momento realmente constituyente en ese procesos de crisis. La soberanía, podía afirmarse, había "retrovertido" del príncipe al pueblo simplmente por el hecho de que el monarca, en el mejor de los casos había sido impedido y en el más posible era un delincuente. Pero esto no implicaba ni mucho menos que se tratara de una asunción activa y literal, quiero decir concebida como capacidad para crear un nuevo orden, tal y como, por ejemplo, había proclamado el tercer estado al constitutirse en asamblea nacional o harán las cortes u otros congresos hispanos en su momento. Si la noción, tan habitual al pensamiento español de la edad moderna, tuviera tales implicaciones la revolución se habría producido ya en el siglo XVI. Son, en cualquier caso, cuestiones interesantes por abiertas, porque no suman cuatro dos más dos. Os gradezco el interés en leer mi texto y prometo reciprocidad. José M. Portillo

elias Comentario de Antonio Annino
2005-04-01 17:39:13.0
   estimados colegas y amigos, pido disculpa si les escribo solo ahora para comentar el texto de Portillo, y no hay duda que tengo la ventaja de conocer ya el campo del debate trazado por las inervenciones de todos ustedes Comparto el jucio acerca de la importancia del texto, como siempre cuando se trata de un trabajo de un autor que es bien conocido por la originalidad de su pensamiento y por el rigor de sus fuentes. Me parece que hay dos grandes cuestiones: la declaracion de la Junta Central en el enero de 1809 y el "deposito" de la soberania, que justamente captaron la atencion de los colegas y también la mia. Sobre el primer punto, lo presentado por Portillo es indiscutible. El siguiò en este caso una de sus mas importantes lineas de investigacion, hasta ahora subevaludas por los americanistas, es decir las relacciones entre la tradicion politica hispanica y las independencias, sin preocuparse demasiado (por fortuna suya) de los "impactos", "influencias" etc de la Francia o de Estados Unidos. Tampoco sus trabajos llevan a restaurar la vieja tesis sobre las raices neoescolasticas, que por cierto existen pero no en los terminos ideologicos planteados en su tiempo por unos historiadores algo "old fashion", entre los cuales por supuesto no pongo a Halperin. La perspectiva de historia del derecho, y no de las "ideas", lleva a otras conclusiones, planteando nuevos problemas o legitamando mas aun unos viejos. En el caso de la famosa declaracion de la Junta Central del enero 1809, aclarando "finalmente" su naturaleza foral, Portillo pone en la mesa (y lo dice) la necesidad que el americanismo se dedique a estudiar la "foralidad" indiana. No solo porque la foralidad fue un gran tema de la época borbonica en Espania como lo muestra una historiografia ya consolidada (y Portillo està en ella), no solo porque esta "foralidad" peninsular no fue extendida a los reynos indianos, lo cual permite identificar una roptura nueva; sino porque todo esto permite rescatar con mucho mas sentido todo el corpus americano relativo por ejemplo a los cargos, y en general a los privilegios de "justicia", cuyo indioma es precisamente "foral". Si es asì, entonces la tematica de los "reynos" podrìa tener un sentido mucho mas definido y riguroso. . La referencia al debate "constitucional" del verano 1808 en Ciudad de México es muy corecta y nos muestra que tanto el debate "foral" disiochesco de la Pensinsula era conocido en la Nueva Espania. . Entonces no es casual el hecho que las juntas americanas se hayan constituido en gran parte después de la declaracion de la Central, con el apoyo no pocas veces de los peninsulares. Lo que pasò en Quito en 1809 es otro ejemplo interesante, como el de la Veracruz mexicana, cuyo cabildo era peninsular en el verano de 1808 pero apoyò el criollo de Ciudad de Mèxico. Y es cierto también que la cuestiòn planteada por Fernandez Sebastian tiene mucho sentido. Quisiera solo recordar que en aquel momento los franceses estaban casi en Cadiz, controlaban toda Espania, y "obviamente" que la Central con mucho realismo jugò la carta del reconocimiento de lo "foral", superando asì los limites del debate constitucional del siglo XVIII. El punto central, que la historiografia quizas no ha tomado nunca demasiado en serio, es la convincion difusa en Amèrica de la perdida de la peninsula, algo que a esta alturas historiograficas tenemos que recuperar plenamente para entender como el consenso bastante unanimista y "foral" de 1808 en Amèrica se rompe entre 1809 y 1810, cuando Napoleon pierde en el teatro europeo y es obligado a retirar parte de sus tropas. El segundo punto es entonces, la relacion entre lo "foral" y lo "constitucional" moderno, y lo interesante es que sea Portillo sea Noemi Goldman y Marcela Tarnavasio tienen razon, lo cual es una paradoja solo aparente. En primer lugar la aportacion de Portillo sobre el "deposito" de la soberania es realmente notable, y otra vez permite matizar la cronologia: foral-deposito en 1808-9, y luego su crisis. El problema que plantean Noemi y Marcela es la logica de una roptura cuya naturaleza, por otra parte, se extiende a todo el siglo XIX. Cuantas veces hemos discutido acerca de lo "tradicional" y lo "moderno" para qualquier monento de aquel siglo? Pero, hoy muchos de nosotros comparten los planteamientos que en los ultimos anio nos ha proporcionado Elias (Palti) acerca de la necesidad de superar estas dicotomias, al fin y al cabo ideologicas y aporeticas de una idea de "lo politico" que se inventa precisamente en el siglo XIX, si no que antes. El debate entre Portillo, Noemi, y Marcela, me parece toca este punto. Mi idea es la siguiente, y pido disculpa si la presento en forma muy poco ordenada: un posible enganche para pensar el tipo de proceso que rapidamente lleva la soberanìa desde un "deposito" ,en fin de cuenta montesquieano (los cuerpos intermedios) aunque interino, a la soberanìa de un cuerpo representativo, sea lo que sea el sujeto imputado (Nacion, Provincia, Reyno etc), este enganche me lo sugiere el mismo Portillo, allì donde en su respuesta dice que si la "retroversion" hubiera tenido esta logica procesual "la revolucion se habrìa producido ya en el siglo XVI". Y que fue la revolucion holandesa si no esto, justo en el siglo XVI? Aquella provincias no hacian parte de la Corona de Felipe II ? Y la ropturano fue provocada, segun la version holandesa por un atentado a la constitucion "foral"? Y no fue la revolucion holandesa que invento un sistema representativo republicano de las Provincias Unidas, un lema que no a caso encontramos en parte de America Hispana en nuestro anios cruciales? Si es asì hay un precedente ilustre que precisamente destructura como falso la antinomia entre lo "tradicional" y lo "moderno", y que por otra parte nos muestra muy bien la posible logica que puede estructurar el proceso desde lo "foral territorial" a la"representacion territorial". No solo sino que me permito recordar que fue precisamente después de aquella revolucion que se desancadenò el gran debate jusnaturalista sobre donde està la soberania, si en el Rey o en los Reynos, o en ambos, un debate que involucrò intensamente a todos, Grocio, Althusius, Puffendorf, protestantes pero también catolicos como Suarez, y es cuando se pone en jaque las tesis de Bodin etc. Este debate no hubiera sido posible sin la experiencia holandesa, porque ella y solo ella por primera vez demonstrò que la antigua teoria escolastica sobre el origen popular de la soberania no era solo un tesis teologica, por lo tanto intocable, sino una hipotesis operativa. Puffendorf es el maximo exponente de esta posicion, y sabemos que Puffendorf, a pesar de la censura, no solo circulaba en el mundo hispanico en el siglo XVIII (en la traduccion francesa de Berbeirac), sino que se ensenaba en Buenos Aires y Caracas. Es obvio que el precedente holandes no tiene nada a que ver con el tercer estado francés, pero donde està escrito que este es el "modelo ideal"? Lo que me interesa es precisamente el problema de la "logica" de los procesos, lo cual no necesariamente tiene a que ver con lo que la gente leìa. Que la mia no es solo una opinion personal lo muestra un articulo de la "Edimburg Rewiew" escrito en 1809 y publicado en la Gaceta de Buenos Aires en 1811, un articulo que conocemos gracias a José Carlos Chiaromonte que lo descubriò. Nada menos que la revista de la capital de la Ilustracion escocesa opinaba que las revoluciones americanas tenian que "hacer como la revolucion holandesa". No quiero decir que el transito de lo "foral" a lo "representativo" era inscrito en el primero, pero que era posible en ciertas circunstancias, y que entonces lo que cuenta es la logica del proceso, como subrayaron los escoceses. Entre el pactismo tomista originario y el pactismo de las Juntas americanas hay unos cuantos siglos que modificaron profundamente sentidos y perspectivas del mismo. Por otra parte, el problema no se plantea solo para América, vale también para la Peninsula, que pasò de lo "foral" de las juntas a lo "representativo" de Cadiz en menos de dos anios. Entonces la cuestion no es solo americana r, sino de la Monarquia Catolica, y valdrìa estudiarla como tal y como un caso a parte frente a las experiencias francesa y anglosajona. En fin, espero que haya otra ocasion para segir discutiendo las cuestione planteadas de una forma tan brillante por el amigo y colega Portillo Valdés, y les envio mis mejores saludos Antonio Annino

elias Respuesta de Portillo Valdés
2005-04-05 16:05:18.0
   Queridos colegas, Totalmente de acuerdo con el colofón del comentario de Annino que creo nos pone frente a una cuestión esencial y, como tal, olvidada. Me permito sólo llamar vuestra atención sobre un artículo de Mónica Quijada que saldrá en breve en un libro editado por Jaime E. Rodríguez en la fundación Mapfre-Tavera sobre revoluciones de independencia, donde muy hábilmente retoma el caso holandés como el primero del ciclo. Un saludo cordial a todas

elias Comentario de José Carlos Chiaramonte al texto de Portillo Valdés
2005-04-10 10:02:56.0
   Comentarios a "LA REVOLUCIÓN CONSTITUCIONAL EN EL MUNDO HISPANO" de José M. Portillo Valdés El texto de Portillo Valdés es una animada y aguda reflexión sobre el proceso constitucional hispano e hispanoamericano que culminó en la constitución de Cádiz. Al leerlo, se recuerda mejor la hilación de los acontecimientos, se aprecian nuevas perspectivas y se cuenta con una fértil nueva base para una revisión de los problemas que ese proceso implica. Dentro de la brevedad que aconseja este medio de intercambio de opiniones quiero efectuar algunas sugerencias sobre dos o tres puntos del trabajo. En primer lugar, respecto de la distinción entre reasunción y depósito de la soberanía, me parece que si bien para evaluar el grado de voluntad independentista es importante, no lo es en cambio respecto de la naturaleza de la fórmula de legitimación del ejercicio de la soberanía. Porque en ambos casos está implícita la figura del pacto de sujeción. Se trata de algo similar a lo que las elocuentes palabras del apoderado del Ayuntamiento de México, el Licenciado Primo y Verdad expresaban así: "...dos son las autoridades legítimas que reconocemos, la primera es de nuestros soberanos, y la segunda de los ayuntamientos..." Es decir, de la antigua doctrina propia del derecho natural de que la soberanía va de Dios al "pueblo" y de éste al Príncipe, cuya ausencia o tiranía habilitaban al pueblo para recobrarla. Me parece que este corolario al pacto de sujeción está en la base de ambas posturas. Y aquí una breve disgresión sobre otros de los temas tratados en este diálogo: la doctrina del pacto de sujeción no es sólo escolástica, pues también se la encuentra en los principales exponentes del iusnaturalismo -entendiendo por este término el derecho natural no escolástico-, con la excepción de Rousseau que no admitía que el pueblo pudiese privarse de la soberanía y por lo tanto sólo aceptaba la figura del pacto de sociedad. Asimismo, conviene recordar que algo similar a la figura del depósito de la soberanía también se dio en Hispanoamérica. Al menos lo encontramos en Buenos Aires cuando la Primera Junta de Gobierno -no su sucesora, la Junta Conservadora- modifica el 27 de mayo de 1810 la declaración inicial de reasunción de la soberanía, por la de "representar" la soberanía del monarca preso. En este caso, al menos, esa rectificación era una formalidad que expresaba el compromiso entre las tendencias independentistas absolutas, minoritaria aún, y las de autonomismo en el marco de la dependencia a la monarquía castellana, que no impidió la actuación de los pueblos soberanos de allí en adelante -soberanía impugnada por los partidarios de un Estado centralizado. Y es aquí donde cobra sentido la imprescindible distinción entre federalismo y confederacionismo -perdón por el neologismo. Pues es esta última tendencia la que realmente correspondió a la mayoría de los casos hispanoamericanos mal denominados "federales" y que, me parece, había asomado también en el proceso de insurrección de las ciudades espaZolas. Pero, de igual manera, insisto, la concepción de la legitimidad política se escudaba en el contractualismo del derecho natural -muy especialmente en el principio del consentimiento-, y amparaba también la asunción de hecho del ejercicio de la soberanía por las Juntas. Con esto, volviendo a lo anterior, nos enfrentamos con un rasgo característico del proceso iberoamericano y creo que también del espaZol -como también lo fue en en las primeras etapas de la independencia norteamericana: que el sujeto de imputación de la soberanía no es una ciudadanía concebida en términos individualistas, ni una nación pensada de manera congruente con esa ciudadanía, sino un conjunto de entidades corporativas (aunque a veces asomara una mezcla de ambas, considerada por Maravall incongruente, desde el punto de vista doctrinario, en el caso de Martínez Marina; incongruencia que, en todo caso, reflejaba características de la sociedad de la época) Al respecto, por último, me parece que la acertada voluntad de eludir la dicotomía tradición-modernidad -en cuanto es una forma, de las más esquemáticas, del bien descreditado recurso de la periodización histórica- no debería llevarnos a dejar de explorar la relación entre ciertas formas de vida social y esas formas de ejercicio de la soberanía y de representación política. Es decir, la posible correspondencia de la representación corporativa y el mandato imperativo con ciertas formas de vida social mientras la representación individual y el mandato libre, la figura del "diputado de la nación", se corresponden con otras. Creo que el abandono de un uso rígido de la historia social y económica -como de alguna manera se reflejó en la polémica de Martínez Velazco con Artola- no debería hacernos incurrir en una historia intelectual autónoma.

elias Nuevo comentario de Elías Palti al texto de Portillo Valdés
2005-04-11 16:34:09.0
   

Quisiera retomar la intervención de Chiaramonte ya que me parece que sirve para colocar la discusión en su lugar apropiado. Como señala, la oposición entre reasunción o depósito de la soberanía se encuadra estrictamente dentro de los marcos del pactum subjectionis, el cual, por otro lado, no necesariamente nos remite a un universo de pensamiento neoescolástico, sino que tendría eventualmente raíces iusnaturalistas (lo que nos obliga ya ?señalemos de paso? a problematizar la cuestión de la tradicionalidad o modernidad del pactismo que circuló entonces: ¿era el iusnaturalismo alemán todavía "tradicional", o era ya "moderno"?, ¿dónde trazar la línea que separa ambas horizontes conceptuales?).

Puesta la discusión en esta perspectiva se aprecia mejor la problemática que le subyace: la imposibilidad inherente a todo pensamiento precedente (sea neoscolástico o iusnaturalista) de concebir la idea de la "soberanía de la nación". Sin embargo, la vacancia de poder (y vemos aquí el carácter inaudito que, como señalar Annino, del proceso político que ésta desencadenaría), va a obligar a confrontar la cuestión de cuál era la naturaleza de los vínculos preexistentes a la institución de una autoridad política, en fin, obligaría a pensar aquello que el pensamiento pactista clásico debía postular, a fin de hace concebible el pactum subjetionis, sin poder nunca alcanzar a definir: la idea de un pactum societatis. El comentario anterior de Annino sirve aquí también de punto de referencia para comprender esto.

La tradición foral que él rescata reconocía dos tipos de potestades, la potestas jurisdictionis (que ligaba al monarca a sus súbditos) y la potestas dominativa (los lazos de subordinación de índole estrictamente privada). A fin de llegar a la idea de la preexistencia de la nación (en tanto que depositaria primitiva de la soberanía), el primer liberalismo español habría así de pensar el pactum societatis según el modeo del pactum subjetionis, lo que resultaría en un tercer principio, ambiguo, que ya no tiene nada en común con ambos tipos de potestades. Se introducía de este modo la idea de una soberanía paradójica, una soberanía sin soberano; inasible, que reside en todos lados, pero en ningún lugar en particular; a todas luces inconsistente, en la que el mismo que es el soberano es el súbdito, y el súbdito es también el soberano; en fin, algo inconcebible en los marcos de la tradición foral: la idea de una jurisdicción sin un poder de jurisdicción. El primer liberalismo debería, pues, apelar a conceptos tradicionales para designar realidades e ideas que ya no lo eran en absoluto.

El texto de Portillo nos descubre aquí su originalidad: se trata de un intento particularmente lúcido por comprender cómo se produce esa torsión por la cual habrán de generarse en el interior de los lenguajes tradicionales principios que eran ya, sin embargo, inasimilables a ellos (lo que no enfrenta a la paradoja de cómo conceptos inarticulables dentro de su universo semántico pueden, no obstante, resultar comprensibles dentro del vocabulario disponible; cómo pueden desplegarse en el interior de su lógica, socavándola). Leído según la perspectiva de una férrea dicotomía entre tradición y modernidad, es decir, como orientado simplemente a precisar el momento exacto en que un ideal social de corte "moderno" vino finalmente a desplazar a otro "tradicional", el mismo pierde todo sentido, tanto dicho texto como la discusión que aquí nos ocupa se vuelven banales.

En definitiva, dicha perspectiva dicotómica resuelve demasiado fácilmente la serie de contradicciones de la cual emerge y sobre cuya base se erige un nuevo lenguaje político: éstas expresarían la pervivencia de prejuicios tradicionalistas heredados de la colonia. En última instancia, la oposición tradición / modernidad pivotea sobre la base de una concepción idealista, típico-ideal, que lleva a ver a los lenguajes políticos como entidades autónomamente generadas, perfectamente autoconsistentes y claramente delimitadas entre sí. De allí que las contradicciones observadas a nivel de los discursos sólo pueden atribuirse a la superposición accidental de horizontes conceptuales diversos entre sí, no como una dimensión constitutiva de los mismos.

Esto nos lleva a la cuestión de la relación entre las transformaciones en los lenguajes políticos y las alteraciones ocurridas en los ámbitos de su enunciación. El pormenorizado análisis de Portillo nos revela también las estrecheces del esquema tradición / modernidad como grilla para comprender el sustrato material de los desplazamientos que terminarían dando lugar al tipo de inflexión conceptual entonces producida. Tal esquema dicotómico tiende a ver una relación biunívoca entre ambos niveles de realidad: a una sociabilidad moderna corresponde una idea unificada y abstracta de pueblo, en singular; a un tipo de sociabilidad premoderna le corresponde, por el contrario, un concepto plural y concreto de pueblos, en plural. Sin embargo, como surge del texto de Portillo, ambos fenómenos no resultan mutuamente reductibles. En primer lugar, porque no existe un único concepto moderno de sociedad (así como tampoco existe un único concepto tradicional de la misma). La oposición tradición / modernidad, en la medida en que lleva a pensar ambos horizontes conceptuales como entidades homogéneas, termina confundiendo bajo una misma categoría (la de modernidad) formaciones intelectuales, en realidad, muy diversas entre sí. En segundo lugar ?y, en parte, precisamente por ello?, porque tampoco es siempre posible delimitar claramente lo tradicional de lo moderno. Definitivamente, no basta con registrar el uso en plural o en singular de un término particular. De hecho, el uso del término pueblo, en singular, no es necesariamente moderno (el mismo puede encontrarse ya en la Biblia, en la referencia al pueblo de Israel), así como tampoco el uso en plural indica necesariamente la persistencia de una imaginario tradicional (si bien los diputados americanos en Cádiz adoptaron una visión plural de la monarquía, puesto que les permitía eventualmente sostener la idea de la autonomía de las colonias respecto de la metrópoli, esto no prejuzgaba aún respecto de cómo concebían, a su vez, cada uno de estos "pueblos").

En suma, entiendo que el debate que el texto de Portillo ha generado sólo cobra sentido en la medida en que sirve para tratar de superar el esquema dicotómico tradición / modernidad, tratando de poner de manifiesto, en cambio, las complejidades los procesos de inflexión conceptual ocultas tras la imagen de un supuesto antagonismo entre dos universos conceptuales perfectamente articulados, internamente consistentes y claramente delimitados entre sí.




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