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Discusión sobre: "Entre viejos y nuevos sentidos: pueblo y pueblos...", de Fátima Sá

 

iberoideas "Entre viejos y nuevos sentidos: pueblo y pueblos...", de Fátima Sá   2008-07-05 01:28:51.0
   

Respuestas

nlgoldman Comentario de Cristóbal Aljovín al texto de Fátima Sá
2008-07-07 02:28:05.0
   

 Comentarios a "Entre viejos y nuevos sentidos: “pueblo” y “pueblos” en el mundo Iberoamericano entre 1750 y 1850", de Fatima Sá.

 

 

Cristóbal Aljovín de Losada

 

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

 

 

 

El presente documento de discusión tiene como intención proponer líneas de investigación, de reflexión, del trabajo de Fatima Sá desde una perspectiva sobre todo del mundo americano. Sá nos muestra la complejidad del concepto de pueblo-pueblos que, como los conceptos propios de la modernidad iberoamericana, sufrieron una re- sematización con los terremotos políticos de la década de 1810. El concepto de pueblo se convierte en uno de los pilares del nuevo vocabulario político iberoamericano. En líneas generales el trabajo nos muestra los siguientes puntos de la mencionada transición:

 

1.- La relación entre lo nuevo y lo viejo.

2.- Inclusión-exclusión

3.- La constante re semantización del concepto.

 

En el primer punto, entre lo viejo y nuevo, el trabajo enfatiza una de las constantes en los trabajos sobre pueblo: el uso singular y plural del término. En el primer caso, “pueblo” en singular implica una visión moderna de una colectividad constituida en términos de ciudadanos libres e iguales y el segundo uso implica una concepción  corporativa, propia de la concepción del mundo colonial. Es un punto interesante del trabajo que implica cómo el pasado siempre está en el presente. Sin embargo, la utilización de “pueblos” en plural implica algo más que el mero hecho de que el pasado siempre nos toca la puerta. Obviamente , debemos reconocer que hay en esto una cierta concepción pactista y de una soberanía fragmentada. Pero el mundo corporativo, propio de la colonia, ya está en transformación. No estamos ya de ningún modo frente al universo jerárquico y bien definido que presentaba el mundo colonial, aquél en que todos sabían cuál era su lugar. En un contexto de rebelión, no se trata sólo de reivindicar un derecho originario (pre-pacto), sino de reinventar la forma política. Para los casos de Perú y México, que son los que conozco mejor, podemos imaginar que el recurso a los “pueblos” en plural implica conjuntos de poblaciones que se unen en causas comunes para derribar un gobierno que consideran ilegítimo. Por otra parte, para buena parte del siglo XIX sería importante observar el recurso al “pueblo” para la construcción del discurso revolucionario, de los golpes de Estado, que genera imágenes de democracias directas críticas de los gobiernos de turno. Creo que podemos crear una lectura de los pueblos en términos de un sistema político pactista —al estilo de Antonio Annino— que toma distancia del pasado y es una forja conceptual alimentada mucho del discurso moderno así como de las prácticas políticas y cuestiones del control del centro, de la capital, sobre las provincias.

 

Por mis propios trabajos de investigación, y vinculado con el párrafo de arriba, debo decir que la idea del “pueblo en armas” es un tema que podría haber sido más desarrollado en el texto, pues ha sido central en la historia americana, con la excepción del Brasil, supongo.

 

Hay una rica discusión en el texto, quizá la más interesante, del tema central en un lenguaje político con una retórica basada en la igualdad, la de los incluidos y excluidos. ¿Quiénes forman el pueblo? Es una pregunta clave del trabajo. Hay una cierta pugna por definir la conformación del pueblo y de igual de la retórica que descalifica a sectores de la sociedad de pertenecer al pueblo descritos muchas veces como plebe. Obviamente, muchas veces las fuentes que describen a la plebe como ajena del pueblo están vinculadas a los sectores letrados. No hay mucha evidencia de la lucha por derechos de los que supuestamente son considerados como “plebe” aduciendo su condición de ciudadanos o de pertenecer al pueblo ciudadano. Estoy seguro de que estrategias de investigación con otras fuentes nos mostrarían una mayor dinámica de la pugna entre inclusión y exclusión.

 

Hay una parte poco desarrollada del texto que propone líneas de investigación y lo delicado que es el estudio de la historia conceptual. Es el tema de resemantización constante en momentos de poca turbulencia en contraste con periodos de gran turbulencia al estilo de 1810. Aquí hay un ejemplo interesante: el análisis de los significados, que se van mezclando un grupo de conceptos (patria, nación y pueblo) para mediados del siglo XIX, estableciendo o consolidando vínculos semánticos que eran más distantes para inicios del siglo XIX. En cierto sentido, falta el análisis del desplazamiento de “pueblo” en significado pactista hacia la identificación y fusión con “nación” en buena parte de los casos, que supone la desterritorialización del concepto político, lo que también iluminaría cuestiones relativas al asunto de lo federal frente a las formas de régimen unitario. 

 

Para terminar, “pueblo” es un concepto clave. Tiene una fuerza evocadora para los combates políticos o para convocar al pueblo en términos de democracia directa o, también, para mencionar que uno representa al pueblo mediante elección, o en la prensa etc. Algo que es fundamental de la política moderna, la fuerza de la voluntad en desmedro de la tradición, es que el pueblo o sus representantes son los únicos que parecen estar legitimados para constituir un nuevo sistema. Es un concepto que genera fuerza y legitimidad política.



nlgoldman Comentario de Annick Lempérière al texto de Fátima Sá
2008-07-28 16:28:46.0
   

“Pueblo” y “pueblos” en el mundo iberoamericano entre 1750 y 1850: comentario de un comentario.

 

 

Entrando en materia sin dilaciones, quiero ante todo saludar el esfuerzo, brillante y elegantemente llevado a cabo por Fátima Sá, que consistió en construir la síntesis a la vez conceptualizada, comparativa y diacrónica que me fue dada a comentar por los editores del Foro, a quienes agradezco su invitación. En apenas veinte cuartillas, F. Sá recorre e ilumina los aportes de nueve ensayos que exploran las transformaciones del doble término « pueblo/pueblos », en el período 1750-1850, en otros tantos territorios que abarcan gran parte del espacio iberoamericano y a los cuales F. Sá añadió esclarecedores datos sobre el caso portugués que quedó fuera de la lista. En calidad de síntesis, el texto de Fátima Sá es más que la suma de las lecturas de los textos originales. Dedicaré la primera parte de este comentario a exponer y escudriñar, mediante algunas preguntas y apuntes au fil de la lecture, lo que me parecen ser sus principales aportes.

            No sin antes subrayar el carácter un tanto artificial de mi propio comentario, que no será otra cosa que el comentario de un comentario, dado que no tuve a disposición los ensayos que fueron objeto de las reflexiones de Fátima Sá. Desconozco – fuera de las citas hechas por Fátima Sá con un sentido siempre agudo de su valor heurístico – las fuentes que fueron mobilizadas y estudiadas por los autores de los ensayos, tampoco tengo idea de cuales son sus referencias historiográficas o bien de la metodología que cada uno de ellos privilegió para abordar la historia conceptual del doble término en su propia área geográfica. Por lo tanto, tuve por entendido, sin poder averiguarlo, que mi apreciada colega basó su argumentación y sus conclusiones en lo que ella misma, dentro de los datos proporcionados por los autores de los nueve ensayos, identificó como las tendencias o evoluciones generales del concepto, sus rasgos característicos en el universo iberoamericano, las diferencias semánticas más o menos significativas que presentan sus usos y ocurrencias entre un territorio y otro. Asimismo presumí que su síntesis no fue selectiva, sino que ella decidió dar cuenta del conjunto de los principales datos presentes en los textos originales. Dicho eso, es muy probable que este ejercicio comentarístico de segundo grado quede un tanto aproximativo y se encuentre en el caso de expresar puntos de vista y afirmaciones que la lectura de los textos originales me hubiera permitido matizar, resforzar o, al contrario, descartar. Dentro de unos límites impuestos por la prudencia intelectual, dedicaré la segunda parte de este « comentario de comentario » a expresar algunas observaciones, sugerencias y preguntas sobre la historia de un concepto tan central como el de pueblo/pueblos en la comprehensión del tránsito hacia la modernidad política en Iberoamérica.

            El primer rasgo que llama la atención en el ensayo de Fátima Sá es el harmonioso equilibrio logrado entre historia conceptual e historia del bi-concepto pueblo/pueblos. El primer apartado esboza los principales enjeux cristalizados en torno al término pueblo en el mundo iberoamericano entre 1750 y 1850 : la repentina centralidad adquirida por el término desde los primeros momentos del derrumbe de 1808 ; la consiguiente crisis semántica abierta por lo inesperado de este surgimiento – insurrección popular en Portugal y en España ; asunción de la soberanía por parte de los cuerpos municipales – los pueblos – tanto en España como en los dominios ultramarinos a partir de 1810. Desde entonces y por largo tiempo, en efecto, el « pueblo-principio », « la fuerza tranquila de la voluntad general » (Pierre Rosanvallon, Le peuple introuvable), el pueblo (abstracto) titular de la soberanía y sujeto político, el populus, no se limitó a ese papel de « instancia legitimadora del proceso de refundación social y política », sino que se plasmó conceptual y políticamente, por un lado, en la forma de un plural sin par en los idiomas políticos del resto del mundo occidental – los pueblos – y, por el otro lado, en la figura negativa de la plebe, plebs, multitud ignorante y tumultuosa en la cual nadie pensaba encontrar el principio legitimador que sólo reside en la dignidad, o majestad (cf. Clément Thibaud, Majestad y soberanía. Los dos cuerpos del Rey y el Pueblo en la Colombia de Bolívar (1808-1840), Madrid, Marcial Pons/Taurus, publicación anunciada para 2009) del populus. Obviamente el plural del término es el que plantea más problemas y enigmas, ya que la oposición entre populus y plebs está presente no sólo en Iberoamerica y la Península , sino tambien en Francia, Italia y, bajo otros términos, en Inglaterra o Estados Unidos a lo largo del siglo XIX. Quedaría por averiguar si esta acepción social de pueblo no tuvo acaso más larga duración – hasta resolverse en formas específicas de populismo durante el siglo XX – en Iberoamérica que en el resto del mundo occidental. En cuanto a los pueblos, basta con pensar en la intraductibilidad literal del término, sea en el latín populi o en el francès peuples, para entender que no estamos frente a un plural anodino de pueblo. Como bien lo subraya Fátima Sá, los pueblos remite a una concepción específica de la soberanía – no la unitaria e indivisible de los jacobinos, sino la fragmentada y plural heredada de la monarquía compuesta – al mismo tiempo que a otra visión de la estructura social – no la individualista de la sociedad de cuidadanos sino la corporativa y jerarquizada de las comunidades - el pueblo como comunitas, asociación « natural » y « necesaria » según las concepciones de los canonistas y civilistas medievales, o sea preexistente a cualquier forma de contrato social y al Estado y, por lo tanto, capaz de sobrevivir a su derrumbe. He aquí uno de los principales « sentidos revitalizados por la coyuntura »  aludidos por Fátima Sá.

            Los cuatro apartados siguientes esbozan la periodización de las sucesivas metamórfosis semánticas de la pareja pueblo-pueblos dentro del siglo de corte koselleckinao 1750-1850. A primera vista, esta cronología y los virajes identificados por F. Sá no presentan mayores sorpresas. Aún se podría decir que decepcionan por su carácter altamente predictible, si partemos de los esquemas conocidos respecto del caso europeo. Primera sacudida semántica identificada en la época de las Luces ; el terremoto de 1808 y el doble surgimiento del concepto moderno de pueblo (el soberano) y del plural pueblos, que no traduce otra cosa que la excepcional plasticidad pragmática de las viejas comunidades corporativas frente a los cambios introducidos por el principio de soberanía de nuevo corte ; muy pronto desconfianza producida por la conciencia del gap entre el pueblo-principio y el pueblo-plebe ; por fin los ecos y las versiones locales del romanticismo político y sus afanes democratizantes que buscan redimir a la plebe para convertirla en verdadero sujeto político, populus.

Sin embargo, esta periodización se encuentra fuertemente matizada por los mismos datos expuestos. Así por ejemplo, entre 1750 y 1808 el protagonismo principal queda del lado de los pueblos – los Comuneros del Socorro, los Cabildos – y de la estratificación jurídico-étnico-social de estirpe colonial con sus vecinos principales blancos y todo el abánico de las castas plebeyas. Las inquietudes sociológicas de las restringidas élites ilustradas respecto de la plebs no bastan para cambiar fundamentalmente la venerable semántica de la voz pueblo. Al otro extremo del período, uno puede preguntar hasta qué punto el « eco de las revoluciones europeas de 1848 » y, más generalmente hablando, el romanticismo político y su filantropía populista, tan obvia en un Sarmiento como en un Santiago Arcos o un Guillermo Prieto, basta para darle un rumbo más democrático a la historia iberoamericana del concepto pueblo, o si no se trata simplemente de una operación cosmética y coyuntural. En efecto, fue en los años 1830 y 1840 cuando se desplegó en todo su esplendor el conjunto de los paradigmas ilustrados, incluso los que se referían al pueblo como plebe, y a los vicios y malas costumbres de la plebe como el mayor obstáculo opuesto al progreso hacia la civilización. De tal suerte, desde el punto de vista de la semántica, 1808-1810 sería el único verdadero parteaguas, a partir del cual se reinterpreta enteramente el pasado y se proyecta un futuro enteramente indefinido. El énfasis puesto por Fátima Sá en la diversidad de las vías abiertas en aquel entonces por la metamórfosis de el pueblo/los pueblos en sujeto(s) de la soberanía, tanto del punto de vista conceptual (populus/plebs, pueblo abstracto/comunidades concretas) como pragmático (federalismo / soberanía unitaria ; capacidad electoral restringida / amplia) suena como especialmente estimulante para reconsiderar la historia política iberoamericana.

            Quisiera ahora abordar dos o tres cuestiones que no aparecen como tales en el comentario de Fátima Sá, lo que, como dije al principio, me hace suponer que tampoco aparecen en los nueve ensayos que leyó y comentó Fátima. Hasta cierto punto, estas dos o tres cuestiones están íntimamente interrelacionadas por una pregunta más general respecto de la relación existente entre el concepto pueblo (doble en el caso hispanoamericano : pueblo-pueblos) y la temporalidad propia del tránsito entre mundo tradicional y mundo moderno, o sea la entrada en la temporalidad de la historia orientada hacia el futuro por la dinámica del progreso y el protagonismo humano. Una temporalidad que podría calificarse, esquemáticamente, como secularizada. ¿Hasta qué punto se secularizó el concepto de pueblo en el mundo iberoamericano durante el siglo koselleckiano? O dicho al revés : ¿Hasta qué punto este corte temporal está del todo adecuado a la temporalidad propia de las sociedades iberoamericanas?

            Tratándose específicamente del término pueblo y su variedad de acepciones y dimensiones, tal vez un enfoque cronológico de duración resueltemente más larga – multisecular – ofrecería mayores oportunidades de tomar en cuenta la muy compleja carga semántica que todavía ostenta a la hora del parteaguas de 1808. « Que quier dezir Pueblo », así empezaba la ley I, titulo X, de la segunda de las siete Partidas. Y la definición no es nada anodina : « Cuydan algunos quel Pueblo es llamado la gente menuda, assi como menestrales, e Labradores : e esto non es ansi (…) Pueblo llaman el ayuntamiento de todos los omes comunalmente, de los mayores, e de los medianos, e de los menores. Ca todos son menester, e non se pueden escusar, porque se han de ayudar unos a otros, porque puedan bien bivir, e ser guardados, e mantenidos. » Desde el inicio el pueblo es la comunidad (comunidad : el compartir los munera, los cargos del convivir), el pueblo es la polis, no importa sea una república independiente o un cuerpo autónomo dentro de una gran monarquía. Fuera bajo el término república, o cuerpo político, o el público (de tal o tal ciudad), esta significación del concepto pueblo estaba todavía activa a principios del siglo XIX, antes de ser dramáticamente reactivada por las circuntanscias de 1808. Este concepto no cabe dentro de la categoría de lo político en el sentido moderno : es un concepto jurídico-teológico, en el cual la semblanza de sociología (« mayores, medianos, menores ») expresa en realidad una concepción del orden humano como imagen del orden natural, o sea no del todo disponible para la acción y la voluntad humanas. Obviamente se trata de una concepción no secularizada del pueblo-pueblos. En el otro extremo del abánico temporal, en otra historia y otro territorio, Balzac registraba con solemne agudeza la desaparición definitiva de ese pueblo del pasado : « Enfin le peuple suit les Rois et ces deux grandes choses s’en vont bras dessus bras dessous pour laisser la place nette au citoyen, au bourgeois, au prolétaire, à l’Industrie et à ses victimes. Les trois ordres anciens sont remplacés par ce qui s’appelle aujourd’hui des classes » (cursivas en el original. Honoré de Balzac, L’Hôpital et le Peuple [1844], Biblothèque de la Pléiade , Gallimard, 1981, tome XII, p. 570). Son aquí categorías políticas, económicas, sociales, referidas a realidades efectivas, las que dan sus significaciones al término pueblo, no ya las jurídicas propias de la ordenación corporativa en órdenes o estados. ¿Donde están, en las fuentes de los nueve ensayos, las señales de esta progresiva secularización del concepto ? O al revés, ¿dónde aparece la dimensión ineludible del enigma pueblo-pueblos que se llama catolicidad ? Para desesperación de publicistas y reformadores, el soberano, aunque fuera pueblo, seguía siendo católico como su antiguo Rey – no sólo dependiente de supersticiones y dogmas sino, más gravemente, apegado a una jerarquía de valores según las cuales la ley religiosa era superior a la ley nacional, la moral pública confundible con la moral privada, el pluralismo religioso sinónima de destrucción de la comunidad. En este contexto, el concepto moderno de pueblo soberano no sólo sirvió como instancia legitimadora del ejercicio del poder, sino que fué un incentivo para propugnar las reformas que acabarían con el antiguo regimen jurídico y cultural. Fué parte del ideario del progreso y de la civilización. Arma de doble hilos puesto que justificaba también el elitismo más despreciativo hacia la plebe, la chusma, el pueblo ignorante. En otras palabras, y con esto concluyo, tratándose de pueblo-pueblos pero también de otros conceptos de la modernidad política, probablemente una de las especificidades del mundo iberoamericano resida en la problemática y controvertida secularización de sus significaciones. Y es probable que 1850 sea más una etapa que un verdadero viraje en este largo proceso.

 

Annick Lempérière



nlgoldman Comentario de Noemí Goldman al texto de Fátima Sá
2008-09-02 00:25:59.0
   

Comentario de Noemí Goldman al texto de Fátima Sá

 

 

El texto de Fátima Sá ha merecido dos excelentes comentarios iniciales que puntualizaron los aportes más relevantes de su estudio comparativo y diacrónico del binomio “pueblo/pueblos” en el mundo Iberoamericano entre 1750 y 1850, con relación a las principales mutaciones semánticas del concepto y su evolución durante el período mencionado. Por mi parte, desearía intervenir en este debate con una observación sobre uno de los aspectos más característicos del sentido del término que ha sido claramente señalado por Fatima Sá en su texto: la centralidad del bi-concepto en el discurso político hispanoamericano de la época.

En efecto, como bien subraya F. Sá, los pueblos constituyen “la forma constante de designación de unidades básicas de legitimidad de poder” en el inicio del proceso de emancipación hispanoamericano, en correspondencia con las concepciones pactistas del origen de la soberanía real. Más aún, F. Sá observa que la vitalidad en el uso del plural, en los períodos posteriores a la independencia en gran parte de los espacios políticos analizados, se debió justamente al enfrentamiento entre concepciones divergentes de la soberanía (soberanía plural versus soberanía única), que derivaron en también opuestas posturas doctrinarias (proyectos federativos o confederativas versus proyectos centralistas).

            En este sentido, no es menor la observación realizada por Annick Lempérière con relación a la intraducibilidad del plural de pueblo que no encuentra una correspondencia exacta con los vocablos homólogos en latín (populi) o en francés (peuples).  Este simple hecho lingüístico nos habla de  la existencia de ciertos valores diferenciales en el uso de pueblos en español que remite a las experiencias políticas propias de los pueblos americanos.

Ahora bien, en la perspectiva de historia conceptual que F. Sá nos propone para abordar comparativamente el estudio del binomio conceptual pueblo/pueblos  en Hispanoamérica, observamos –como además lo puso ya de manifiesto la historiografía- que en el terreno de la acción política las concepciones sobre la legitimidad del poder en el período de la crisis de 1808 y de las independencias combinaban, sin aparente contradicción, pautas de la antigua tradición doctrinaria de la monarquía castellana –“el pueblo como comunitas, asociación “natural” y “necesaria” según las concepciones de los canonistas y civilistas medievales” (A.L.) - con las normas del derecho natural y de gentes en sus variados desarrollos a lo largo de los siglos  XVI a XVIII. Prueba de ello es la variedad de formas políticas elaboradas y ensayadas tendientes a preservar las autonomías y al mismo tiempo a buscar formas de integración en unidades mayores por medio de diversas alianzas, pactos, confederaciones, Estados federales o centralistas, que valdría la pena profundizar. Es acertada, en tal sentido, la precisa observación que realiza Cristóbal Aljovín respecto al recurso a los “pueblos” que reúne a conjuntos de poblaciones que se unen en la defensa de causas comunes. 

 

                                                                                                                

Noemí Goldman

 



nlgoldman Respuesta de Fátima Sá
2008-09-18 18:15:24.0
   

Respuesta a los comentarios de Cristóbal Aljovín de Losada, Noemí Goldman y Annick Lempérière

 

 

Con gran placer, aunque con cierto retraso, del que les pido que me disculpen, respondo a los tres comentarios de mi texto “Entre viejos y nuevos sentidos: “pueblo” y “pueblos” en el mundo Iberoamericano entre 1750 y 1850”, que ha merecido cometarios de mis estimados colegas Cristóbal Aljovín de Losada, Noemí Goldman y Annick Lempérière, a quienes deseo saludar, agradeciéndoles la generosa recepción que han reservado a un trabajo que ciertamente reúne menos virtudes de las que ellos han querido encontrar en él.

 

No puedo dejar de subrayar lo mucho que esos comentarios han resultado instructivos para mi, todavía neófita en estos temas de historia conceptual, y cómo me han ayudado a profundizar en una temática que me apasiona desde hace mucho: la de la reflexión histórica sobre “lo popular”, en relación a la cual el proyecto Iberconceptos (que Javier Fernández Sebastián coordina desde hace tres años de modo tan estimulante) me ha abierto nuevas y apasionantes perspectivas. Aprovecho para congratularme también de la asociación de Annick Lempérière a este proyecto, que tanto se beneficiará con su colaboración.

 

Entrando, sin más dilación, en la temática de análisis y dado que no dispongo ni de espacio ni de tiempo para explorar todas las pistas que cada uno de los tres comentarios sugieren, optaré por seleccionar las cuestiones que me parecen menos consensuales en nuestros cuatro textos y que mejor pueden contribuir para estimular el debate.

 

La primera cuestión es suscitada por el comentario de Cristóbal Aljovín de Losada, donde subraya a propósito de los usos en singular y en plural del término “pueblo”, que el primero implica “una visión moderna de una colectividad constituida en términos de ciudadanos libres e iguales”, y el segundo “una concepción corporativa, propia de la concepción del mundo colonial”, señalando que es de interés observar “cómo el pasado siempre está en el presente”, pero añadiendo, no obstante, que “la utilización de “pueblos” en plural implica algo más que el mero hecho de que el pasado siempre nos toca la puerta” . Ese “algo más” designaría, según creo entender, significativos cambios en el campo de la experiencia histórica en la medida en que a comienzos del siglo XIX “el mundo corporativo de la colonia ya está en transformación”, y que no se está así ya “de ningún modo frente al universo jerárquico y bien definido que presentaba el mundo colonial”. En el mismo sentido, Cristóbal resalta igualmente que “en un contexto de rebelión, no se trata sólo de reivindicar un derecho originario (pre-pacto) sino de reinventar la forma política”, y desarrolla el postulado anterior afirmando: “Para los casos de Perú y México, que son los que conozco mejor, podemos imaginar que el recurso a los pueblos en plural implica conjuntos de poblaciones que se unen en causas comunes para derribar un gobierno que consideran ilegítimo”. “Que se unen en causas comunes”, o sea, que se asocian voluntaria y deliberadamente y no de forma comunitaria como ocurriría en un universo corporativo que, en este momento, ya estaría  siendo superado. La conclusión que parece estar implícita es la de que el uso del plural “pueblos”, como forma de legitimación de una rebelión apoyada en antiguos principios pactistas, habrá tenido un uso sobre todo instrumental, necesario, únicamente, como punto de apoyo para una reinvención de la “forma política”.

 

Bien distinto es el modo como Annick Lempérière, en su “comentario a un comentario”, aborda la cuestión del uso del plural “pueblos” en Iberoamérica en los años cruciales de 1808-1810. Tras llamar la atención hacia la intraducibilidad de ese plural a otras lenguas con el mismo origen, como el propio latín o el francés, afirma que tal hecho muestra “que no estamos frente a un plural anodino de pueblo”, subrayando de esta forma que la especificidad del término “los pueblos” en español remite a una “concepción especifica de soberanía – no la unitaria e indivisible de los jacobinos, sino la fragmentada y plural heredada de la monarquía compuesta – al mismo tiempo que a otra visión de la estructura social – no la individualista de la sociedad de ciudadanos sino la corporativa y jerarquizada de las comunidades, asociación “natural” y “necesaria” según las concepciones de los canonistas y civilistas medievales, o sea preexistente a cualquier forma de contrato social o al Estado, y por tanto capaz de sobrevivir a su derrumbe”. Este habría sido uno de los principales “sentidos revitalizados por la coyuntura” a la que yo aludí en mi texto.

 

La diferencia de interpretaciones que aquí se hace patente me parece muy clara: de un lado la noción de que existe un universo político en transformación, donde las concepciones pactistas de la soberanía que estarían subyacentes en el plural “pueblos” han sido o están siendo rápidamente abandonadas, pero que se reactivan momentáneamente en función de la lucha política, y, del otro, su permanencia a pesar de lo que ha cambiado, su resistencia y durabilidad.

 

En relación a mi texto que, como bien señala Annick Lempérière, pretendía ser una síntesis “no selectiva” y apoyarse muy directamente en los textos que le habían servido de base (entre ellos el mío propio, relativo a Portugal, que me olvidé de incluir en el listado), me parece que ambas perspectivas no son antagónicas, sino que coexisten probablemente con numerosas variantes, sobre las cuales las historias de los diferentes procesos de independencia americana pueden, quizás, dar cuenta, y acerca de las cuales yo no consigo hacer más que tomar ejemplos diseminados en esos trabajos. De modo que, y ya que hablo en mi texto tanto de “reinvención” del plural “pueblos como de “sentidos revitalizados por la coyuntura”, yo tendería a extender al conjunto de los procesos de las distintas regiones lo que Ezio Serrano escribió a propósito de Venezuela, cuando afirmaba que “el período que cubre los años de 1808/1814, registra la vitalidad de las viejas acepciones en connivencia con las formas nuevas”. Una coexistencia de la que Noemí Goldman y Gabriel di Meglio dieron buena cuenta en el ejemplo de la Junta Provisional creada en Buenos Aires en Mayo de 1810. Una Junta que, de hecho, dirigió una circular al “los pueblos” manifestando el deseo de que “los pueblos mismos recobrasen los derechos originarios de representar el poder, autoridad y facultades del Monarca”, pero cuyo secretario, Mariano Moreno, prefería claramente el concepto de “soberanía popular”, que permitía fundamentar el derecho a la emancipación, al de “pacto de sujeción” subyacente a la primera formulación, por más que hubiera recurrido al uso del término “pueblos” y a las doctrinas pactistas “para defender los recuperados derechos de los pueblos frente al Monarca”. Se deriva de ello, de forma clara, que al menos una parte de los líderes de esta primera Junta veía en la constitución de una nueva autoridad no un simple cambio de gobierno, sino la posibilidad de construir un nuevo orden instaurado sobre otras bases y principios que estaban lejos de ser los del antiguo orden corporativo.

 

Pero es innegable el papel de los Cabildos en todo este proceso y es innegable también que su protagonismo está profundamente arraigado en las posiciones pactistas, lo que permite que, como refiere Eugenia Roldán Vera acerca de México, una vez roto el pacto entre el rey y sus pueblos, “los cabildos de las ciudades comiencen a jugar un papel político nuevo desde el momento en que deciden realizar ceremonias públicas para jurar lealtad al rey en defensa de la monarquía frente a la invasión napoleónica de la península ibérica” . En este como en otros casos son sin duda las teorías pactistas que son reivindicadas en defensa de Fernando VII y de la monarquía aunque de forma inédita como inéditos eran los hechos a que se intentaba responder.

 

No es posible multiplicar los ejemplos, pero me parece indispensable acentuar la noción de pluralidad que los textos que manejé, en su conjunto, evocan: pluralidad de protagonistas, de proyectos y de itinerarios políticos que pueden confluir momentáneamente para alejarse a continuación, esbozando un mundo palpitante de caminos y posibilidades que coexisten, muchas veces en conflicto, que no es posible restringir a los protagonistas, caminos e itinerarios que efectivamente triunfaron. Una coexistencia que Noemí Goldman ha querido enfatizar en su comentario al afirmar que “en el terreno de la acción política las concepciones sobre la legitimidad del poder en el período de las independencias combinaban, sin aparente contradicción, pautas de la antigua tradición doctrinaria de la monarquía castellana – el pueblo como comunitas asociación natural y necesaria, según las concepciones de canonistas y civilistas medievales(A.L.) – con las normas del derecho natural y de gentes en sus variados desarrollos a lo largo de los siglos XVI a XVIII”.

 

Sin embargo, creo que la cuestión no se agota aquí y que entronca con otra más genérica, planteada también por Annick Lempérière, que se vincula de modo general con el trabajo historiográfico en sí mismo, si bien afecta de forma más aguda a quienes trabajan sobre historia conceptual: me refiero al problema de los tiempos históricos y de su conceptualización. Annick Lempérière formula la cuestión de forma muy directa, relacionándola con el problema de la secularización del doble término analizado y con la ausencia en mi texto y, se subentiende, en los que sirvieron de base para su redacción, del concepto jurídico-teológico de “pueblo” como comunidad: “comunidad (el compartir los munera, los cargos del convivir). Un sentido que sería posible encontrar en la larga duración de las monarquías católicas, “fuera bajo el término república, o cuerpo político, o el público (de tal o tal ciudad)” y cuya significación estaría “todavía activa a principios del siglo XIX, antes de ser dramáticamente reactivada por las circunstancias de 1808”, un sentido ligado a una “concepción del orden humano como imagen del orden natural, o sea no del todo disponible para la acción y la voluntad humanas”. Una cuestión que se transforma en interrogación directa, un poco más adelante, en los siguientes términos “¿Dónde están en las fuentes de los nueve ensayos, las señales de esta progresiva secularización del concepto? O al revés, ¿dónde aparece la dimensión ineludible del enigma “pueblo-pueblos que se llama catolicidad?” Una cuestión totalmente pertinente a la que sólo puedo responder que, sin estar ausente, se encuentra de hecho débilmente representada en el conjunto (incluso en mi texto sobre Portugal), aunque surja asociada al período que se extiende entre 1750 y la ruptura de 1808-1810 a las preocupaciones ilustradas con el binomio “policía y caridad”, y sobre todo en el texto de Marcos Fernández Labbé sobre Chile, en la asociación clara, durante ese mismo período, del término “pueblo” (en su sentido diríamos “más sociológico”) al sentido, cristiano, de “pobreza”.

 

Esta débil presencia nos plantea necesariamente varios problemas. Uno de ellos, evocado por A. Lempérière, es el de la pertinencia del recorte cronológico adoptado; otro, más complejo, es el de nuestro sometimiento al mencionado moderno modelo del tiempo y de la historia como desarrollo unilineal y progresivo.

 

Soy consciente de que esta respuesta es también ella débil, y de que la interrogación, en su forma más genérica, permanece, invitándonos a que nos impliquemos cada vez más y de forma más profunda en el objetivo de la búsqueda del “pasado en sus propios términos”.

 

 

                                                                       Fátima Sá

 




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