logo foro ibero-ideas
institucionalmisceláneaanunciosreseñasseminarioscontáctenos



Discusión sobre: "Historia, experiencia y modernidad en Iberoamérica", de G. Zermeño

 

elias "Historia, experiencia y modernidad en Iberoamérica", de G. Zermeño   2008-04-14 20:54:23.0
    Con el presente texto de Guillermo Zermeño abrimos la serie "Conceptos polítics fundamentales en Iberoamérica", la cual se realiza en el marco del proyecto Iberconceptos, y será publicada en formato libro junto con los debates suscitados en este foro.
 En dicho texto, Zermeño, siguiendo la pauta provista por Reinhart Koselleck para el caso europeo, analiza cómo se produjo el surgiento en la región de un concepto de la Historia como asociada a un flujo temporal irreversible.

Guillermo Zermeño es profesor de El Colegio de México, especializado en historia conceptual y teoría e historia historiográfica.

Respuestas

elias Comentario de Alfonso Mendiola al texto de Guillermo Zermeño
2008-04-14 21:48:00.0
   

¿Los pasados de las sociedades coloniales pueden ser estructurados desde una visión histórica moderna?

 

Alfonso Mendiola

 

 

 

hacer historia, es decir, escribir sobre una realidad que tiene por definición el estar inacabada.

Siegfried Kracauer

 

 

 

 

La respuesta que nos da Guillermo Zermeño en su ensayo, “Historia, experiencia y modernidad en Iberoamerica, 1750-1850”, es sí. Ahora, ¿cómo se debe entender este sí dado por Zermeño?

 

 

 

Zermeño se pregunta si en la región Iberoamericana se dio una experiencia del tiempo moderna. Por experiencia moderna del tiempo retoma los análisis de Koselleck. La experiencia moderna del tiempo –que se expresa en el surgimiento del neologismo “historia” como un concepto colectivo singular- es aquella que se orienta a partir del futuro y no del pasado. Aquí se encuentra uno de los problemas centrales de este ensayo. ¿Cómo es posible retomar el concepto moderno de historia que, según Koselleck,  nació en Europa en el último tercio del siglo XVIII para aplicarlo a una región del mundo distinta? Si la demostración de Koselleck se da en función de un acontecimiento singular, la Revolución francesa, ¿cómo se puede utilizar su concepto para analizar otras experiencias? Hagamos una formulación explícita del problema: los conceptos como expresión de experiencias son independientes de las estructuras sociales que los posibilitan. Es decir, puede haber historia en el sentido moderno sin un acontecimiento inaugural y originario. Para Koselleck la nueva estructura del tiempo que surge con la modernidad es el resultado de un acontecimiento, la Revolución francesa, que ya no se puede comprender desde acontecimientos pasados o anteriores. Este evento inaugural sólo puede ser pensado desde su propia novedad, es decir, él mismo es la novedad radical en tanto que instaurador de una ruptura. Aún más, para Koselleck este acontecimiento sólo podrá ser comprendido en función de un vector de energía social que se orienta hacia el futuro.

 

La pregunta que surge es la siguiente: ¿para Zermeño cuál sería el acontecimiento que instituye en Iberoamerica, me refiero básicamente a los países latinoamericanos, ese tiempo moderno de ruptura radical? Esto es, ¿qué evento singular se vuelve inexplicable desde el pasado (desde la historia maestra de vida)? Zermeño llama de tres manera ese acontecimiento: en unas ocasiones movimientos de Independencia , en otras, las Guerras napoleónicas y, a veces, Cortés de Cádiz. Podríamos decir, tratando de ser fieles al ensayo de Zermeño, que él utiliza tres descripciones distintas de un mismo evento. No es difícil aceptar que esas tres designaciones se refieren a un único “hecho social”. De aquí surge la siguiente pregunta que le hacemos al autor: ¿ese acontecimiento que se designa de tres maneras distintas puede entenderse como la expansión o difusión de la Revolución francesa? De ser esta la respuesta, se podría decir que la experiencia moderna del tiempo, esto es, el tiempo histórico en su figura moderna, se expande al mismo ritmo que lo hace la Revolución; y de ser así, Revolución francesa igual a historia en el sentido moderno, se podría afirmar que este régimen moderno del tiempo va desapareciendo en relación directa con la disolución del concepto de Revolución. Lo anterior significa que después del fin de la Guerra fría desapareció la concepción moderna del tiempo. De ser correcto lo anterior, surge otra pregunta. ¿en qué nueva experiencia del tiempo nos encontramos en la actualidad?

 

Para cerrar este comentario expongo la cuestión que articula mis preguntas. Primero una hipótesis: esta relación tan estrecha entre experiencia moderna del tiempo y Revolución francesa es solamente la proyección del modo en que Koselleck construyó su noción de historia. Con lo anterior me refiero a lo siguiente: la semántica moderna del tiempo, según Koselleck, es el efecto del primer acontecimiento que fue concebido como un verdadero acontecimiento. Por acontecimiento entiendo contingencia en sentido fuerte. Dicho de otra manera, la Revolución francesa es el primer evento que se piensa a sí mismo como histórico, esto es, como inesperado. De ser esto correcto, no hay tiempo histórico sin un acontecimiento que se describe a sí mismo como histórico. ¿Son, según Zermeño, los movimientos de Independencia, ese acontecimiento que se piensa de manera histórico?

 

“Historia, experiencia y modernidad en Iberoamerica, 1750-1850” nos propone de manera sería y rigurosa la exigencia de pensar la historia desde la historia, y esto se le debe agradecer a su autor.

 



nlgoldman Comentario de Valdei Lopes de Araújo y Joao Paulo G. Pimenta
2008-04-28 17:19:36.0
   

Historia, experiencia y modernidad: elementos para un debate.

 

 

 

Valdei Lopes de Araújo (UFOP, Brasil)

João Paulo G. Pimenta (USP, Brasil)

 

 

La periodización propuesta por Zermeño se divide en tres etapas: 1) predominio de una concepción clásico-retórica de historia; 2) asimilación del concepto a las historias nacionales en su proceso de emancipación; y 3) normalización de la experiencia en grandes narrativas y filosofías de la historia. Mientras la primera y la tercera etapa surgen bien definidas, pues representan a grosso modo el viejo y el nuevo mundo conceptual, parece existir una cierta dificultad para la definición de la segunda. ¿Cómo caracterizarla? ¿Se trata de un momento de crisis y transición? La cuestión no parece estar totalmente resuelta ni siquiera en los trabajos de Koselleck, pues cuando éste definió el Sattelzeit, entre 1750 y 1850, no elaboró ningún tipo de periodización intermedia, tal como tratamos de hacer para el caso ibérico.

 

En el artículo “historia” del Diccionario de los Conceptos Fundamentales[1] podemos rastrear la “evolución” de determinadas conquistas provisorias o parciales, pero la impresión general es la de que la gran “transición” entre lo antiguo y lo moderno recién habría concluido alrededor de 1850. Los especialistas en el tema parecen estar indecisos cuando se enfrentan a las continuidades que surgen dentro de ese recorte. Al final, ¿cómo caracterizar ese pasaje hacia el mundo moderno? No nos resulta accidental el hecho de que Koselleck haya evitado categorías tales como “régimen de historicidad” o inclusive “campos discursivos”, los que presupondrían la capacidad de trazar una línea mucho más nítida entre dos épocas.

 

¿Cómo caracterizar, entonces, el tiempo de pasaje entre esos dos cuadros históricos sin recaer en categorías tales como la de “transición”? De hecho, no nos parece ni posible ni deseable que así sea. Inclusive Koselleck mostró que no estaba dispuesto a abdicar de una de las conquistas más preciosas de la historiografía moderna, a saber, la idea de que el propio proceso histórico es capaz de proveerle al historiador categorías cognitivas. Vista retrospectivamente, la historia del siglo XVIII puede concebirse como una transición hacia lo moderno, aunque en su propio momento histórico efectivo ese camino haya sido apenas uno entre todos los posibles. La verticalización del estudio de los conceptos no deberá revelar el pasaje entre grandes bloques cronológicos homogéneos, sino una progresiva acumulación cognitiva y práctica, no siempre coherente, organizadora y organizada por la contingencia histórica concreta de un período plagado de profundas transformaciones.

 

Por lo tanto, debemos diferenciar “transición” como categoría de análisis historiográfico, de transición como una sensación contemporánea a los sujetos históricos en cuestión. La percepción de que vivían dentro de un mundo provisorio, de que algo empezaba a ser construido, se hace notoriamente presente en dicha coyuntura, lo que sería una de las consecuencias, al mismo tiempo que posibilidad estructural, de la experiencia moderna de la historia, tal como lo demostró Hans Ulrich Gumbrecht al definir lo que llamó de cronotopo tempo-histórico.[2] Por lo tanto, para la experiencia ibérica, “transición” puede entenderse tanto como una categoría historiográfica o como una descripción de algunos rasgos de la experiencia vivida.

 

Una de las afirmaciones más cruciales del texto de Zermeño ofrece un buen pretexto para una reflexión en esa dirección. Según él, “para el caso iberoamericano habría coincidencia en que este cambio [la conversión de la Historia en un singular colectivo] tuvo lugar entre 1808-1823, impulsado no tanto por movimientos intelectuales sino por movimientos sociales y políticos originados en la desarticulación del imperio español y portugués.” Si resulta conveniente reiterar la inexistencia de una elaboración intelectual previa en condiciones de promover el sustrato básico de dicho movimiento – ya que, por ejemplo, las independencias no resultaron de programas nacionalistas o de conciencias nacionales divergentes –, también lo es la advertencia alrededor de la fuerza desempeñada por elaboraciones de la misma naturaleza que, surgidas en varios tiempos y espacios en medio de dicha “segunda etapa”, merecen atención por ser capaces de recrear la propia realidad que las habría engendrado.

 

Los dinámicos cambios que siempre pautaron al mundo ibérico desde la formación de los imperios coloniales, a partir de 1808 desembocaron en soluciones políticas innovadoras que parecen desanimar una estricta separación entre “movimiento intelectual” y “movimientos sociales y políticos”. De ese modo, si la atención recae menos sobre el advenimiento aunque más sobre el desarrollo de la “segunda etapa”, la doble posibilidad de utilización del término “transición” mencionado más arriba, se inclinaría claramente hacia la segunda de ellas. Pues se trata de una experiencia contemporánea de un mundo en transición, sólidamente basada en elaboraciones intelectuales que operan a modo de herramientas de actuación política, cuya importancia para la singularización de la historia diluiría – o hasta eliminaría – la distinción existente entre “movimientos políticos” y “movimientos intelectuales”. En ese caso, “transición” como categoría de análisis implicaría una especie de naturalización del movimiento, menospreciándose, además, la densidad política de las elaboraciones intelectuales que le resultan inherentes. La respuesta al cuestionamiento alrededor de la especificidad histórica de dicha articulación entre movimientos “políticos” e “intelectuales”, tal vez pueda brindarnos elementos adicionales en el intento de caracterizar con mayor precisión esa “segunda etapa” la cual, ubicada entre otras dos más claras, posee una autonomía cuyos límites aún no resultan consensuales.

 



[1] Cf. Reinhardt KOSELLECK. Historia. Madrid: Editorial Trotta, 2004, passim.

[2] Cf. Hans Ulrich GUMBRECHT. “Cascatas de modernidade” In ____. Modernização dos sentidos. São Paulo: Ed. 34, 1998, p. 9-32.



Pedro José Chacón Delgado
2008-05-14 13:49:01.0
   

            LOS CUESTIONADORES DEL SATTELZEIT  EN EL ÁMBITO HISPÁNICO

            El programa Iberconceptos empezó su andadura con el abordaje de una serie de diez conceptos entre los cuales, por supuesto, se incluía el de historia. Las razones de esta inclusión son evidentes a nada que nos acerquemos un tanto a la obra de Koselleck, pero había que demostrar su pertinencia también para el ámbito iberoamericano, algo de lo que ahora nos ha dado cuenta fehacientemente este trabajo del profesor Guillermo Zermeño.

Como historiador de vocación y de dedicación, he de confesar que me supuso y me supone un esfuerzo suplementario abordar un concepto como este de historia, que me correspondió en la primera fase de Iberconceptos por el grupo de España, puesto que nos situamos con él en un ámbito un tanto alejado de conceptos usuales en nuestro discurso político habitual, como son todos los demás considerados por Iberconceptos, tanto en su primer ciclo (ciudadano, pueblo, constitución y demás) como en su segundo ciclo ya iniciado, que incluye términos como libertad, estado, orden, entre otros.

El concepto historia, además de ofrecernos la posibilidad de entender un ámbito cronológico y espacial determinado, huyendo de anacronismos y ofreciéndonos herramientas más fiables para entender el presente (propósitos fundamentales de la Historia de los Conceptos), es también un concepto heurístico que condiciona por sí mismo todo el significado que le demos a la etapa histórica aquí considerada. De ello se deduce la trascendencia del mismo, la pertinencia de su inclusión aquí y, además, las consecuencias que ofrece para el estudio de los demás conceptos del programa.

En cualquier caso, la investigación sobre el concepto historia en el ámbito hispánico permanece abierta, como no podría ser de otro modo, puesto que en la investigación histórica nada nunca es definitivo, como bien sabemos los que nos dedicamos a ella: esta es precisamente una de las consecuencias mayores de esa aparición del singular colectivo historia y del significado que adquirió a partir de este momento histórico que analizamos: formamos parte de la historia (entendida como pasado) pero también la hacemos, y además construimos su relato. El círculo hermenéutico así constituido genera historia en forma de reflexión sobre la misma, en forma de escritura de la misma y esos resultantes indagatorios y escritos son de nuevo digeridos para a su vez generar nuevos resultados, en un proceso sin fin, como la misma historia entendida como pasado pero también como presente y como devenir, y en la que todos estamos embarcados.

            El concepto de historia experimenta una transformación en el periodo que va de 1750 a 1850 (Sattelzeit), según la propuesta ofrecida por Reinhart Koselleck y parte, como es sabido, entre otros, de sus estudios siguientes que pasamos a mencionar. El más reciente: historia/Historia, Madrid, Trotta, 2004 (original alemán 1975), pero también determinados capítulos de Futuro pasado: para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós, 1993 (original alemán 1979) y la comunicación breve pero precisa a los efectos aquí considerados: “Historia de los conceptos y conceptos de historia”, en Historia de los conceptos, nº 53 de la Revista Ayer, 2004 (1), págs. 27-45. También resulta de mucho interés al respecto la entrevista mantenida por este autor con Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes, originalmente reproducida en Revista de Libros y también disponible en la página web de Araucaria: http://www.institucional.us.es/araucaria/entrevistas/entrevista_1.htm.

            Por lo que se refiere a la historia de los conceptos en sus repercusiones en el ámbito hispánico, la mejor puesta al día de la cuestión está en Javier Fernández Sebastián: “Historia de los conceptos. Nuevas perspectivas para el estudio de los lenguajes políticos europeos”, en Ayer, nº 48, 2002, pp. 331-364 y en Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes (coeds.): Historia de los conceptos, nº 53 de la Revista Ayer, 2004 (1). Disponemos también de un resumen útil de las ideas de Koselleck en Faustino Oncina Coves: “Historia conceptual, Histórica y modernidad velociferina: diagnóstico y pronóstico de Reinhart Koselleck”, en Isegoría, nº 29 (2003), pp. 225-237.

            La diafanidad de la propuesta ofrecida en los trabajos recién mencionados ha dado sus frutos para su aplicación al ámbito iberoamericano, como demuestran las entradas del concepto historia en los diferentes grupos del primer programa de Iberconceptos, que Guillermo Zermeño ha sintetizado en la entrada de este foro.

Pienso que una vez obtenidos los resultados de nuestra investigación, puede ser un momento propicio, no obstante, para recordar que nunca hay que dar por zanjada la reflexión sobre ningún tema abordado y menos sobre el “concepto de conceptos” que representa el de historia. Una buena forma de evitar esta tentación es la de recordar que hay otras posturas sobresalientes en el ámbito iberoamericano, aunque aquí me ciña sobre todo al ámbito hispánico y que es necesario que las tengamos presentes quienes nos dedicamos a estas cuestiones.

 Así, Sandro Chignola, en “Sobre el concepto de Historia” (Historia de los conceptos, nº 53 de la Revista Ayer, 2004 (1), págs. 75-95), nos sitúa los límites de la Sattelzeit fundamentalmente en la querella entre Antiguos y Modernos propia del Humanismo renacentista, algo que precisamente ya venía postulándose para el caso español en el clásico de José Antonio Maravall: Antiguos y Modernos: visión de la historia e idea de progreso hasta el Renacimiento, Madrid, Alianza, 1986 (primera edición 1966), donde el capítulo titulado “Hacia una visión secularizada e inmanente del avance histórico” nos presenta, además de la aparición del concepto de “progreso” para el siglo XVI, lo que el autor denomina “el crecimiento de los tiempos como opinión común” para entonces (ibid., págs. 581-611).

Elías José Palti, en “Koselleck y la idea de Sattelzeit. Un debate sobre modernidad y temporalidad”             (Historia de los conceptos, nº 53 de la Revista Ayer, 2004 (1), págs. 63-74), utilizando para ello un paralelismo con las tesis de Hans Blumenberg, extrae la deducción del desplazamiento al que se vería sometido el proceso: “el momento de arranque de la modernidad se ve desplazado nada menos que ¡cuatro siglos! La pregunta que inmediatamente se plantea es qué llevó a Koselleck a situar el mismo en un momento tan tardío.” (ibid., pág. 69).

Por último, comentar que del mismo modo que hay autores, como los anteriormente reseñados, que adelantan la Sattelzeit, también contamos con quienes la retrasan considerablemente, como nos plantean los trabajos de José Luis Villacañas, referidos específicamente al caso español. Así, en su “La batalla por la Ilustración española”, (en Res publica, 5, 2000, pp. 157-175) o también en este otro: “Irrupción del carisma secular y el proceso moderno: algunas reflexiones de historia conceptual aplicadas al caso español” (en Historia Contemporánea, UPV, 2003 (II), nº 27, pp. 505-517).

            Queden aquí, por tanto, reseñados los diferentes cuestionadores del Sattelzeit en el ámbito hispánico o más específicamente español, como recordatorio de que el estudio del concepto historia mantiene su vigencia intelectual y su actualidad, y que la discusión siempre tiene que ser bienvenida si nos ofrece la posibilidad de mantener alerta nuestra sensibilidad como investigadores o, en este caso más concretamente, como historiadores.

                                                                                     PEDRO JOSÉ CHACÓN DELGADO



elias Respuesta de InésYujnovsky al texto de Guillermo Zermeño
2008-05-15 20:34:17.0
   

Comentario al texto de Guillermo Zermeño Padilla, Historia, experiencia y modernidad en Iberoamérica, 1750-1850.

Ines Yujnovsky

 

 

No siempre los historiadores y las historiadoras solemos comenzar las investigaciones a partir de una reflexión sobre nuestras propias prácticas de hacer y pensar la historia. Por ello, es importante destacar que la serie "Conceptos políticos fundamentales en Iberoamérica" comience justamente con el concepto de historia, que como señala Zermeño entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX deja  de imperar en su sentido moral para adquirir un carácter político. Zermeño afirma que un rasgo distintivo de la modernidad es que “crea su identidad en el ámbito de la temporalidad” Es decir que no sólo el concepto de historia es relevante para reflexionar sobre nuestras formas de escribir historia sino porque es uno de los rasgos que distinguen a nuestra sociedad de otras pretéritas. Aclarar la historicidad del concepto historia, incluirlo como un concepto político fundamental en Iberoamérica y proponer un camino abierto podría impulsar un debate fructífero en nuestro propio campo disciplinar.  Debate fundamental para estudiar después las transformaciones y continuidades de otros conceptos claves en la historia de Iberoamérica.

 

 

 

Zermeño afirma que historia, experiencia y modernidad son conceptos aledaños. Sin entrar en la cuestión de la modernidad es interesante considerar la relación entre historia y experiencia. Justamente, la relación entre conceptos y experiencia es uno de los tópicos subyacentes en las discusiones metodológicas de la actual historia conceptual. Koselleck ha demostrado la existencia de relaciones íntimas entre conceptos y experiencias. En estos vínculos aparece el problema del cambio y por ello se pregunta ¿cuál es la naturaleza de la relación temporal entre conceptos y situaciones o circunstancias? Para responder a esta pregunta Koselleck se centra en la cuestión del lenguaje, sosteniendo que es al a vez activo y receptivo; toma nota del mundo pero al mismo tiempo es un factor activo en la percepción, en la cognición y en el conocimiento de las cosas. Cada palabra puede tener una multiplicidad de significados que se van adecuando a la realidad cambiante y la propia realidad no se deja atrapar bajo un mismo concepto todo el tiempo, sino que invita a una multiplicidad de nombres y de denominaciones susceptibles de aplicación a un mundo cambiante. En síntesis, cada palabra tiene múltiples significados que varían en el tiempo. Los cambios en los sentidos dan cuenta de una realidad que va transformándose y que no está escindida del lenguaje. 

 

 

 

A partir de las propuestas de Koselleck, Zermeño procura explicar las modificaciones del concepto de historia en relación con nuevas experiencias surgidas con las guerras de independencia. Es evidente que el momento en que surgen estas transformaciones es un aspecto controvertido ya que los comentarios al texto de Zermeño ponen en duda sus afirmaciones.[1] Parecería que los comentarios tienden a dudar de la idea de este período como fractura y parece difícil aceptar la periodización de Koselleck para el caso europeo aplicado a Iberoamérica. Sin embargo, al ponerse en cuestión los conceptos políticos, las certezas se vuelven efímeras, así como también el antes y el después que marcan las revoluciones: el mismo concepto de revolución y de independencia son actualmente objetos de debate. Es por ello interesante que el texto de Zermeño abandona la visión de una historia lineal, progresiva, que aun hoy sigue utilizándose para analizar las revoluciones como punto de partida para la democracia, la republica, la ciudadanía, la modernidad o la historia. Si bien se ha descartado la idea que las revoluciones de independencia en América Latina fueron el resultado de la influencia de ideas revolucionarias provenientes de Estados Unidos o Francia, es innegable que los nuevos usos del lenguaje que produjeron aquellas experiencias se conocieron y resignificaron en Iberoamérica. Existieron diversas modalidades de transferencia cultural cuyo punto de origen no puede distinguirse ni tampoco el de llegada. Es decir, que las nuevas experiencias no se comprendieron al interior de una región aislada sino en constante interacción con los flujos culturales mundiales.

 

 

El concepto y las formas de hacer historia cambiaron profundamente. La relación del hombre con el tiempo, su pasado y su futuro continuó transformándose en diversas direcciones. Queda pendiente la profundización de los estudios de los relatos de la historia en tanto componentes esenciales de las naciones y de los presupuestos temporales hacia fines del siglo XIX. Sólo para observar el impacto de los cambios analizados por Zermeños se puede señalar que a mediados del siglo XIX fue conformándose un nuevo concepto derivado de historia, la prehistoria. El impacto de las teorías de Darwin (que en ese momento se denominaba en forma generalizada transformismo) desencadenó un conjunto de investigaciones dedicadas a comprender un pasado remoto, datable en millones de años. Los restos fósiles permitieron comprender la evolución de una fauna completamente distinta a la contemporánea. Los estudios científicos comenzaron a demostrar que la historia de la tierra y de los seres vivos era mucho más larga de los 2000 a 6000 años que la gente estaba acostumbrada a creer. Este cambio conceptual tuvo efectos profundos en las mentalidades de la época. Se consideraba que una de las cuestiones más importantes para la humanidad era conocer el origen del hombre, el lugar que el hombre ocupaba en la naturaleza y su relación con el universo de las cosas. La temporalidad, junto a la espacialidad, cobró nuevas dimensiones. A medida que se aceleraba el ritmo del tiempo presente, el pasado prehistórico ofrecía nuevas enseñanzas de transformación que derivaba en un perfeccionamiento de las especies. En consecuencia vastos sectores podían vislumbrar un futuro de progreso continuo que derivaría en sociedades más justas.

 

 

El análisis de las transformaciones del término historia que abre Zermeño ayuda a reflexionar sobre la importancia de este concepto en nuestras investigaciones y en el desarrollo de las sociedades contemporáneas en Iberoamérica.

 

 

 

 



[1] Comentario de Alfonso Mendiola al texto de Guillermo Zermeño. Comentario de Valdei Lopes de Araújo y Joao Paulo G. Pimenta, Historia, experiencia y modernidad: elementos para un debate.

 



jfs Comentario de Javier Fernández Sebastián al texto de Guillermo Zermeño
2008-05-16 20:31:37.0
   
Son muchos y muy interesantes los temas suscitados por el texto de Guillermo Zermeño, y también por los comentarios que se le han dirigido. Por mi parte, me gustaría añadir algunas observaciones a este debate en Iberoideas, felicitando de entrada a Guillermo por el gran esfuerzo que ha hecho para ofrecernos una breve síntesis de un asunto tan capital, pero también tan complejo, como el advenimiento de un concepto moderno de historia en el mundo iberoamericano. A partir de un conocimiento parcial y limitado de las fuentes de la época, me inclino a compartir con él su respuesta positiva a la pregunta con la que Alfonso Mendiola (AM) encabezaba su comentario. Al igual que Guillermo, pienso, en efecto, que en nuestra área cultural, durante ese periodo decisivo al que llamamos la “era de las revoluciones” (o sea, entre las reformas borbónicas y el establecimiento de los nuevos Estados, tras la victoria de las revoluciones liberales y los movimientos de emancipación), hizo su aparición un nuevo concepto político y filosófico de historia, asociado a un énfasis creciente en la utilidad del análisis de los acontecimientos y procesos más recientes, de la historia contemporánea, para iluminar un futuro al que apuntaban las nuevas “filosofías de la historia” (la expresión literal filosofía de la historia está ya presente en las fuentes de la época). Lo cual no quiere decir en absoluto que esa nueva noción de historia, en español y en portugués, tenga que coincidir punto por punto con el flamante concepto de Geschichte, en lengua alemana. A estas alturas, creo que todos somos conscientes de que no existe (¿o será mejor decir “no ha existido”?) una única modernidad.
    Para mi está fuera de dudas que ese “acontecimiento inaugural” que funda una nueva experiencia del tiempo en la región son las Revoluciones hispánicas, un ciclo revolucionario que no debería verse simplemente como una “expansión o difusión de la Revolución francesa”, ni siquiera como una consecuencia de la invasión de las tropas de Napoleón (el primer enunciado entrecomillado, que tomo literalmente del comentario de AM, se corresponde con una visión emparentada con la vieja historia de las ideas, basada en el juego de influjos o “transfusiones ideológicas” desde los centros a las periferias, mientras que la segunda afirmación, que tanto se oye estos días, no tiene suficientemente en cuenta que la intervención napoleónica en la península está ligada en su origen a la crisis de las dos monarquías ibéricas, un fenómeno en sí mismo bastante complejo). Dichas Revoluciones iberoamericanas formarían parte en cualquier caso de ese gran terremoto político de alcance euroamericano que hace más de medio siglo algunos etiquetaron como “Revolución atlántica”. Y, al margen de la discutible pertinencia de una etiqueta historiográfica común para designar globalmente a las revoluciones norteamericana, francesa e hispánicas, si algo ha puesto de manifiesto nuestra historiografía en estos últimos años de modo casi unánime es que la crisis de 1808 desencadena una auténtica “Revolución atlántica”, siquiera sea en el sentido puramente descriptivo de un movimiento que se extiende ampliamente por ambas orillas del océano.
    Sobre esta tela de fondo, la gran aportación de GZ consiste en señalar que el motor de la transformación del concepto de historia en nuestro caso hay que buscarlo mucho más en el terreno de la acción revolucionaria y de los sucesos socio-políticos que en el campo literario de la especulación filosófica. Coincido plenamente con Guillermo en este punto.
    La prioridad de los acontecimientos sobre la teoría en todo este proceso de mutación semántica vendría una vez más a corroborar la conveniencia de abordar conjuntamente la historia intelectual y la historia política, procurando que ambas disciplinas nunca se alejen demasiado. Ahora bien, precisamente por eso creo que tenemos un problema de fuentes. Los  autores de los textos “nacionales” acerca de cada uno de los nueve espacios analizados durante la primera fase de Iberconceptos (me refiero a los nueve textos redactados por otros tantos investigadores que están en la base del ensayo de GZ) se han servido sobre todo de obras de carácter histórico escritas en aquellos años. Sin embargo, todo parece indicar que el latido del tiempo, tal cual era percibido por los agentes –p. ej., su inquietud o su entusiasmo ante la evidencia del ritmo acelerado de los acontecimientos,  el sentimiento de estar embarcados en una interminable transición, etcétera–, puede auscultarse mejor en la publicística y en las fuentes efímeras, más próximas a la vida cotidiana (como la prensa periódica, la folletería, la correspondencia privada y otros documentos similares), que en las obras eruditas, o propiamente historiográficas. El concepto subyacente de historia, en suma, no fue en lo sustancial cosa de los historiadores –un gremio éste, por otra parte, a la sazón todavía escasamente institucionalizado, y en absoluto profesionalizado–, sino de los actores políticos, de los periodistas y de las minorías medianamente cultivadas. De hecho, en un trabajo mío inédito sobre el tema de la aceleración del tiempo en las sociedades iberoamericanas que estoy ultimando para un volumen de homenaje a Koselleck, los testimonios que ponen de relieve de manera más clara una nueva aprehensión y conceptualización de la temporalidad no proceden de obras propiamente historiográficas, sino de ese otro tipo de fuentes menos doctas y más próximas al mundo de la vida. Y, por cierto, tales fuentes dejan igualmente entrever que la crisis del tiempo fue en aquellos años de la mano de otra crisis no menos alarmante: la crisis del lenguaje.
     Este entrelazamiento entre ambos fenómenos vendría a darnos la razón sobre la necesidad ineludible de abordar desde el principio, en un proyecto como este –que trata sobre los vocabularios políticos y sociales–, las transformaciones del concepto de historia. La conciencia de la historicidad del propio concepto de historia –y por ende a fortiori del concepto de “prehistoria”, como ha señalado con acierto Inés Yujnovsky en la segunda parte de su comentario– constituye seguramente el obligado punto de partida –y la mejor propedéutica– para afrontar el estudio de cualquier otro concepto moderno. Y, en ese sentido, me parece muy acertado que los coordinadores de este ciclo del foro Iberoideas hayan decidido empezar precisamente por este concepto fundamental, que en cierto modo sirve de marco o de horizonte para todos los demás.
    Por último, me gustaría añadir algo más sobre un punto crucial evocado por el inteligente comentario de Valdei Lopes de Araújo (VLA) y João Paulo G. Pimenta (JPGP). Me refiero al problema de la inserción del concepto de “historias nacionales” dentro del esquema koselleckiano. Tienen razón VLA y JPGP cuando sugieren que es precisamente ése el asunto peor resuelto, no sólo en el texto de GZ, sino también en los trabajos del propio Koselleck. En efecto, a mi juicio ese tema está muy conectado con las diferentes propuestas de inscripción de “lo nacional” en “lo universal”: ¿cómo entender la gran importancia que cobran por doquier en el siglo XIX las historias nacionales –que inevitablemente declinan la palabra historia en plural– en un mundo en el que justamente la historia empezaba a ser entendida como un único y omniabarcante singular colectivo? (algunas de las más afamadas filosofías de la historia –de Herder a Hegel– ofrecen diferentes soluciones para conjurar esa paradoja). Pero, por referirme sólo al caso español, la Teoría de las Cortes (1813) de Francisco Martínez Marina (quien, por cierto, no fue “representante en las Cortes de Cádiz”, como se afirma erróneamente en el texto de GZ: p. 10), una obra escrita en caliente para legitimar las nacientes instituciones liberales, ofrece algunos buenos motivos para la reflexión sobre este tema. Este mismo autor, que suele utilizar muchas veces en favor de sus tesis políticas el argumento de “la historia de todas las edades y siglos”, elabora al propio tiempo un relato idealizado del pasado específico de España para echar los cimientos de un futuro nacional de libertades. En ocasiones, imagina a un hombre imparcial que “registra los anales del mundo y examina las vicisitudes de los siglos y las revoluciones de los antiguos y modernos imperios” en busca de orientaciones útiles para superar la turbación de los tiempos presentes. Pero, tras apelar una y otra vez a “la historia de la sociedad humana” y a “la experiencia y la historia general de las naciones”, pasa a ocuparse sin solución de continuidad de la “historia de España”, que es el foco principal de sus desvelos, y busca en los reinos medievales peninsulares una adecuada apoyatura “histórica” para proyectar más lejos sus aspiraciones de modernidad política (1) .
    La propuesta de Martínez Marina, y otras tentativas similares de muchos autores del momento por encajar su respectiva historia nacional en el curso de la historia del mundo presentan sin duda diferentes matices en Europa y en América, y varían, por supuesto, de unos a otros territorios, en función de muy diversas circunstancias. En todo caso, el sentimiento generalizado en los medios liberales e insurgentes de estar asistiendo al amanecer de una nueva era hizo que proliferasen en ambos lados del Atlántico declaraciones más o menos enfáticas en las que las enseñanzas del pasado parecían pasar a segundo plano: más que la historia, entendida como el estudio de un pasado remoto, la mejor maestra era la propia revolución: “No hay mejor academia para el pueblo”, escribe tempranamente el mexicano Teresa de Mier, “que una revolución”(2) . Y, a mediados de siglo, llegada la hora del balance, el español Nicomedes-Pastor Díaz observa que las singulares experiencias vividas por su generación, en particular las revoluciones, han hecho que sus coetáneos se volvieran hacia el pasado con una nueva mirada: “¿No nos ha sucedido a todos no comprender la historia de otros tiempos hasta que hemos visto correr la de nuestra época?”(3) .

---------------------

1. Francisco Martínez Marina, Discurso sobre el origen de la Monarquía y sobre la naturaleza del gobierno español [1813], edic. de José Antonio Maravall, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1988, pp. 83, 89, 116, 119-121, 160-161, y passim; este discurso sirvió de prólogo a su Teoría de las Cortes.

2. Fray Servando Teresa de Mier, Carta de un americano al Español sobre su número XIX, Londres, 1811, p. 18; cit. Anthony Pagden, El imperialismo español y la imaginación política, Barcelona, Planeta, 1991, p. 201.

3. Discurso de recepción en la Real Academia Española, 17-XI-1847, en Obras políticas, edic. de J. L. Prieto Benavent, Madrid/Barcelona, Caja Madrid y Anthropos, 1996, p. 396.


nlgoldman
2008-05-18 18:01:17.0
   

RESPUESTA A LOS COMENTARIOS DE ALFONSO MENDIOLA, VALDEI LOPES ARAÚJO, JOAO PAULO G. PIMENTA, INÉS YUJNOVSKY, PEDRO JOSÉ CHACÓN Y JAVIER FERNÁNDEZ SEBASTIÁN

 

 

Ante todo deseo agradecer todos los comentarios y cuestionamientos porque, sin duda, desde diferentes perspectivas han enriquecido, ampliado, iluminado, el texto-punto-de-partida de la discusión. Una de las cuestiones centrales abiertas por Alfonso Mendiola se relaciona con la pertinencia de la “aplicación” de nociones koselekianas a nuestro ámbito iberoamericano. Otras se dirigen a aspectos más puntuales de corte metodológico y hermenéutico. En el centro está la cuestión acerca de la aparición de un nuevo concepto de “historia” como expresión de una nueva experiencia de temporalidad, pero también como un concepto estructurante de la sociedad moderna, como lo destaca Pedro Chacón. ¿Es posible descubrir en la experiencia política y social iberoamericana algo así como una experiencia moderna del tiempo cifrada alrededor de la transformación semántica de la palabra “historia”? Cada una de las intervenciones me ha obligado a detenerme y repensar el escrito al lado de otros materiales (algunos sugeridos oportunamente por PC) con la idea de seguir afinando la validez de la hipótesis. Tanto más que el resultado de estas investigaciones cuestiona algunos lugares comunes frecuentes en la historiografía con respecto a la comprensión del fenómeno de la modernidad.

 

            En relación con la primera cuestión planteada por AM el propósito no ha consistido en “aplicar” un concepto acuñado en Europa a otra realidad. Más bien se han compartido algunas premisas metodológicas postuladas por Koselleck para observar la aparición de un nuevo lenguaje político y social en Iberoamérica. En una de las premisas se asume que no hay experiencia sin lenguaje ni lenguaje sin experiencia. Si bien Koselleck insiste con razón en que no toda la experiencia es reducible al lenguaje. Así, la investigación sobre la aparición de la experiencia moderna de la historia se circunscribe al análisis de un tipo de fuentes impresas. Y dentro de esta delimitación se sostiene que es el lenguaje el que funda la historia y no viceversa.  

 

            También se asume que no existe una perfecta sincronía entre concepto y experiencia. Por esa razón se exige examinar el funcionamiento del lenguaje y su relación con el mundo. El lenguaje precede a la experiencia, pero a su vez el lenguaje es transformado por la experiencia. Koselleck se preguntó por el momento en el que se dio la variación semántica del concepto historia. Y encontró que su elaboración se da en el marco de una discusión sobre cuestiones de teoría y epistemología de la historia. En cambio, no se encuentra algo similar en el ámbito iberoamericano, pero sí se advierte la transformación semántica de la historia relacionada con la modificación de las relaciones sociales y políticas al momento de las independencias.

 

            ¿En qué consiste la aparición de la nueva experiencia del tiempo? Su particularidad radica en que la sociedad que se expresa de esa manera empieza a comprenderse sin necesidad de recurrir a un principio originario. Los acontecimientos comienzan a ser leídos como únicos e irrepetibles. Esta lectura señala el inicio de un proceso que se comprende como el final de un ciclo histórico y el comienzo de otro. Las historias que sirven de ejemplo para la vida emergen ahora del presente en el que se está, a saber, la “historia contemporánea”. En ese contexto político y social el presente se disloca del pasado y del futuro. Es el momento en que comienzan a ponerse las bases para construir un tipo de memoria enmarcada por una nueva relación de temporalidad que sustituye y se yuxtapone al esquema temporal tradicional. Como lo sugiere Inés Yujnovsky, no es fácil determinar con exactitud el momento en que ocurre la transformación del modelo de historicidad heredado. Quizá eso explique cierto titubeo detectado por AM en cuanto a la referencia a tres fechas o se denomine –como lo anotan críticamente Valdei Lopes de Araújo (VLA) y Joao Paulo Pimenta (JPP)- el lapso 1808-1823 como de “transición”. La única certeza que se tiene proviene de los indicios documentales del periodo que dejan ver además el juego de transferencias o transmisiones culturales (IY) que tienden a homogeneizar durante el periodo la diversidad de experiencias regionales a nivel global.

 

            En relación con la cuestión acerca de si en el tiempo de las revoluciones está implicada también la revolución del tiempo tiene razón AM en plantear su duda. Es discutible que el evento “Revolución francesa” sea el referente principal de la transformación semántica de la historia ya que en sí mismo no es capaz de aclarar su relación con la nueva experiencia de temporalidad.[1] No obstante, a partir de la observación del lenguaje post-revolucionario se puede identificar el uso retórico de “la revolución” como parte-aguas histórico entre dos mundos. Aquí concepto y experiencia se separan. Pero al mismo tiempo la forma de inscribir el pasado inmediato –los eventos de 1776 y 1789- son ya indicios de la articulación de un nuevo sentido de temporalidad. La Revolución ex post facto se transforma en referente de la cesura (Sattelzeit) entre el viejo orden social y el nuevo. Establecido el corte durante el periodo postrevolucionario y ocupado ya por la nueva experiencia de temporalidad, el futuro pertenece a la historia entendida como un singular colectivo. Es quizá en ese lugar que habría que situar la sobreexitación “revolucionaria” que detecta Javier Fernández Sebastián y que impone su sello a la época. Asimismo, como lo subraya en su comentario, aunque aún en estado embrionario se puede adivinar la paradoja inscrita en el colofón del periodo: la necesidad de escribir historias nacionales, sin perder de vista su inscripción en la historia universal. En realidad, sin entrar en polémica ni en detalles, esta necesidad de escribir historias nacionales en sí misma no sería el signo que define la apertura a un nuevo espacio de experiencia, aunque sí sería expresión  de la formación de una nueva memoria histórica.

 

            En Iberoamérica -sobre todo a partir de 1808 con el colapso de las monarquías- el rechazo a quedar determinados por el “origen”, se tradujo en el rechazo al marco social y jurídico imperante durante los “300 años de opresión”. Sobre la negatividad de esta expresión se sientan las bases para instaurar una nueva relación con la temporalidad enmarcada por las controversias ideológicas entre liberales y conservadores, constitucionalistas y restauradores. Aquí lo importante es observar, en efecto, que durante este periodo aparece un “tiempo nuevo” coexistente con el antiguo. Una parte de la sociedad se encuentra frente a un pasado con el cual ya no se identifica y un futuro abierto, indeterminado. Por ello, entre 1808 y 1823 aparecen expresiones relacionadas con el sentimiento de “orfandad” propiciadas por la desaparición de la figura del rey, máxima autoridad. Esta situación, como lo sugiere AM, ha cambiado en nuestro presente. En aquel tiempo debido al desconocimiento del futuro se asumía éste como un cheque en blanco. Pero actualmente ese futuro es ya parte de nuestro presente.[2]

 

            Concuerdo con VLA y JPP en la necesidad de revisar la división tripartita propuesta. No es del todo afortunado, como bien lo señalan, adjudicar a una segunda fase –la que existe entre la aparición de la noción “historia contemporánea” y la “filosofía de la historia”- el carácter de “transición”. Eso significa oscurecer la cualidad específica de la novedad implicada en la modernidad del periodo. Si se acepta su irrupción como portadora de un nuevo sentido de historicidad, entonces no es adecuado adjudicarle a un periodo intermedio aquello que constituye propiamente a la época como un tránsito permanente: entre la irreversibilidad del pasado y un futuro cuya única certeza es que será distinto. Así la época emerge bajo el signo de la diferencia entre el espacio de experiencia (pasado-presente) y el horizonte de expectativas (presente-futuro), a partir de la cual constituye su identidad. Referirse a una tercera fase estabilizadora implicaría situar a la modernidad en un principio que terminaría por desvanecer su cualidad de permanente transición. Concedo que la tripartición no es muy adecuada y que ésta quizá solo responde a necesidades propias de una exposición.

 

            Otro tanto se puede decir acerca de la segunda anotación crítica relacionada con la ausencia en Iberoamérica de una preparación intelectual previa a la aparición del nuevo sentido de temporalidad. Pienso que VLA y JPP tienen razón al sugerir que no tenía porque haberse dado de esa manera, y que su elaboración intelectual asociada a la reconfiguración política y social sólo señala una particularidad iberoamericana. Caigo en la cuenta de que a la hipótesis planteada subyace un cierto diagnóstico sobre el funcionamiento actual de una historiografía fuertemente “nacionalista”. Lo cual abre la cuestión acerca de la autonomía de la ciencia de la historia con respecto al reino de la política. Dado que la fundación de la historia se da en simultaneidad con el hacer político, entonces existe en el origen de la disciplina una especie de sobredeterminación que dificulta la formalización de una ciencia de la historia autónoma. Y siguiendo el entrelazamiento del lenguaje histórico con el vocabulario político, entonces se podría entender, pero asimismo cuestionar, ¿hasta dónde el momento de la profesionalización y ampliación social de la disciplina de la historia durante el siglo XX constituye el momento de la emancipación de la historia del reino de la política?

 

 

GUILLERMO ZERMEÑO

 

 



[1] Al respecto véase Ernst Wofgang Becker, Zeit der Revolution!-Revolution der Zeit? Zeiterfahrungen in Deutschland in der Ära der Revolutionen 1789-1848-49, Göttingen, 1999.

[2] Al respecto véanse las reflexiones de Francois Hartog sobre el presentismo y la crisis del régimen de historicidad moderno. F. Hartog, Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo, México, 2007.

 




Para escribir un comentario tienes que estar registrado al foro.
Ingresa con tu usuario y contraseña.

  Nombre de usuario:
  Password:
 
Si aún no eres usuario del foro reguístrate AQUI

© Foro ibero-ideas