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Discusión sobre: "Limitar el poder: un dilema republicano", de Marcela Ternavasio

 

elias "Limitar el poder: un dilema republicano", de Marcela Ternavasio   2007-12-09 15:58:37.0
   En este trabajo Marcela Ternavasio analiza cómo emergen en el Río de la Plata la división de poderes como una de las cuestiones centrales para la afirmación de un orden republicano y rastrea el tipo de problemas políticos que en torno del mismo se debatirían.


Marcela Ternavasio es Profesora de Historia de la Facultad de HUmanidades de la Universidad Nacional de Rosario e investigadora del CONICET

Respuestas

elias Comentario de Beatriz Rojas al texto de Marcela Ternavasio
2007-12-09 16:00:44.0
   

Sobre:  “Los dilemas de limitar el poder” de Marcela Ternavasio.

 

 

Para estudiar el establecimiento de un régimen sustentado en la división de poderes,  el historiador tiene como obstáculo herencias  historiográficas. Por lo mismo al entrar en el tema, debe hacerse en cierta forma un lavado de cerebro y buscar su propio camino.

Dos son los legados más pesados que carga el historiador en nuestro caso pero hay  muchos otros y que es necesario tenerlos bien claros para no repetir. Uno es la presunción que existió durante decenios de que el proceso de separación de poderes se efectuó fácilmente en el tránsito del sistema monárquico al sistema liberal. El segundo, que es también de carácter historiográfico aunque tenga un trasfondo histórico bien asentado, es que el objetivo de separar los poderes procedía de la necesidad de terminar con el absolutismo de las últimas décadas del sistema monárquico latino;  el sajón tuvo con una historia diferente pues desde el establecimiento de The bill of rights, y demás cotos al poder monárquico que sentaron las bases de la separación de los poderes,  lo que salvó a los británicos de vivir bajo un sistema absolutista.

Hace tiempo que Marcela Tenavasio  se pelear con estos juicios. En varios  trabajos ha abordado, bajo diferentes aspectos, los problemas que trajo el establecimiento de la división de poderes: lo que en el Río de la Plata sucedió cuando este reino declaró su autonomía en relación con el gobierno emergente en la península ibérica por la vacancia real. En el artículo Los dilemas de limitar el poder, efectúa una reflexión más general sobre este asunto, y el conocimiento que ha acumulado, le permite una argumentación bien fundamentada.

Cuestiona de partida algunas de las explicaciones históricas que dificultan abordar el asunto llanamente: el caudillismo, la importación de modelos, legitimidad e ilegitimidad, gobernabilidad. Posteriormente señala donde se centró realmente la disputa por el poder y  da a cada uno de los actores implicados el lugar que ocuparon en el difícil proceso de establecimiento de los poderes y de sus límites. El caso de la Argentina es muy interesante,  debido, como lo recalca la autora, a la presencia de los diversos actores que entraron en competencia: los ayuntamientos capitales de provincia, las provincias o mejor dicho las elites provinciales, el poder legislativo y el ejecutivo. Resultaba un intrincado juego de intereses a veces opacos, pues ¿como explicar que unos poderes, ejecutivo y legislativo, que proceden de la misma fuente “las provincias”, establezcan tales competencias entre ellos?. ¿proceden del  sistema adoptado o de los intereses de los grupos en contienda, los que pueden ser de diferente índole: ideológicos, territoriales, económicos?.

Bien claras son las dificultades que enfrentamos los historiadores para explicar cumplidamente estos procesos: así como fue árduo para los contemporáneos establecer un nuevo sistema político, cuando el anterior aún estaba vivo y vigoroso. ¿Será posible que todavía no encontremos el enfoque pertinente para explicar el proceso de construcción de un sistema de poderes?  El último libro de Bartolomé Clavero,  El orden de los poderes. Historias Constituyentes de la Trinidad Constitucional,  así lo confirma.

En este trabajo Marcela Ternavasio nos hace progresar  mucho ya que señala puntos fundamentales: la  ingobernabilidad: localización de los conflictos; dificultades para imputar la soberanía: establecimiento de responsabilidades,  la imposibilidad de enfrentar a los ayuntamientos, lo que termina con su disolución, el conflicto con las áreas rurales; la concesión de facultades extraordinarias, entre otros.  

Para concluir retomo aquí una frase de otro trabajo de M. Ternavasio que creo señala certeramente el problema que trata:

“Por otro lado, la ambigüedad teórica y doctrinaria de división de poderes contribuía a vehiculizar formatos muy diferentes de distribución del poder…”[1]

 

 

Beatriz Rojas

Instituto Mora

Noviembre de 2007.

 

 



[1] M. Ternavasio, La división de poderes en debate” El proceso de la comisión civil de Justicia en 1815 en Buenos Aires.



elias Respuesta final de Marcela Ternavasio
2008-03-03 18:36:51.0
   

En primer lugar quiero agradecer a Beatriz Rojas y Elías Palti sus comentarios sobre mi trabajo. Por cierto que ambos han sido muy generosos y agudos en sus observaciones. Es poco lo que puedo agregar a sus aportes sino solo ratificar mi total acuerdo con ellos.

En este sentido, la observación de Beatriz sobre el “trasfondo histórico” del problema tratado constituye todo un “tema” de reflexión que excede a estas páginas. No obstante, quiero señalar que la diferencia que ella marca entre el “sistema monárquico latino” y el “británico” es crucial para entender el tema en debate y en especial los formatos que adopta la división de poderes en las experiencias hispanoamericanas. Lamentablemente no he podido en esta ocasión inscribir el debate local en ese escenario atlántico. Y debo confesar que cuando intenté hacerlo en un libro de reciente publicación, ese “capítulo” dedicado a tal inscripción fue finalmente suprimido y convertido en una escueta nota a pie de página. Las razones de esta supresión son muy variadas y no viene al caso explicarlas aquí. Pero sí vale la pena subrayar la necesidad de volver sobre ese horizonte para dar mayor inteligibilidad a los procesos históricos en estudio.

 

 

En cuanto al comentario de Elías, debo decir una vez más que, como siempre, me proporciona pistas muy valiosas para reflexionar sobre mi objeto de estudio. Sin dudas que su definición de la división de poderes como un “abracadabra” es muy eficaz, no sólo por las connotaciones teóricas que tiene sino también por lo ajustada que resulta para pensar la historia política del período. Elías apunta a uno de los mayores dilemas que pone en juego esta suerte de reducción del problema de la soberanía a una “materia de pura ingeniería política”. Y el punto crucial reside, justamente, en “cuál era la instancia en que encarnaba la soberanía popular”. Aunque en el texto que he presentado en el foro no he podido detenerme en esta cuestión, creo oportuno (a riesgo de repetirme) volver sobre algo que ya he planteado en otros trabajos, vinculado al problema que presenta Elías.

 

 

Como sabemos, uno de los nudos más problemáticos de la nueva legalidad introducida con los movimientos revolucionarios residía en la compleja articulación entre representación política y división de poderes. Si la representación política resolvía –en parte- la cuestión de la legitimidad al definir el campo que vinculaba a gobernantes y gobernados, lo que no resolvía  –o en todo caso exacerbaba- eran los límites al ejercicio del poder en el interior del sector gobernante. Más allá del “abracadabra” tejido alrededor de la doctrina de la división de poderes, todos parecían tener claro que el poder legislativo habría de ser siempre supremo por la propia naturaleza de su condición de representante de la soberanía popular. Si la división de poderes se había inventado, precisamente, para evitar los riesgos de despotismo que la representación de esa soberanía podía asumir, ¿cómo frenar la posibilidad de que el legislativo se convirtiera en un “superpoder” o, en su defecto, que el mismo poder destinado a limitar al ejecutivo decidiera reforzarlo? Un problema, ya dilucidado por Madison en Estados Unidos al reconocer que la rama legislativa era más poderosa que cualquiera de las otras dos, dado que estaba “más cerca del pueblo” y constituía el último recurso de legitimidad de un gobierno republicano.

 

 

De manera que el punto conflictivo entre representación y división de poderes parece residir más en el polo del ejecutivo que en el legislativo. Respecto a este asunto, Pierre Manent subraya que existe una “diferencia de dignidad política” entre ambas ramas puesto que el poder legislativo es tan absoluto como el Leviatán de Hobbes, dado que la legitimidad política moderna se funda en la representación y que el terreno “natural” de la representación nacional es el cuerpo legislativo. El poder ejecutivo, en cambio, “deriva de él y está subordinado a él pues es su instrumento”. La existencia del ejecutivo se debe más a las “necesidades” de la vida social y política que a su dignidad intrínseca. Su consistencia e importancia son “de hecho” pero no “de derecho”. Por lo tanto –según Manent- la legitimidad del ejecutivo será siempre insegura, creando la paradójica situación que deriva de esta desigual dignidad: “el ejecutivo marca (más que el legislativo) la diferencia entre la condición natural y la condición política del hombre: puesto que la ley expresa o representa el deseo de conservación del hombre natural, el poder ejecutivo civil, al manifestarse irreductible a la ley o al revelar la insuficiencia de la ley, pone de relieve la ruptura entre el estado de naturaleza y el estado civil y encarna, más que el poder legislativo, lo propio de la condición política del hombre”. ((Pierre Manent,  Historia del pensamiento liberal, Buenos Aires, Emece, 1990, p. 122).

 

 

El punto, entonces, para volver al comentario de Elías, es la desaparición del carácter trascendente de la soberanía  que “conllevaba su manifestación visible en la figura del monarca”. Las nuevas repúblicas debieron lidiar con esta desaparición y, por lo tanto, con esta suerte de invención del poder ejecutivo. Como sabemos, éste fue uno de los tantos desafíos que debieron enfrentar las experiencias republicanas del siglo XIX –como ha dejado demostrado el trabajo de Hilda Sabato discutido recientemente en este Foro- y como tal, las respuestas fueron múltiples y por cierto muy “creativas” en el escenario hispanoamericano. El desafío, entonces, para nosotros historiadores, es analizar esas respuestas, no a la luz de supuestos modelos canónicos sino mirando esa formidable capacidad inventiva que tuvieron los actores del temprano siglo XIX.

 

 

Marcela Ternavasio

Febrero de 2008.




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