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Discusión sobre: "El experimento republicano en Hispanoamérica", de Hilda Sabato

 

elias "El experimento republicano en Hispanoamérica", de Hilda Sabato   2007-09-03 19:41:15.0
   

En este texto Hilda Sabato analiza características diferenciales fundamentales de los sistema políticos latinoamericanos del siglo XIX resultantes de un hecho, si no inédito, sí claramente excepcional, como fue la instauración temprana y masiva de regímenes de gobierno republicanos. En este sentido, según señala, América Latina se convertirá en un laboratorio político de magnitud, lo que obliga a repensar algunas de las hipótesis con las que se aborda tradicionalmente la historia política del periodo.

Hilda Sabato es profesora titular de la materia Historia Argentina II, en la Universidad de Buenos Aires e investigadora del CONICET. Entre sus publicaciones recientes se encuentra "La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880" (Buenos Aires: Sudamericana, 1998).

Respuestas

elias Comentario de carlos Marichal al texto de Hilda Sabato
2007-09-03 19:55:45.0
    A invitación de Elías Palti, ofrezco algunos comentarios sobre el sugerente trabajo de Hilda Sabato titulado ?El experimento republicano en Hispanoamérica. Un ejercicio de síntesis? que se publica en Foroberoideas con objeto de estimular un debate, como es habitual en este foro. Iré al grano rápidamente. Al parecer, uno de los objetivos centrales de Sabato consiste en intentar ampliar el marco temporal de referencia de la ya rica literatura sobre el republicanismo en Hispanoamérica en los primeros decenios del siglo XIX para vincularla con las investigaciones sobre sistemas electorales, partidos políticos y análisis de opinión pública (política) desde la segunda mitad del mismo siglo en adelante. La meta es loable, si bien puede sugerirse que la densidad de estudios históricos sobre esta temática en muchos países no es aún suficiente para profundizar tanto como quisiera la autora. Es por ello que me parece que su ensayo constituye una buena agenda para trabajos futuros a partir de una amplia gama de interrogantes. Ahora, paso a un par de críticas. Hilda Sabato comienza por insistir con bastante razón que al adoptarse el modelo republicano desde el temprano siglo XIX en la mayor parte de las Américas, este continente se puso a la cabeza de la innovación política a escala mundial. No obstante, hay que cuidar de no exagerar la nota, argumentando ? como ella hace- que en ese entonces ?Europa abrazaba la monarquía y aún el absolutismo?. Reconozcamos que en diversas naciones de la Europa occidental el discurso político era plural y, en algunos casos, social y políticamente más revolucionario que en las Américas. Es cierto que el modelo republicano, como tal, aún no se imponía en el viejo continente, pero no hay que despreciar la influencia del radicalismo político en Inglaterra (el Cartismo fue el movimiento popular más masivo del mundo de la época), las revoluciones en Francia (1789, 1830 y 1848), ni los regimenes liberales y frecuentemente radicales en España y Portugal (1820-23 y 1834-1844). En este sentido, habría que plantearse si un modelo republicano (como el que cauterizaba a la mayoría de los países hispanoamericanos) necesariamente implicaba o impulsaba una dinámica social radical o una politización profunda. Más adelante, Hilda Sabato propone con razón que ?Hispanoamérica pronto se convirtió en un vasto laboratorio de ensayos en torno del sufragio y las elecciones. Y agrega: ?Aunque existían modelos externos, hubo una gran dosis de innovación, improvisación y prueba, lo que dió perfiles propios a la legislación y a los mecanismos electorales.? Ello es muy cierto, pero de nuevo no hay que ignorar que casi todos los experimentos y formatos electorales ya habían sido, o eran, explorados en la Europa occidental contemporánea: sufragio masculino universal en la revolución francesa, sufragio restringido en muchos países, la organización de partidos y maquinaria electoral dentro de monarquías parlamentarias. Esto lo sabe Hilda Sabato tan bien como yo, pero creo que los argumentos acerca de la importancia de la experiencia política hispanoamericana sólo ganarían al vincularlos más estrechamente con los debates contemporáneos en Europa y los Estados Unidos, en vez de deslindarlos. Evidentemente, en muchas naciones americanas, las prácticas electorales o partidarias se fomularon de manera original de acuerdo con tiempos, personas y situaciones muy particulares. Pero siempre me ha parecido que sería interesante analizar la prensa política hispanoamericana en relación con la prensa española, francesa e inglesas por no hablar de la norteamericana. Tengo la impresión de que un gran número de los debates que se ventilaban en los periódicos hispanoamericanos (y en los congresos) se nutrían de debates similares transcritos en la prensa que llegaba allende el mar. Caso contrario, es difícil explicar una multitud de paralelos en términos, expresiones ideologicas, fórmulas legales y discursos políticos. En otras palabras, es necesario profundizar en el análisis de la retórica común del liberalismo politico del siglo XIX y sus fuentes. En lo que se refiere a la organización y las prácticas electorales, no podría estar más de acuerdo con el trabajo de Sabato en que debe ser motivo de numerosos estudios, país por país, y que los historiadores interesados en los experimentos republicanos en Hispanoamérica deben intentar extender la mirada más allá de los primeros decenios para construir una investigación de cronologías de más largo alcance, si bien marcados por profundos cambios. Por último, regreso a mi punto de partida. El ensayo de Sabato ofrece sugerentes lineamientos generales para la investigación comparada de los sistemas políticos en America latina en el siglo XIX, pero falta ubicar algunas de estas ideas en el contexto de la nueva literatura de historia política que se ha publicado en diversas naciones de la región para evaluar que falta hacer. Al respecto, yo sugeriría que Foro Iberoideas podría solicitar a sus participantes proporcionar bibliografías especializadas por países y/o períodos sobre historia política que podrían ser de utilidad para investigadores y para alumnos universitarios interesados en la reconstrucción de aspectos de la larga y compleja trayectoria política e intelectual latinoamericana. Carlos Marichal (El Colegio de México) 2 de septiembre, 2007

elias Comentario de Roberto Breña al texto de Hilda Sabato
2007-09-20 19:41:14.0
   Comentarios al texto de Hilda Sábato sobre el experimento republicano Foro Iberoideas (Roberto Breña, septiembre 2007) Como siempre con los textos de Hilda Sábato (HS), el que presentó esta vez en Iberoideas se distingue por su rigor, por su claridad y por su ambición intelectual. Creo que, a su manera, así lo reconoce su comentarista, Carlos Marichal (CM), cuando al final del primer párrafo de su comentario afirma que el trabajo de HS constituye ?una buena agenda para trabajos futuros?, pues CM se está refiriendo a una agenda que cubre nada menos que cuatro de los temas fundamentales de la historia política de América Latina en el siglo XIX, a saber: el republicanismo, los sistemas electorales, los partidos políticos y la opinión pública. Como se infiere de lo anterior, son muy pocos los comentarios críticos que puedo hacer al texto en cuestión. De hecho, tengo sólo uno, el cual, además, se desprende de un punto ya señalado por CM (quien, en el segundo párrafo de su comentario, afirma que no hay que ?exagerar la nota? en cuanto al republicanismo latinoamericano del siglo XIX en contraste con lo que estaba sucediendo políticamente en Europa en esa misma centuria). No obstante, si envío el presente comentario a Iberoideas es porque considero que esta apreciación de CM, más allá de que puede ser ampliada (que es lo que haré en este comentario), ubica y explicita una tendencia bastante generalizada en la historiografía latinoamericana contemporánea (a la que me referiré en la parte final de estas líneas). Introducirnos al estudio del republicanismo latinoamericano decimonónico con un planteamiento que contrasta a éste con una Europa que en ese momento histórico ?abrazaba la monarquía y aún el absolutismo? es entendible porque HS, al igual que mucha/os otra/os historiadora/es latinoamericana/os, está harta de la historiografía que ve a la historia de la región durante el siglo XIX como una sucesión de ?disfunciones? con respecto a los modelos políticos europeo y estadounidense. Sin embargo, me pregunto si ésta es la mejor manera de introducir al lector en el estudio del republicanismo latinoamericano. No, sobra decirlo, porque pretendamos seguir en la línea de los modelos de ?tipo ideal? (y la secuela de afirmaciones ahistóricas que se desprenden necesariamente de estos modelos), sino porque cabe la posibilidad de que este nuevo modo de plantear las cosas abra la puerta a otro tipo de afirmaciones que, si bien desde otro ángulo, resulten también ahistóricas. En lo que sigue, ilustraré la afirmación anterior con ejemplos sacados del texto de HS. Antes de hacerlo, llamo la atención sobre una aseveración que se puede leer en la página 5, según la cual, a lo largo del siglo XIX, las propuestas de limitación del voto en América Latina ?pocas veces se plasmaron en legislación efectiva y el criterio más difundido de exclusión siguió siendo la falta de autonomía?. Y sigue la autora: ?Sólo en las últimas dos décadas se produjeron cambios firmes en ese plano.? Estas afirmaciones llamaron mi atención porque en la introducción a un libro que, en conjunto, constituye una de las mejores aproximaciones históricas al tema de la ciudadanía en América Latina en el siglo XIX (Ciudadanía política y formación de las naciones, Colmex/FCE, 1999; coordinado por la propia HS), ella escribió lo siguiente. ??con el giro conservador de las décadas de 1820 y 1830, mientras en algunas regiones se mantenía la definición amplia sin requisitos censatarios o de capacidad, en la mayor parte de los nuevos países se introdujeron fuertes restricciones.? Aquí seguramente hay matices que se me escapan y que explican lo que me parecen apreciaciones divergentes, pero, en aras de entender en profundidad un tema tan importante, me gustaría conocer la opinión de HS al respecto. De mayor relevancia para la discusión planteada más arriba es la manera en que HS se expresa en varias ocasiones a lo largo de su texto. En la página 9, por ejemplo, se puede leer: ??mucha de la gente que no se preocupaba por votar, tenía sus simpatías partidarias y se interesaba por los resultados electorales. Solo que no consideraban necesario o conveniente o recomendable inmiscuirse en esas lides. La imagen de un pueblo ansioso por ejercer aquel derecho [de voto] resulta, en muchos casos, anacrónico.? No nos interesa aquí discutir el valor fáctico de estas afirmaciones, el punto en el que quiero centrarme es lo que HS quiere decirnos con su afirmación sobre ?el pueblo ansioso?. Para no perderme en disquisiciones, resumo lo que quiero expresar en un par de preguntas: ¿Es indispensable tener la imagen del ?pueblo ansioso? para ser críticos con unos sistemas electorales en los que no votaba mucha gente que no sólo tenía simpatías partidarias, sino que, además, se interesaba por los resultados electorales? ¿No convendría darle un papel relevante al hecho de que estas personas (en las que se presupone un alto grado de politización y que, al parecer, no eran pocas) consideraban que participar en las lides electorales resultaba ?innecesario? o ?inconveniente? o ?no recomendable?? En suma, me da la impresión de que, en su afán por modificar drásticamente la imagen que la historiografía tradicional nos ha transmitido sobre la participación electoral y por demostrar que la imagen del ?pueblo ansioso? es una falacia en el caso latinoamericano del siglo XIX (con lo cual resulta difícil disentir, pero no sólo en este caso, sino en el de prácticamente todo el mundo occidental a lo largo de toda la historia moderna), HS pierde algo de su filo analítico-crítico. Otro ejemplo, que considero va en el mismo sentido, se puede leer en la página 13, cuando HS se refiere a la violencia como ?un ingrediente habitual de la vida política hispanoamericana, cuya expresión más acabada fueron las revoluciones y levantamientos?. Sobre lo cual, no cabe reparo alguno; sin embargo, enseguida añade: ?Con frecuencia éstas han sido interpretadas en clave de arcaísmo, ignorándose así su relación con la modernidad política instituida.? Y a continuación establece un vínculo entre el republicanismo (al que se podría considerar el leitmotiv de su texto) y la violencia: ?De acuerdo a los ideales liberal-republicanos en vigencia, frente a un gobierno considerado despótico usar la fuerza era no solo un derecho sino también un deber cívico.? Al respecto y para no hacer prolijo este comentario, planteo otra vez dos preguntas: ¿Más allá de su relación con la modernidad, en el mundo de la política, no es la violencia, per se, una muestra de arcaísmo? ¿Pierde este arcaísmo algo de su ?arcaicidad? porque se ejerza en nombre de ideales liberales, republicanos, democráticos o cualesquiera otros? Por último, en la página 16, HS escribe lo siguiente sobre las dirigencias políticas latinoamericanas del siglo XIX: ?Entendían que estaban protagonizando un proceso inédito de transformación política que los [sic, por las] colocaba en la vorágine de la modernidad y del cambio de una América que fungía como vanguardia en la defensa de la libertad republicana frente a una Europa que seguía enredada en sus viejas tramas. Quizás no estuvieran tan equivocadas...?. Sobre esta cita, planteo un par de comentarios críticos. De entrada, me parece más que discutible la supuesta autoconciencia de los dirigentes políticos latinoamericanos del siglo XIX en todos y cada uno de los planos referidos por HS: con respecto a lo ?inédito? de su labor, con respecto al lugar que ocupaban (?la vorágine de la modernidad?), con respecto a su carácter de ?vanguardia? y con respecto a su pretendida superioridad frente a ?una Europa que seguía enredada en sus viejas tramas?. No me detendré en cada uno de estos puntos, pero el último me resulta particularmente problemático, aunque sólo sea porque, en innúmeras ocasiones, líderes políticos latinoamericanos decimonónicos voltearon su mirada, su interés y su admiración hacia esa Europa pretendidamente decrépita. Si las dirigencias que nos ocupan, contra lo que sugiere HS, estaban equivocadas, ello podría deberse, en parte al menos y sin ánimo de entrar en interioridades psicológicas (que, como tales, son insondables), a que no eran conscientes de prácticamente nada de lo que HS les atribuye en su texto. Termino con un comentario sobre la última oración del texto de HS (que el lector, para hacerla inteligible, debe adherir a la cita con la que inicia el párrafo anterior, pues le sigue de manera inmediata): ?Tal vez los historiadores haríamos bien en atender sus razones [las de las dirigencias políticas latinoamericanas del XIX] en lugar de medir sus acciones contra un patrón de modernidad de laboratorio.? En primer lugar, debo decir que, sin ser historiador, para entender la historia política de cualquier periodo, tiendo a prestar más atención a las acciones (en sentido amplio) que a las razones (menos aún a las razones que dan las élites políticas sobre sus acciones, reales o pretendidas); esto, sin embargo, no es más que una preferencia metodológica (sobre la cual he discutido en este mismo foro con Javier Fernández Sebastián y Elías Palti). En segundo lugar, y esto es más relevante para el presente comentario, creo que conviene ser más precisos en cuanto al uso, abuso o desuso de ?los patrones de modernidad de laboratorio?. De un tiempo a esta parte, en la historiografía hispanoamericana e hispanoamericanista sobre el siglo XIX, parece que todo lo que no sea subrayar la modernidad, el liberalismo, el republicanismo, la sociedad civil activa, la sociedad civil democrática, la sociedad civil lectora, etc., implica la adopción de lo que HS denomina ?patrón de modernidad de laboratorio?. Me parece que las cosas son bastante más complejas; por lo tanto, adopto una postura crítica vis-à-vis el estudio la historia política de América Latina del siglo XIX como lo que me parece, perdonando el pleonasmo, una ?búsqueda premeditada? de modernidad. Dicho de otro modo, creo que acercarse a esta historia en clave reivindicación-de-la-modernidad-latinoamericana termina por llevarnos a planteamientos que, si bien son muy distintos de los que caracterizaban a la historiografía tradicional, comparten con éstos lo que considero un aire de ahistoricidad (la cual, simplificando mucho, se puede resumir en una pregunta: ¿realmente hemos sido tan modernos desde 1810, como lo plantea o lo sugiere la historiografía en cuestión?). Si no me extiendo a este respecto, es porque no haría más que repetir muchos de los argumentos que esgrimí en el intercambio virtual mencionado más arriba. Entiendo y comparto el hartazgo de muchos historiadores con respecto a una historiografía ?tipo-idealista?, que ahora nos resulta tremendamente simplista, maniquea y teleológica (y, no está de más decirlo, auto-denigratoria), pero pienso que para rebatir y refutar esta historiografía no es indispensable adoptar ningún ?patrón de modernidad de laboratorio?, como parece colegir HS. Así las cosas, el reto estaría en mantener posturas que sean sistemáticamente críticas de la historiografía tradicional, pero que, al mismo tiempo, no se conviertan en interpretaciones que consideran que, entre sus principales objetivos, está portar el ?antitradicionalismo? como un blasón. Por mi parte, lo que empieza a cansarme es una historiografía que percibe modernidad a cada paso y en cada manifestación de la historia política latinoamericana decimonónica. Aclaro, y con esto termino, que no es éste el caso de HS; sin embargo, lo que me resulta revelador es que incluso en una historiadora de la talla de HS se puedan percibir lo que considero signos claros de la tendencia historiográfica esbozada. Una tendencia a la que, como señalé al inicio de estas líneas, CM hizo referencia crítica en su comentario y que aquí no he hecho más que ejemplificar y elaborar un poco.

elias Respuesta de Hilda Sabato a los comentarios de Carlos Marichal y Roberto Breña
2007-12-09 15:50:41.0
   

Algunas consideraciones sobre los comentarios de Carlos Marichal y Roberto Breña

 

 

Empiezo por agradecer calurosamente los comentarios que Carlos y Roberto hicieron a mi texto sobre “El experimento republicano en Hispanoamérica. Un ejercicio de síntesis”, los que me permiten seguir pensando un tema cuya complejidad siempre me excede.  Aprovecho, entonces, para hilvanar a continuación algunas consideraciones motivadas por esos sugerentes comentarios.

 

En primer lugar, respecto a la innovación política que implicó la adopción de formas republicanas de gobierno en América, y en particular, en Hispanoamérica: Mi ensayo parte de un dato, que muchas veces ha pasado desapercibido o se ha minimizado. Me refiero a que Hispanoamérica en efecto adoptó esas formas de manera casi general y sobre todo, duradera. No ocurrió lo mismo en Europa, donde las experiencias republicanas no faltaron, incluso desde mucho antes, pero donde prácticamente ninguna nación se inclinó de manera permanente por la república hasta entrado el siglo XIX, y aún entonces, hubo estados que se mantuvieron como monarquías (constitucionales o no). Esta constatación no implica ningún juicio acerca del carácter revolucionario o no de las repúblicas en general y de las hispanoamericanas en particular, ni tampoco acerca de si, como señala Marichal, “un modelo republicano... necesariamente implicaba o impulsaba una dinámica social radical o una politización profunda”.  No se me ocurriría sostener que la opción republicana por sí misma haya implicado “discurso político plural” o “revolucionario” ni radicalización de la dinámica social. En cambio, sí subrayo allí que esa opción modificó de raíz (pero no necesariamente de manera “radical”- a la inglesa) los presupuestos sobre los que se construía el poder político en Hispanoamérica y abrió procesos de cambio que generaron novedades importantes en la institución de la vida en sociedad.

 

En segundo lugar, con relación a la originalidad del experimento republicano en Hispanoamérica: En este punto, creo que no pongo en ningún momento en duda que las elites locales recurrieron a los modelos teóricos y a los ejemplos empíricos existentes –desde Grecia a los EE.UU.- y que no inventaron demasiado en términos de doctrina o de teoría política. Lo novedoso fueron los resultados, que pueden ser comparables a muchos otros, pero que sin duda tienen una dosis importante de especificidad. Aquí pido disculpas por repetir mi propio texto, pero creo que está claro: Hispanoamérica se convirtió entonces –digo- en “un campo de experimentación política formidable, donde ideas e instituciones originadas en el Viejo Mundo fueron adoptadas y adaptadas, al mismo tiempo en que se generaban y ensayaban prácticas políticas nuevas, diversas, de resultados inciertos”. Y aquí acuerdo totalmente con Carlos cuando insiste en la necesidad de analizar la historia electoral local vinculándola estrechamente con la de Europa y los EE.UU. De hecho, es lo que ha ocurrido en años recientes con nuestra historiografía sobre el tema: casi todos los que hemos incursionado en historia electoral, de la prensa, de las milicias, etc., lo hemos hecho teniendo muy en cuenta no solo lo que ocurrió en otros lugares en momentos equivalentes, sino también los debates contemporáneos sobre esas cuestiones, los que con frecuencia han sido inspiradores de nuevas miradas sobre nuestra propia región.

 

Con respecto al comentario de Roberto sobre al abordaje del tema electoral, caben una aclaración y una confesión. Empiezo por esta última: la diferencia que él encuentra entre mis afirmaciones en la introducción al libro de 1999 y las que incluí ahora tiene una explicación sencilla. Cuando escribí aquél texto conocía menos que ahora sobre la historia electoral de la región, por lo que me basé mucho en las observaciones de un artículo de F.X.Guerra (“Las metamorfosis de la representación en el siglo XIX”). Con el tiempo y la lectura de nuevos y viejos estudios sobre elecciones en varios países, fui enterándome que ese “giro conservador” de las décadas del 20 y del 30, en la mayoría de los casos resultó en propuestas de restricción electoral que no tuvieron consecuencias prácticas o que se volcaron en reformas de corto plazo. Por eso la afirmación referida a que las propuestas de limitación del voto “pocas veces se plasmaron en legislación efectiva y el criterio más difundido de exclusión siguió siendo la falta de autonomía”. Ahora la aclaración: Estoy de acuerdo en que la pregunta acerca del porqué de la falta de participación electoral no se resuelve por la negativa, es decir, simplemente refutando la afirmación sobre el pueblo “ansioso”. Interrogarse sobre el porqué de esa ausencia de los comicios es fundamental para entender la dinámica política. Y si en ese punto específico me interesaba más desmontar una imagen estereotipada que buscar explicaciones, en los demás puntos de esa sección referida a las prácticas electorales se ofrecen muchas pistas para responder a aquél interrogante. Agrego una observación: no comparto el interés de Breña por ser “crítico” de esos sistemas electorales: mi preocupación es más el de tratar de entenderlos que el de juzgarlos.

 

En cuarto lugar, con relación a la consideración sobre la violencia. Tampoco en este caso estoy de acuerdo en hacer una caracterización universal de la violencia como “per se una muestra de arcaísmo”. En realidad, no me queda claro qué quiere decir Roberto con esa frase, salvo que coloque el tema en clave antropológica y asigne la violencia a algún estadio “arcaico” del ser humano. Mi interés es otro: tratar de comprender el uso de la violencia en la vida política, y en el caso que nos ocupa, entiendo que su despliegue no remitía a formas de resistencia a la “modernidad” sino que era parte del proceso mismo de transformación que trajo aparejada la opción republicana.

 

Un punto interesante es el de las elites políticas y su percepción del proceso que estaban viviendo (y encabezando). Por cierto que, como ya dije, y como señala Roberto, éstas “voltearon su mirada, su interés y su admiración hacia esa Europa pretendidamente decrépita”. Pero esa actitud no implicaba la devoción acrítica ni la mímesis. Por el contrario, buena parte de los publicistas, letrados y políticos hispanoamericanos hicieron ácidas críticas a la Europa del momento y discutieron acaloradamente sobre las ventajas y desventajas de adoptar las instituciones y las normas que allí se diseñaban. En la segunda mitad del XIX, encontramos que sectores importantes de las elites locales celebraban (y apoyaban) los movimientos republicanos en países que, como Francia, España e Italia, tuvieron sus largos períodos monárquicos. En esas ocasiones, para muchos de ellos, era Hispanoamérica la que aparecía –paradójicamente- dando el ejemplo.

 

Finalmente, acerca del camino que elegimos para hacer historia política. Por suerte, en nuestra historiografía actual, no hay recetas ni dogmas en ese sentido. Estoy entre quienes consideran que las ideas, los proyectos, los discursos y las representaciones del mundo constituyen una dimensión fundamental de la vida política, como también lo son, por otras razones, las prácticas y sus resultados. Más aún, creo que estos son dos planos de una misma historia, escindibles solo en términos analíticos, pero que resulta productivo en algún punto volver a juntar, para tratar de dar sentido a las acciones de esos extraños hombres del pasado a quienes nos empeñamos en conocer...

 

Hilda Sabato

Buenos Aires, noviembre 2007




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